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lunes, 9 de febrero de 2026

Okinawa, El Viento Habla (Reservoir Books, 2026) Susumu Higa

 
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         Hace un tiempo, en agosto de 2025, me hacía eco a través de una reseña, de un cómic que me pareció una auténtica maravilla: “Okinawa”, de Susumu Higa, publicado en España por Norma Editorial. Aquel cómic de 500 páginas, y con un dibujo que califiqué como un tanto naif, fue mi primer contacto con un autor que no conocía, Higa, de 73 años, y cuyo origen es la isla de Okinawa… Isla, por cierto, que tiene cierto movimiento independentista desde hace unos años, respecto a Japón, porque se consideran ninguneados por el Gobierno de Tokyo, entre otras cosas, por permitir la presencia militar estadounidenses en su conjunto de islas…

        Pero, volviendo al tema cómic, que es el que me interesa… Me encuentro en enero de 2026 con la sorpresa de que Reservoir Books publica un cómic, del mismísimo Susumu Higa, titulado “Okinawa, El Viento Habla”, que es precisamente el que os presento en esta reseña. Y mi primera duda fue si estábamos ante el mismo cómic que había leído seis meses antes, el publicado por Norma, o este es otro… Intrigado, me lo he comprado, me lo he leído, y, efectivamente, no es aquel, es otro…


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        “Okinawa, El Viento Habla” es un cómic que sigue la temática del cómic de Norma, el que se titula sencillamente “Okinawa”, pero se centra específicamente en la batalla de Okinawa de 1945, y los efectos inmediatos que tuvo en los isleños, que vieron como sufrían los abusos sexuales, y de todo tipo, por parte de los soldados estadounidenses, pero también por parte de su propio ejército, que les robaba comida, abusaba de ellos, o directamente los mandaba a muertes garantizadas, desde echarlos de refugios, hasta mandarlos a pequeñas e insignificantes islas con mosquitos de la malaria.

        Este cómic, no es tan amplio como el de “Okinawa”, que recogía además historias de la postguerra, y profundizaba más en el trato y la relación con los estadounidenses, algo que aquí apenas se va a ver.

        Igualmente, también es cierto, que aquí no vas a ver grandes batallas, ni siquiera destaca por su acción, sino que Higa se centra más en el sufrimiento del pueblo civil, harto de la guerra, que ve como sus supuestos salvadores son tipos codiciosos, malvados y egoístas, que hay que mantener también a raya en casi todas las ocasiones.


        Resumiendo, ya que me he puesto a comparar los dos cómics:

  • Okinawa es una obra más completa y amplia sobre la isla y su devenir histórico, con distintas historias y enfoques (batalla + consecuencias posteriores).
  • Okinawa, el viento habla se centra más en relatos de la batalla de Okinawa en sí y en contar esa experiencia desde múltiples voces, todas ellas, surgidas del propio pueblo de Okinawa.

    Susumu Higa, que además se puso a publicar ya bastante mayorcete, parece querer recuperar la memoria de su pueblo, de Okinawa, antes de que desaparezca. En “Okinawa”, además, las tradiciones de las yutas, las sacerdotisas locales, estaba muy presente, aquí no tanto… No es una memoria que recuerde mucho a los héroes, que alguno hay, pero siempre ayudando al pueblo, no haciendo cargas militares. Tampoco es una memoria que destile nostalgia, sino más bien una memoria rota, dolorosa, no curada, incómoda, que presenta a Okinawa como un territorio marginado, maltratado, a pesar de tener un pasado, una lengua y cultura propia.

        Algo que no noté leyendo “Okinawa”, pero si en este cómic “Okinawa, El Viento habla”, es la puesta en escena de una ruptura con Tokyo. El pueblo sufre los desmanes del Gobierno Central, que no piensa en ellos, sino que los sacrifica, los manda a la ruina, los ejecuta y los golpea, o los intenta matar de hambre, como si realmente no fuesen una parte real del propio Imperio japonés, y acaso un territorio más conquistado. Hay hambre, miedo, desesperación, manipulación en un cómic que es intenso de principio a fin. Te pones a leerlo, y ya no vas a parar.


