Con varios meses
de retraso, como suele ser habitual en mí, he llegado al famoso “Drácula” de
Luc Besson, que es una reinterpretación del mito clásico de Bram Stoker, libro
al cual le ha dado una sonora patada, y ha parido una película que me ha tenido
entretenido, pero en la que no he visto al Drácula que conozco entre el Cristo
Románico catalán, la Majestad Batlló, las sillas de los Reyes Católicos, o las
referencias claras al libro, y a la película “El Perfume”, entre pequeñas
gárgolas de piedra, que me han hecho ver ya casi desde el principio que la
intención de Besson no era adaptarse fielmente al libro…
Con
una duración de 129 minutos, un presupuesto cercano a los 45 millones de euros
y una recaudación mundial aproximada de 41 millones de dólares, la película se metió
el batacazo en taquilla en su día, pero la llegada a las plataformas, casi ocho
meses después de su estreno en Francia, quizás consiga el milagro de “las
gallinas que entran, por las que salen”. Es una reinterpretación cuanto menos,
curiosa, en un mundo donde Francia y Rumania hacen fronteras, y el pastiche
pseudohistórico está al orden del día… Hablemos, pues, del “Drácula” de Besson.
En
la narrativa estamos en la Valaquia del S.XV (creo recordar), el príncipe Vlad
retoza a todo rato junto a su esposa, Elisabeta. Todo el alegría, amor y
felicidad, hasta que la guerra se le planta en casa en forma de turcos otomanos
que vienen a fastidiar el festival de caídas de Roma que se tiene montado el
matrimonio.
Vlad se pone la armadura, que es de
chapa, comprada en el Temu por cuatro duros, y sale a quitarse de encima a los
otomanos, mientras que manda a Elisabeta a un lugar seguro con cuatro tipos de
guardaespaldas solamente. Él gana la batalla, pero ella es emboscada y el
propio Vlad la ensarta accidentalmente con una espada voladora, cuando iba a
salvarla del último otomano malvado de turno, maldiciendo a Dios por no haberla
protegido.
Al
renegar de Dios, se acaba convirtiendo en un ser inmortal, en un vampiro que
vaga por todo el mundo, a la luz de sol, mientras carga con la culpa, la
obsesión por la pérdida de su señora, y ve como pasan los siglos, pero en la
Tierra siguen los mismos idiotas de siempre, más o menos, y él duerme en un
ataúd con aire acondicionado.
Cuatrocientos
años después, un abogado gilipollas y repipi se presenta en su Castillo para
hacerle una oferta de compra por una propiedad que tiene el conde en Francia,
pero su curiosidad ya la primera noche le lleva a descubrir la verdadera
naturaleza de su anfitrión, y ante la tesitura, le pide que le cuente su
historia.
Y
solo le tienes que pedir a un viejo, y más a uno de 500 años, que te cuente su
historia, para qué más… Y empieza por un: Pues mire usted, en mis tiempos, todo
esto era campo…
Estamos
en el S.XIX, y resulta que en París hay una joven, llamada Mina, que es la
prometida del abogado, que es la viva imagen de su Elisabeta hasta el último
pelo de las cejas. Drácula se obsesiona con ella, y consigue llevársela hasta
su castillo, a pesar de que Van Helsing, que es un cura alemán interpretado por
un Christopher Waltz que no me ha convencido, intenta hacer todo lo posible por
evitarlo.
Finalmente,
tenemos una batalla final entre el ejército rumano y Drácula y sus pequeñas
gárgolas, que se salda con unos 200 soldados muertos, Drácula convertido en
ceniza de brasero de picón y las gárgolas en niños calvos.
La película, para resumir, me ha tenido
entretenido, pero la he visto un despropósito. Esto no es reinterpretación ni
es nada parecido, esto es una inventada de cuidado, donde Besson pone cierto
foco en Francia a la hora de escenificar.
Como curiosidades, os puedo comentar,
aparte del pastiche historicista, con Cristos románicos catalanes en Rumania y
las sillas de los Reyes Católicos, que “Drácula” fue una de las producciones
más caras de 2025, y que aún anda lamiéndose las heridas intentando que las
pérdidas económicas no vayan a más, ocho meses después de su estreno. Supongo
que el streaming ayudará algo a la recuperación. También os puedo comentar que
supone la primera colaboración entre Besson y el compositor Danny Elfman. Aparte
de que se rodó, fundamentalmente, en Finlandia y en París.
En definitiva: No es una película que yo
me atreva a recomendar, más allá del mero entretenimiento y el desenchufe
mental. De nota le voy a dar un 5, y la dejo a vuestra entera elección.


















































