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lunes, 16 de enero de 2017

El caballo de hierro (1924)


        “El caballo de hierro” es el nombre que le daban los indios al tren, cuando lo veían atravesar sus tierras. También “El caballo de hierro” (1924) es el título de una de las películas mudas que firmó John Ford.
Con treinta años, ya había hecho más de cincuenta películas, la inmensa mayoría eran cortometrajes y mediometrajes, hoy en día casi todos perdidos.

        La Fox sería la encargada de la producción, y de pedir a Ford la dirección de un largometraje de gran presupuesto para la época, con todo un compendio de extras y escenarios en Nevada, buscando, lo dice desde el principio del film, la mayor verosimilitud posible, con armas, trajes, carruajes y locomotoras de la añorada etapa del Oeste americano.
Al fin y al cabo, estamos en los años sesenta. Lincoln ha sido asesinado, pero antes, ha conseguido la gran Unión del ferrocarril estadounidense, bajo un ambicioso proyecto que llevará las vías de una punta a otra del país, desde el Océano Atlántico hasta el Pacifico. Para ello, las dos competidoras, la Central y la Unión Pacific, deberán aunar esfuerzos, en miles de trabajadores (chinos, irlandeses e italianos) que trabajan contra-reloj.

        El mayor de los problemas no será el frío, o el calor sofocante, si no el ataque de los indios, hostiles a que el camino de hierro pase por sus vías. Desde un principio van a atacar a las cuadrillas de obreros, hostigándolos con ataques rápidos, que van a minar su moral y a retrasar el trabajo.

        Hay momentos en la película surrealistas. Por ejemplo, hay una escena en la que los indios atacan a un grupo de irlandeses que cantan mientras trabajan en las vías. Ante el ataque, los irlandeses sueltan las herramientas y responden con sus rifles al fuego indio, y posteriormente, sin ninguna baja, vuelven al trabajo rutinario.

        Igualmente, surrealistas, son los juicios en el Saloon de uno de aquellos pueblos esporádicos que crecían al compás de las vías, donde el tabernero era juez (al parecer, basado en hechos reales), con la acusada ausente…

        Es una delicia ver una película de este tipo. En primer lugar porque la magia que destilaba el cine mudo, rara vez la volvemos a disfrutar en cintas actuales, con acciones espectaculares sin ordenador ninguno de por medio, y en segundo lugar, porque a pesar de ser una película, un film de entretenimiento para el gran público (la Fox sacó diez veces más por la película que lo que había invertido, lo cual le valió a Ford que se consolidase definitivamente en Hollywood), hace las veces de documental, ya que muchos de los hechos y personajes que aparecen reflejados existieron y ocurrieron en realidad.


        Sus poco más de dos horas de duración se pasan casi volando. Historia de un país, la construcción del mismo, con sus jugadores, sus vaqueros, sus jueces y obreros, sus esperanzas e ilusiones, a través de su tren.

domingo, 8 de enero de 2017

La ruta del tabaco. John Ford



        He de reconocer que antes de ver “La ruta del tabaco” (1941), de John Ford, tuve que investigar un poco. Era la única del recopilatorio que tengo del director norteamericano, que no me sonaba absolutamente de nada.

        En algunas webs leí que estaba considerada una “obra menor” de Ford, de la que no se llegó a sentir orgulloso ni el guionista, Nunnally Johnson, que era el mismo que había adaptado “Las uvas de la ira”, e igualmente tanto Ford como su señora no la tenían entre sus favoritas, de hecho, la mujer de Ford llegó a decir varias veces que era la peor película de su marido.

        La verdad es que yo no diría tanto. La película está basada en una obra teatral, que al parecer, fue un exitazo en todos los teatros americanos durante La Gran Depresión, basada a su vez en una novela. La novela, al parecer, está rebosante de escenas más sensuales, y sexuales, que la película, así que habrá que ir buscándola para certificar que es cierto…

        “La ruta del tabaco” centra la historia en Georgia, cerca de Augusta. La ruta del tabaco era una carretera de 24 kilómetros, otrora una verdadera ruta de la plata, que venida a menos, lo único que tiene a su paso son casa viejas, tierras improductivas, polvo, pulgas y pobreza.

        Jeester Lester (Charley Grapewin, el viejo tío Henry de “El mago de Oz”), un viejo granjero que pasa los sesenta, y su esposa Ada, ven pasar el tiempo, muertos de hambre, en su casa destartalada de madera, y con la sombra del desahucio planeándoles. Con ellos viven dos de sus 16 o 17 hijos (ellos no recuerdan con precisión cuantos eran, y yo tampoco). “El algún lugar debo tener nietos”, reflexiona la pobre Ada, mujer sensata, pero venida a menos con los años. Sus hijos son Dude, un colérico joven al que solo le interesan las bocinas de los coches, que se tira toda la cinta dando voces y en actitud bastante agresiva, salvo cuando canta algún salmo. Y su hermana Ellie May (la requetebella Gene Tierney), que aunque sucia y en harapos, derrocha una belleza es-pec-ta-cu-lar. De hecho, tiene una escena en la que se arrastra por el suelo, pidiendo un “nabo” para comer (tienen todos más hambre que un perro chico) que sinceramente me ha dejado con el rostro torcido.