        En definitiva: Ambos cómics son complementarios. Este es más intenso en cuanto a lo que sufrió el pueblo en Okinawa. No se va a salir de los meses centrales del año 1945, “Okinawa” es más completo en su conjunto, al incluir la postguerra y la relación con los yanquis. Y ambos, aparte de ser terriblemente didácticos, son de lo más recomendables. Si te interesa el tema de la Segunda Guerra Mundial, en el escenario del Pacífico, sus lecturas son imprescindibles. Ambos, “Okinawa” y “Okinawa, El Viento Habla”, tienen un precio que ronda los 23 euros, pero merecen muchísimo la pena.

sábado, 9 de agosto de 2025

Okinawa (Norma, 2025) Susumu Higa


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         La batalla de Okinawa es, posiblemente, una de las batallas más icónicas de la Segunda Guerra Mundial. Acontecida entre el 1 de abril y el 21 de junio de 1945, se combatió durante 82 días, y se llevó por delante a poco más de 20000 estadounidenses y 100000 japoneses, entre militares y civiles, que veían como los estadounidenses, que iban saltando de isla en isla, se acercaban peligrosamente a Tokio, y que podían usar a Okinawa como un portaviones gigantesco.

        La que se denominó como la batalla Tifón de Acero por los estadounidenses, y Lluvia de Acero/Viento violento de acero por parte de los japoneses, está bastante estudiada en libros de la Segunda Guerra Mundial, hay algún documental y hasta una película japonesa de 1971, llamada precisamente así: “La Batalla de Okinawa”.

        Lo que no se conocía tanto era el punto de vista de los civiles okinawenses que tuvieron que sufrir los bombardeos y la invasión estadounidense, y lo que es mucho peor, los abusos y la incomprensión cometidas por el Ejército Imperial japonés, que se suponía que los iba a defender y que chocó de frente con sus costumbres e incluso idioma.


        El cómic “Okinawa” es una recopilación que ha publicado Norma Editorial durante el 2025, que recoge el trabajo del mangaka Susumu Higa (que se hace cargo del dibujo y de alas narrativas, algunas imaginadas, recreadas, otras conocidas por él mismo), sobre la batalla de Okinawa, desde el punto de vista de los civiles, la posguerra, la relación con los soldados japoneses, con los estadounidenses y la posterior creación de bases militares en su territorio en una obligada convivencia que chocó muchas veces, pero que igualmente encontraron puntos en común, como en el amor por el beisbol.

        El cómic, de 500 páginas, de riguroso blanco y negro, y con un estilo un tanto naif, un tanto plano, pero efectivo en lo visual, recopila dos obras de Susumu Higa publicadas en Japón originalmente en 2010.


        La primera de ellas: “La espada de arena”, está integrada por siete historias que giran en torno a la propia batalla de Okinawa, la llegada de los estadounidenses, la relativa paz en la que vivían los civiles, apartados bastante del conflicto, y su preocupación por su estilo de vida, costumbres y creencias.

        Los padres del autor vivieron el conflicto de primera mano, okinawenses como él, lograron sobrevivir. Su padre acabó internado en un campo de prisioneros en Hawái, y su madre vivió la invasión, los bombardeos, los tiros y la muerte de primera mano cargando con sus hijos a cuesta.


        En parte, Higa sigue los pasos de un clásico del manga, que no os podéis perder, que es “Pies descalzos” de Keiji Nakazawa, pero con la peculiaridad, el componente indígena de Okinawa, que comienza a desaparecer y a diluirse por la guerra, por parte de los japoneses foráneos que no creen en sus ritos, y posteriormente por las nuevas generaciones que comienzan a dejar de lado aquellos ritos ancestrales que los conectaban con bosques, campos y prácticas rituales y espirituales que realizaban las “yutas”, sacerdotisas conectadas con los espíritus o “mabui” en okinawense.

        Esta primera parte, curiosamente, critica duramente el comportamiento del ejército imperial japonés, que, en su cobardía, maltrataba a los locales cuando perdían posiciones ante los yanquis, o usaban de escudos humanos a los civiles, o directamente los ejecutaban sin mayores contemplaciones.


