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domingo, 12 de agosto de 2018

Picasso en la Guerra Civil (2018) Daniel Torres



        “Picasso en la Guerra Civil” (editado por Norma Editorial, 2018) de Daniel Torres, es, desde luego, uno de los cómics más originales que he leído en lo que llevo de año.


        Dibujado en unos tonos tricolor, a veces verde (o azules)-blanco-negro, a veces tonos pastel-blanco y negro, nos propone una historia nueva. Un “What if?” marveliano. Una historia paralela, o una historia de esas de tipo… “¿Qué hubiera ocurrido si…?” organizadas en tiras de dos o tres viñetas, clásicas, que te hacen recordar a aquellos maravillosos cómics que leía de los setenta.

        ¿Qué hubiera ocurrido si Picasso hubiera conocido al padre de Daniel, Marcel Torres, en su exilio francés (1953) y le hubiera encargado una historieta ficción sobre la presencia de Picasso en la Guerra Civil? Picasso no estuvo en la Guerra Civil. Estuvo en Francia, simpatizando con la República, creando una serie de viñetas como “Sueño y mentira de Franco”, y posteriormente “El Guernica”.

        Pero en esta interesante narrativa que nos propone Torres. Picasso le encarga a su padre, Marcel, una historieta donde él (Picasso) si participó en el frente, concretamente en la Batalla del Ebro.


        La idea me ha parecido muy original. Y así, podemos dividir el cómic en tres partes: Picasso propone la idea. Marcel presenta el cómic a Picasso. Y un epilogo final en el que se firma la amistad entre el dibujante y el artista cubista.


        Para mí, la segunda parte, lo que es la historieta ficción de Marcel, me ha parecido la más interesante. Nos encontramos a un joven Picasso, alías Pegasso, que con su arte lucha contra el fascismo desde Barcelona. Carles Casagemas no se suicidó, sino que, establecido en Barcelona, disfruta de su arte y de la amistad de sus tres amigas, “Las señoritas de Aviñón”, de Picasso y de Sabartés. Picasso, por lo tanto, no conoció a Georges Braque, sino que lo conoce cuando este milita en las Brigadas Internacionales. Picasso tiene un enemigo en las filas franquistas, Fusil, que lo imita constantemente. Y, desde luego, no es el Picasso mujeriego que fue en este Universo. Su arte es lo primero.


        Lo dicho: Una bonita historia en un Universo paralelo, muy interesante y entretenida, que he disfrutado desde el primer momento, tanto por sus continuos guiños como por su originalidad. Me ha gustado mucho, y, desde luego, os recomiendo su lectura. Daniel Torres ha hecho realidad, un gran sueño.


sábado, 14 de octubre de 2017

Delta 99. Carlos Giménez. Jesús Flores Thies


        Nombrar a Carlos Giménez (Madrid, 1941) es nombrar a uno de los grandes del panorama del cómic español. Es un clásico entre los clásicos. Un auténtico cronista de la transición española, con su crítica ácida, mordaz, y tan necesaria, en obras como en la que fue su famosa trilogía de los setenta: “España Una, España Grande y España Libre”, después por la serie “Paracuellos” y otras obras como “Rambla arriba, Rambla abajo” o su otra trilogía famosa “Barrio”. Es un artista impresionante, sin lugar a dudas, premiado y reconocido.


        Cuando escribo estas líneas, hace poco más de veinte días que ha fallecido Jesús Flores Thies (1931-2017), militar de profesión, pero que llevaba una carrera paralela como dibujante, guionista e ilustrador. A finales de los sesenta, concretamente en 1967, José Toutain, director de Selecciones Ilustradas, le encargó que hiciera los guiones para un nuevo personaje, Delta 99. Un extraterrestre, muy atractivo para las mujeres, envidiado por los hombres, cuya misión en la Tierra sería la de luchar contra todo tipos de males, para preparar al planeta en su definitivo ingreso de una confederación galáctica de planetas y civilizaciones superiores. Difícil misión, desde luego. Thies se encargó de los primeros nueve guiones.


        “Delta 99” (Edición integral Glénat, 2007) no es, posiblemente, la obra más conocida de Carlos Giménez, pero en este cómic que os presento esta la colaboración maravillosa de Thies-Giménez, creada en el ambiente de finales de los sesenta, con un Giménez aún no muy maduro a los pinceles, pero no falto de técnica. Con unas aventuras que hoy nos hacen sonreír, contra nazis, robots y bellas mujeres con pantalones de campanas y camisas de flores.
(Carlos Giménez)



        La portada traiciona al contenido (Delta no es un héroe de capa y armado hasta los dientes). No en vano es una portada muy posterior de Giménez, de 2003. Delta 99 es un apuesto joven, de media melena, enamorado de Lu, una pirata china, metido en un embarullado mundo de espías, traiciones y malas ideas. El cómic es simplemente una delicia. Una vuelta al pasado a aquellas aventuras de tebeos, de publicaciones quincenales o mensuales, que por un par de pesetas se disfrutaban de principio a fin. Sirva esta entrada como sencillo y querido homenaje. Un cómic imprescindible. Descanse en paz, Jesús Flores Thies, y gracias por todo Maestro.
(Jesús Flores Thies)

viernes, 23 de junio de 2017

Las aventuras de Monsieur Vieux Bois (1837) Rodolphe Töpffer


        Si bien “El cuarto de Lautréamont” (1874) de Corcal&Édith se editó bajo el subtítulo de “La primera novela gráfica”, hay que reconocer que el mundo del cómic venía de más atrás, y no me estoy refiriendo a las paredes llenas de jeroglíficos y escenas cotidianas del Antiguo Egipto, o al Tapiz de Bayeaux (S.XI).


        Quizás, uno de los pioneros del cómic sea el suizo Rodolphe Töpffer (1799-1846), “El santo patrón del cómic” lo ha llegado a llamar Art Spiegelman, incluso de las tiras cómicas o historietas. Töpffer, hijo de un pintor aficionado, pronto se interesaría por las estampas de William Hogart, pero su carrera de pintor se comenzó a truncar a la temprana edad de veinte años. En 1819, viaja a París, en busca de los mejores oftalmólogos de Europa, para tratarse una constante pérdida de visión. Su madre, había muerto ciega, y de ella heredaría esta enfermedad ocular que haría que el joven Töpffer se inclinara más por la caricatura que por el preciosismo pictórico que demandaban los inicios del S.XIX.

        Una vez de vuelta en su Ginebra natal, Töpffer montará una escuela para estudiantes internos (1824) dirigida a todos los estudiantes de Europa (en gran parte pagada con la dote de su mujer). Padre de cuatro hijos, comenzará casi clandestinamente, bajo pseudónimos, su labor de viñetista y caricaturista, mientras se dedicaba a escribir, se metía a político del Partido Conservador suizo, pedagogo, y a teórico y ensayista artístico.


        Murió joven, posiblemente de una leucemia, a los 47 años, no sin antes publicar algún par de novelas (Novelas ginebrinas y Viajes en zigzag). “Las aventuras de Monsieur Vieux Bois” (1837) es una de esas obritas, pequeñas joyas del séptimo arte, en cuna en aquella etapa, que se componía de una pequeña escena y una frase explicativa de la misma. Grandes como el propio Goethe en sus tiempos, el propio Spiegelman (ganador del Pulitzer por “Maus”) o el historicista norteamericano Chris Ware (que tiene premios como yo empastes en la boca) reconocieron la maestría y el ingenio de Töpffer.


        Un clásico que merece una revisión y un reconocimiento, a tenerlo muy en cuenta.