        La película roza algunas cositas en común con “Las uvas de la ira”: La pobreza del campesinado, la desesperación, el hambre, la soledad, los banqueros que se quedan con las tierras improductivas (pero que han pertenecido a generaciones enteras), pero… En este caso, Ford se toma el drama a comedia. “La ruta del tabaco” no deja de ser, al fin y al cabo, una comedia. Lo notamos en la música festiva-country de David Buttolph, muy recurrente en los diferentes gags que la familia Lester va presentando en su peculiar historia de supervivencia.


        ¿Un Ford menor?, pues a mí no me lo ha parecido. Diferente sí, claro, pero no por ello menos. De hecho, sigue existiendo, latente, la crítica social de Ford en la cinta, está muy presente, bajo tanta música y golpes disparatados. Y, claro, después de “Las uvas de la ira”, y “¡Qué verde era mi valle!”, podría considerarse un film de transición, pero sin que desmerezca ni una pizca en su interés cinematográfico.

viernes, 6 de enero de 2017

La mascota del regimiento. John Ford



        “La mascota del regimiento” (1937) es de las películas menos comprometidas, socialmente hablando, de las que he visto de Ford. No desmerece como película de entretenimiento, pero desde luego, está lejos de “Las uvas de la ira” o de “¡Qué verde era mi valle!”.

       Ford añade alguna crítica, sutil, al imperialismo británico (o eso me parece), pero aún no había llegado al nivel que llegaría más tarde. Una curiosidad de la película en DVD es que la cinta sufrió, durante el franquismo, cortes enteros por parte de la censura, y al volver a montar el metraje (ya en la democracia) quedó para siempre maltratada, con partes en ingles subtitulado. Hoy en día nos parece una gilipollez, pero entonces… Cortes cuando se habla de amuletos mágicos indios, o cuando salen los escoceses recién levantados, vestidos simplemente con sus kilts, bueno… Los escoceses son censurados casi en toda la película, casi media hora de metraje censurado.

        Pero, ¿De qué va la película?, pues está basada en una novela de Rudyard Kipling, que nació en la India precisamente, que es donde se desarrolla nuestra historia: Hasta la India británica llegan Joyce Williams y su pequeña hija Priscilla (Shirley Temple). Su destino es un pequeño puesto avanzado, defendido por una compañía escocesa, donde el abuelo de la pequeña es el Coronel al mando. Un estirado, severo y colérico militar de la vieja escuela. Pronto, la niña con sus risueñas ocurrencias, se gana la confianza de propios y extraños, comenzando una bonita amistad con el sargento McDuff, el típico suboficial rudo pero bonachón. Todo aderezado con una buena dosis de gaitas.

        La niña, con toda su inocencia, compartirá su vida con la camadería de los soldados, bajo la sombra de un posible ataque local al puesto avanzado, e incluso obtendrá el cariño de los locales, sobre todo de un líder llamado Khoda Khan (al fin y al cabo, Priscilla ayuda a los rebeldes sin quererlo haciendo de mensajera). Ford le saca provecho a las situaciones humorísticas de la jovencita Shirley Temple y el sargento (Víctor McLaglen, ganador de un Oscar en 1935 por “El delator”), había “feeling” y se notaba. Y de hecho, creo que no fue la única vez que interpretaron juntos. Víctor McLaglen, irlandés, era un típico actor de westerns y fue nominado a otro Oscar por “El hombre tranquilo”. Y una curiosidad más, el personaje de Khoda Khan está interpretado por César Romero, conocido por hacer de Joker en el Batman legendario y barrigudo de Adam West (¡Ay!, lo que me río con Adam West).

        La subtrama es la relación de la madre (una bellísima June Lang, que casualmente murió casi a la vez que Shirley Temple) con un soldado de la compañía, el típico guaperas de la época con el bigote a lo Clark Gable. Por supuesto, estas escenas fueron censuradas en la España de Franco.

       El final, un tanto idílico, no olvida que es, a fin de cuentas, cine de entretenimiento. Nos quedamos sin el sargento, caído en combate, pero con un epilogo que huye del posible desenlace real que hubiera sido de muertes hasta el último de los créditos.

lunes, 2 de enero de 2017

¡Qué verde era mi valle! (1941)




        ¡Qué verde era mi valle! (1941), película de John Ford, es otra interesante película del director americano. Rodada en plena Guerra Mundial, Ford vuelve a interesarse por el pueblo llano, como ya hiciera en “Las uvas de la ira” (1940) un año antes. Si en la película, basada en el libro ganador del Pulitzer de John Steinbeck, se hacía una autocrítica de la situación de jornaleros, agricultores y campesinos americanos durante La Gran Depresión de los años 30, en ¡Qué verde era mi valle!, Ford se atreve a dar un salto y cruzar el charco, hasta un pueblito casi idílico de Gales.