        El segundo de los cómics que componen este integral, titulado “Mabui”, está compuesto igualmente por siete historias, centradas en la posguerra, la presencia de los estadounidenses en la isla, su relación con los locales, la aparición de restos de la batalla, humanos fundamentalmente, la profanación de los mismos, la perdida de las tradiciones que anteriormente os comentaba, en la que a veces, hasta los propios estadounidenses llegan a participar. Ambos países comparten un pasado común de dolor, muerte, pero rezan juntos.

        En el cómic no hay héroes, ni hazañas bélicas, hay mucho terror, mucha espiritualidad, duelo y humanidad. Los verdaderos protagonistas no son los soldados, los militares de ambos bandos, son las personas sencillas, los campesinos que sufren los bombarderos y que ven sus tierras de labranzas ocupadas por la administración estadounidense, que a la par, ve como los okinawenses protestan por dicha presencia, que fue efectiva hasta 1972, a pesar de que los yanquis mueven toda la economía.


        En definitiva: “Okinawa” tiene ese componente didáctico que tanto me gusta destacar en los cómics históricos, o con una base histórica, que te enseña otro punto de vista, otra vuelta de tuerca al conflicto, que, seguro que no conocías, y que te deja inquieto. No es, a veces, una lectura fácil, pero tiene la facilidad de engancharte y muestra contradicciones, la perdida de la memoria histórica, te invita a reflexionar y a investigar, y te muestra también lo peor y lo mejor del ser humano, aunque sean enemigos, en un conflicto. Decididamente, es un cómic muy recomendable. ¿Su precio? 23 euros.

sábado, 3 de mayo de 2025

Onoda. Último soldado Imperial (Yermo Ediciones, 2025) Nacho Golfe, Daniel Tomás

 

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        La historia del teniente Onoda, es la historia de una decena de soldados japoneses que siguieron luchando después de que la Segunda Guerra Mundial concluyera en 1945.

        Aislados, escépticos ante los acontecimientos, perdidos en selvas e islas perdidas del Pacífico, estos soldados testarudos, pero peligrosos por sus circunstancias, fueron rescatados a lo largo de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta (el último de ellos, que no fue realmente Onoda, aunque si posiblemente el más icónico, fue rescatado a finales de 1974 y se llamaba Teruo Nakamura, japonés de origen taiwanés que fue recibido con muchísima frialdad).


        Onoda fue una celebridad. Se escribieron libros, se hicieron un par de películas que yo recuerde, la última una producción francesa de hace unos pocos años, y ahora tenemos la suerte de disfrutar de un cómic, que viene de la mano de Nacho Golfe al guion (Von Braun. La Cara Oculta de la Luna), y a los lápices tenemos a Daniel Tomás, al que conocemos por sus fantásticos cómics “El Fin del Mundo” y “Tucson. Dragones del Desierto” …

        Una de las cosas que hay que destacar de este cómic, “Onoda. Último soldado Imperial”, es su magnífica documentación, que incluye un contexto histórico final fabuloso, y que casa muy bien con el dibujo de Daniel Tomás, para narrarnos estos hechos reales, que se centran en la vida del teniente japonés Hiroo Onoda, al cual vamos a conocer desde su formación hasta su regreso a casa.


        Treinta años llenos de emoción, soledad, incomprensión, peligros en la isla de Lubang en Filipinas, en la que estaría destinado hasta 1944 mientras sobrevivía, primero a la desaparición de su pequeño grupo, y posteriormente a aquella lucha interior por la que se negaba a aceptar el final de la guerra, teniendo que ir un superior suyo, retirado y librero de profesión, el Mayor Taniguchi, a convencerlo de que depusiera su viejo rifle reglamentario.

        Onoda no era un hombre extraordinario en ese sentido. Vivió 91 años, y fue criado y educado para obedecer ciegamente órdenes, en este caso militares, donde la rendición no tenía cabida, y la lealtad por encima de todo guiaba su día a día, y su razón de ser.


El cómic, aparte de mostrarnos el episodio histórico, en el que veremos al pequeño grupo de japoneses enfrentarse a campesinos, matar y morir, huir de emboscadas (hasta 111 según Onoda, logró esquivar), tenemos esa conexión emocional con un personaje que se sabía que andaba por allí, pero que no fue realmente tomado en cuenta hasta que un joven de amplia sonrisa, Norio Suzuki, y con tres objetivos en la vida (Hablar con Onoda, localizar un Panda Gigante, y encontrar un Yeti, murió en esa tercera misión) lo encontró e hizo todo lo posible para que volviera a un Japón que había cambiado muchísimo respecto al que él había dejado atrás…

Cuando se rindió, Onoda tenía 52 años, y vestía su uniforme militar de oficial del Ejército Imperial, y conservaba 500 cartuchos, su fusil Arisaka Tipo 99, su espada de oficial, varias granadas de mano y una daga ritual que le había regalado su madre en 1944 para que se quitara de en medio en el caso de ser necesario, algo que explica en el cómic, realmente tenía prohibido por la educación militar recibida durante su entrenamiento.


A pesar de que había matado a una treintena de habitantes de la isla filipina, fundamentalmente gente local y campesinos de la zona, y participado en varios tiroteos con la policía y con los propios campesinos que los emboscaron en algunas ocasiones, se tuvieron en cuenta las circunstancias y Onoda recibió un indulto del presidente filipino Ferdinand Marcos. 

El Japón al que regresó Onoda era muy diferente… Un Japón donde el Emperador ya no estaba divinizado, donde las bombas atómicas habían creado una sociedad antibelicista, y donde las ciudades japonesas se poblaban de industrias y rascacielos, siendo una de las economías más potentes del mundo. Onoda no lo resistió, y volvió a la selva, brasileña en esa ocasión.


A mi me ha dado por pensar en la cantidad de soldados japoneses que seguramente fallecieron en alguna isla o selva perdidos, durante años, y que no se llegaron a localizar, y es que el cómic en su contexto histórico final, habla de algunos de aquellos soldados, que se encontraron y regresaron a casa después de haber terminado el conflicto.


        Algunos de los más conocidos son:

  • Shoichi Yokoi, encontrado en 1972 en la isla de Guam, donde había permanecido escondido durante 28 años. A diferencia de Onoda, Yokoi estaba solo desde 1964 y vivía en una cueva.
  • Teruo Nakamura, de origen taiwanés y soldado raso del Ejército Imperial, fue hallado en Indonesia en diciembre de 1974, poco después que Onoda. Nakamura vivía aislado en una choza y sobrevivía cultivando su propio alimento. A diferencia de Onoda y Yokoi, no fue celebrado en Japón debido a su origen taiwanés.
  • Kinshichi Kozuka, compañero de Onoda en Lubang, permaneció junto a él hasta 1972, cuando fue abatido por la policía filipina durante una de sus incursiones.

Seguramente hubo otros muchos casos en otros conflictos, aunque no tan alargados en el tiempo como los de estos soldados japoneses, a mi me viene a la cabeza un grupo de españoles que resistieron en una localidad filipina llamada Baler hasta un año después de haber concluido el conflicto, por poneros un ejemplo que también podéis encontrar en cómic.


En definitiva: Un cómic fabuloso “Onoda. Último soldado Imperial”, en el que de manera paralela a la historia de Onoda, vamos a ir viendo como Japón, y el mundo, evoluciona hacia la modernidad.

Hay que felicitar a Nacho Golfe, Daniel Tomás y a Yermo Ediciones por este grandísimo cómic que es de lo más recomendable, entretenido y didáctico a rabiar, como a mi me gustan, cómics con los que uno aprende. Su precio, por cierto, es de 20 euros, que no es precio para disfrutar de esta maravilla.

jueves, 1 de mayo de 2025

Pánico en el tren bala (2025)

 

       Ofrecerle a un extremeño ver una película de trenes, es entre provocador y surrealista, pero como buen extremeño que cree que los gusanos de hierro son seres mitológicos, y que se tira al suelo cada vez que ve uno en funcionamiento, no he podido evitar ver la película japonesa “Pánico en el tren bala”, producción de Netflix de 2025, estrenada el pasado 23 de abril, y que es una copia descarada de dos horas y diez minutos de metraje de la película estadounidense “Speed: Máxima potencia” que ya ha cumplido sus treinta años, y de otra más antigua, japonesa también y que ya cumplió sus cincuenta años, como es la clásica “Pánico en el Tokyo Express”…

        De hecho, una curiosidad de esta película es que se hace referencia a los hechos acontecidos en aquella otra, y que, en un momento, si uno es observador, puede llegar a ver algunas escenas en un monitor estratégicamente colocado mientras se habla de aquel precedente.