        Basada en la novela de Richard Llewellyn, la película cosechó un gran éxito, llevándose cinco Oscars frente a la requetebuena “Ciudadano Kane” y el premio de la crítica cinematográfica neoyorkina del mismo año.

        Nos encontramos, como decía, en Gales, en el siglo XIX. En un pueblito, coronado por una mina de carbón en la montaña que lo domina. Los hombres, todo el pueblo, dependen del trabajo de la mina, a la cual van a trabajar alegres y joviales, risueños como los enanos que describe Tolkien en sus novelas, cantando y silbando, todos en respetuosa fila. Nunca vi nada parecido en Asturias, y quizás sea una cosa que me carga mucho de la película. Sobran ocho canciones, como mínimo. Demasiadas canciones para no ser un musical. En Asturias nunca vi nada parecido.

        El caso es que, Huw Morgan, el más joven de una tradicional familia galesa, nos narra, recordando los hechos del pasado, lo acontecido en dicha localidad. En un principio, todo es felicidad, canciones y silbidos. Los Morgan trabajan de sol a sol, bajando hasta las entrañas de la Tierra y extrayendo el negro mineral. En sus pieles y pulmones se traen más carbón de lo considerado aceptable, pero… Cosas de la Revolución Industrial, es lo que hay.

        Los problemas vienen con la bajada de sueldo. Los hijos Morgan se quieren sindicar y luchar por sus derechos, pero a Papá Morgan eso le suena a Socialismo, que es como nombrar al mismísimo Satanás. Y las desavenencias entre Padre e Hijos comienzan más pronto que tarde.

       La película, aparte de dejar claro los problemas sociales de la comunidad (el trabajo infantil, el casi nulo papel de la mujer en la sociedad, y el poderío de la iglesia anglicana, entre otras cosas que se me escapan, está muy bien reflejados en la cinta), muestra fielmente los entresijos del alma humana: El afán de supervivencia, de superación, la lucha social, el amor, la traición, el extraño sistema educativo que se gastaba, la falsedad e hipocresía de los vecinos y la sociedad de clases, aún casi estamental…


       En fin, otro clasicazo imprescindible para visionar. Ya sé lo que estaréis pensando, que la habéis visto mil millones de veces, pero una vez más no lo hará daño.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Las uvas de la ira. John Ford



        Viendo cómo está el panorama cinematográfico actual, la verdad sea dicha, no viene mal volver al cine de hace unas décadas, para volver a ver y disfrutar, sin dudarlo, de un buen cine, buen género.

       Por diez leuros, me he agenciado un recopilatorio de John Ford (con cinco películas), con películas de esas que ya no emiten en ninguna parte. Algunas de ellas las vi hace casi cuarenta años, cuando era un crío, pero apenas las recuerdo, y he decidido verlas nuevamente, como si fuese la primera vez. Y escribir sobre ellas, al fin y al cabo, por el Patio-Lavadero solo soléis venir dos o tres lectores al mes, y si escribo algún disparate, nadie me lo va a recriminar…

        La primera que he visionado ha sido “Las uvas de la ira” (1940). Un clasicazo de John Ford, pero basada en un premio Pulitzer, de John Steinbeck (el mismo autor de “De ratones y hombres”, ambos libros me los leí en mi etapa estudiantil).

      A pesar de que el libro es más violento en la historia (creo recordar), en la película es un poco menos. Se refleja muy bien (en ambos casos) la desesperación de aquella América  agrícola, de jornaleros y propietarios empobrecidos, en los años de La Gran Depresión, los años treinta fruto de aquel funesto crack del 29, y el New Deal de Keynes y Roosvelt que no llegaba a todos los rincones del país.

      La historia de “Las uvas de la ira” comienza cuando Tom sale de la cárcel. Ha estado cuatro años encarcelado por homicidio. Sale con la Condicional y vuelve a las tierras de sus padres, en Oklahoma. Una vez allí, descubre que los granjeros son expulsados de sus tierras, por impagos causados por las malas cosechas. Sin embargo, todos albergan una esperanza: Ir a California, al oeste, en busca de un futuro mejor, en un auténtico éxodo al que no todos sobrevivirán, y donde la realidad les dará una sonora y cruel bofetada, rompiendo los sueños de los paupérrimos agricultores y campesinos.

       De un realismo social demoledor, la película refleja perfectamente la desesperanza de los campesinos, el hambre (mucha, la imagen de los niños es terrible), la desolación y la injusticia social, junto a la violencia de una sociedad desmoronada. El viaje a la onírica California, a recoger uvas, se transforma en una odisea ilusoria a ninguna parte, en una vieja camioneta atestada hasta la bandera, donde el antiguo Predicador ha perdido la Fe hace tiempo, y sus justas demandas sociales lo convierten en un “peligroso agitador”, pagándolo con su propia vida.

      Seguramente la habéis visto mil veces, estoy convencido de ello, pero una nueva revisión de la cinta siempre viene bien, porque la historia de “Las uvas de la ira” sigue, hoy por hoy, de rabiosa actualidad.
 (Fotografía de la época)


      La música y la fotografía son una maravilla, que os voy a contar que no sepáis. Imprescindible.