 

        La trama de “Pánico en el tren bala” es bastante sencilla. Un tren que no debe bajar de los 100 km/h o estallará y se llevará por delante a pasajeros, y todo lo que pille por la zona. Por lo que ya sabemos que, si el tren hubiese sido extremeño, hubiera explotado antes de salir de la estación, o en medio de la nada, pero para eso no le hace falta una circunstancia exterior… Afortunadamente no explotan, pero si se paran, y no arrancan algunos después ni a empujones…

Tirones aparte, que vosotros sabréis perdonar… A partir de esta premisa, expuesta casi en los primeros compases de la cinta, vamos a ver una historia que gira en torno a todo el dispositivo que se monta por parte de políticos, policías y técnicos ferroviarios para buscar una solución al tema, y de manera paralela, como se toman los pasajeros, que son una especie de microcosmos condensado de la sociedad japonesa, la posibilidad de que pueden acabar volando por los aires.


        No te creas que vas a ver una película llena de acción, con terroristas dando tiros y equipos especiales saltando en helicópteros ni nada parecido, absolutamente para nada.

        De hecho, la película se me ha hecho muy aburrida, bastante aburrida, por la falta de escenas de acción y la cantidad de personajes, conversaciones para besugos y subtramas sin recorrido que habitan en la película, siendo para mi lo más interesante ver los paisajes japoneses, y los propios trenes que salen, reales como ellos mismos, de la empresa japonesa JR East, y las estaciones de ferrocarril, que también tienen su aquel…


        Ahora bien, desmenuzando un poco más la trama, te encuentras con una historia ciertamente rocambolesca, que conecta, como os digo, con la película de los setenta, en un intento de hacerla una continuación.

        Entre los pasajeros, nos encontramos al principio con un grupo de estudiantes de secundaria, muy típicos y tópicos, que no se están quietos ni a palos, y que están muy enchufados a las redes sociales, sobre todo a Instagram donde suben absolutamente de todo.


       Tenemos a una parlamentaria japonesa inaguantable, que no se aguanta ni pagando, que viene a representar lo que es la falsedad, las ganas de trepar en cualquier circunstancia…

        La madre con el niño que no llegamos a verle la cara, y suena como un muñeco de 20 euros. El tipo huidizo con mascarilla, el viejo dormido, la maquinista y los técnicos (no entiendo porque se saludan como militares todo el rato, no sé si en la RENFE será igual), y así todo un catálogo de personajes que no van a aportar mucho, o nada directamente.

        Entre el grupo de estudiantes, tenemos a una chica, que va a resultar ser la malvada terrorista, que tiene conectada las bombas a un dispositivo implantado en su cuerpo por el Hospital Universitario de Badajoz, y que es capaz de matar a su viejo a distancia por no haberle comprado una camiseta que le gustaba o algo parecido. Esto es muy poco creíble por mucho que nos quieran vender la moto, ya la verdad es que le resta credibilidad.


        Por lo que me he quedado con la poca acción que tiene, los diabólicos planes de los técnicos para que el tren no explote, los paisajes bucólicos y los arrozales, algunos efectos especiales y poco más, siendo en mi opinión, repito, una película sosa y aburrida, a la que le sobran perfectamente entre 30-40 minutos para ganar interés.

        Así visto el panorama, de nota le voy a dar un triste 5, pero solo porque salen trenes, que es algo que a mi me emboba, verlos moviéndose, funcionando, llegando a su hora… No sé, debe ser como cuando un urbanita ve una oveja balando por el campo o una cigüeña cagando desde el campanario. Si no es por los trenes, le hubiera cascado un cuatro seguramente.

        En fin: La dejo a vuestra entera elección, y ya me diréis que os pareció a vosotros “Pánico en el tren bala”.



viernes, 29 de diciembre de 2023

Samurái de ojos azules (Primera Temporada. Netflix, 2023)

 


“Samurái de ojos azules” (Netflix, 2023) es una serie de animación estadounidense, estrenada el 3 de noviembre en España, y que, a pesar de haber pasado bastante desapercibida en mi opinión en nuestro país, creo que merece un visionado.


Su primera temporada consta de ocho episodios. El primero de ellos dura una hora, pero el resto ronda los cuarenta y cinco minutos de duración, y en su narrativa nos traslada al Japón del S.XVII, donde vemos cómo el país se ha cerrado por completo a la influencia occidental en todos los aspectos.



El comercio con el exterior se ha cortado, y se ha prohibido la presencia de occidentales en sus tierras. No se habla en un principio de nacionalidades, aunque más tarde si que se menciona a los británicos, y de hecho, uno de ellos es el Malo entre los Malos, y “Final Boss” a batir. Raro que no se nombre a los portugueses.


Dicha presencia británica en Japón ha dejado algunos descendientes, bebés de raza mixta, de rasgos definidos (como los ojos azules), que se consideran inferiores al resto de los seres humanos por parte de los japoneses. Se les considera impuros, despreciables y monstruosos.


Uno de esos niños es Mizu. Una niña que vivió una infancia de desprecio, cuya madre muere pronto, y que se cría con un herrero ciego, forjador de espadas para samuráis, al que conoce al caer un meteorito del cielo de que debe crearse una poderosa espada. Mizu, que intenta ocultar su identidad y verdadero sexo, y aparentar ser un hombre, un samurái, un hábil espadachín que busca venganza en su adultez, buscando y eliminando a los occidentales que tanto daño trajeron a su vida.


Pronto se le une un peculiar aprendiz, un escudero por así decirlo, Ringo, un joven bondadoso que deja a su padre y el oficio de cocinero, y al que le faltan las dos manos, para seguir ciegamente a Mizu y a su visión vengadora, aunque esta no esté de acuerdo con su presencia en un principio, algo muy típico y tópico por otra parte.


A lo largo de estos ocho capítulos, Mizu busca a Fowler, un despiadado inglés pelirrojo, que, oculto durante años en un castillo, planea acabar con el Shogunato con un levantamiento apoyado por armas occidentales, que clandestinamente ha introducido en el país, además de haber corrompido a varios cargos muy importantes y cercanos al propio Shogun.


De manera paralela, seguimos las vicisitudes de la princesa Akemi, criada en palacio entre algodones, que quiere cambiar su vida, poder elegir su propio destino, en una sociedad donde la mujer ocupa un cargo secundario, y que en la mayoría de las veces depende de las decisiones y voluntades masculinas. Y Taigen, su pretendiente, que de niño acosaba y hostigaba a Mizu, y que en la adultez se convierte en un amigo-enemigo.


“Samurái de ojos azules” es una serie con una muy buena animación. Una historia de venganza, en un escenario invernal en gran parte del metraje, no recomendada según Netflix para menores de 18 años, y donde el sexo, la desnudez, el gore y la propia violencia están al orden del día.


Como siempre repito cuando se trata de series, a todas les sobran tres episodios, y aquí no va a ser menos, tiene capítulos que ralentizan y mucho una serie que, de ser más dinámica, ganaría puntos. Aún así, yo destacaría cuatro por encima del resto, y que son dignos de mención.


Yo me quedo con el primero, a modo de introducción. El quinto, que narra la historia de Mizu, de su pasado, a través de un teatro de marionetas japonesas. El sexto, que contiene una versión japonesa del tema de Metallica, “For Whom the bell tolls”, del álbum “Ride the lightning”, que acompaña al asalto al castillo de nueve plantas de Fowler, y el octavo, donde se resuelve la temporada, aunque con un final que a mi personalmente no me ha gustado, pero que entiendo que sea así, pues deja claramente la puerta abierta a una segunda temporada, que, según foros y mentideros españoles, se estrenará en el primer trimestre de 2025… Que así sea y nosotros podamos verlo. De nota le doy un siete. ¿En serio? En serio.