Coincidiréis conmigo en que películas de terror hemos visto muchas, pero si hablamos de películas de terror protagonizadas por perros, yo creo que si nos pusiéramos a recordar... No debe haber muchas, o yo por lo menos, no recuerdo ninguna como “Good Boy” (Buen Chico), que es la película que vamos a comentar en esta reseña.
Hay que reconocer que el cine de terror siempre ha buscado nuevas esquinas desde las que espiar nuestros miedos más profundos, pero pocas veces lo ha hecho situando su mirada a solo unos palmos del suelo, y desde el punto de vista de un firulais.
La verdad es que ya poco nos falta por ver en el género, si acaso, una película de terror vista desde el punto de vista de un extraterrestre, o de un monstruo, porque desde el plano fantasmal, ya tenemos “Los Otros”, o “El Sexto Sentido” si se tercia... Pero, volviendo a nuestra película: Good Boy (titulada en España como Buen Chico) es una película de terror sobrenatural estrenada en 2025 que consigue refrescar el género de las casas encantadas mediante una premisa tan arriesgada como brillante: narrar toda la angustia, el acecho, el miedo y la atmósfera de pesadilla estrictamente desde la perspectiva visual y sensorial de un perro.
A mí es una película, no sé bien por qué, que me ha recordado un poco a “Un Monstruo viene a verme”, quizás porque más que un monstruo paranormal, el verdadero terror que ve el perro sea la enfermedad incurable que atormenta a su amo, un joven que se ha mudado a la vieja casa familiar, en mitad de un bosque, en mitad de la nada, y rodeado por las lápidas de sus familiares fallecidos, también jóvenes...
Estrenada, de forma limitada, el pasado 17 de octubre de 2025, tras su paso por un par de festivales, incluyendo Sitges, la película tiene un metraje corto, que se pasa volando, de poco más de una hora y diez minutos aproximadamente.
Rodada durante casi tres años, y con un presupuesto de unos 70 mil dólares, la película se convirtió en un fenómeno viral de taquilla imprevisto, alcanzando una recaudación global de más de 8,8 millones de dólares, sin añadir los posibles beneficios de su estreno en plataformas (yo, de hecho, la he visto en Netflix), y fue rodada principalmente en Harding Township, en Nueva Jersey, Estados Unidos.
La trama gira en torno a Todd (interpretado por Shane Jensen), un joven que sufre de una grave enfermedad pulmonar crónica y decide mudarse de la ruidosa Nueva York a una apartada e inhóspita cabaña rural en el bosque que perteneció a su difunto abuelo, quien murió allí en misteriosas circunstancias. Lo acompaña su alma gemela: Indy, un bellísimo firulais retriever, interpretado de forma magistral por la propia mascota del director, llamada también Indy. Es decir, el perro se interpreta a sí mismo, en un papel que supera con creces al de muchos actores humanos, y que hubiera merecido un buen Oscar al que hincarle el diente antes de enterrarlo en el jardín.
El reparto principal se complementa con Arielle Friedman (en el papel de Vera, la hermana preocupada de Todd) y el icónico actor de género Larry Fessenden (como el espectral abuelo difunto en los recuerdos y visiones de la casa).
Pronto, la mudanza se sumerge en el horror. A través de ingeniosos enfoques de cámara bajos que emulan la visión perimetral del firulais, el firulais experimenta lo que Indy detecta con su olfato e instintos: unas fuerzas sobrenaturales y malignas que habitan en las sombras de la granja, aunque muchas veces lo pillan desprevenido, cosa que no me esperaba de un perro.
Cada vez que su amo empeora de su enfermedad, las manifestaciones paranormales se vuelven más numerosas, por lo que he llegado a pensar que en realidad el perro lo que está viendo es la enfermedad y la proximidad a la muerte de su joven amo.
Aunque, además, Indy sufre visiones terroríficas del perro que habitaba antes allí, que es una fotocopia suya pero con pañuelo al cuello, y de la agónica muerte del abuelo, siendo la historia de ambos casi un calco de lo que ocurrió en la casa un tiempo antes, y permaneciendo Indy, fiel junto a su amo, hasta el final, pase lo que pase.
Como curiosidades curiosas de la historia y la producción, os puedo comentar algunas cosas:
El director Ben Leonberg rechazó utilizar efectos digitales para forzar expresiones en Indy. El rodaje casi tres años porque el equipo esperaba pacientemente a que el perro mirase de forma natural hacia las esquinas oscuras, jadease o reaccionara a sonidos reales creados tras las paredes.
Para capturar fielmente la perspectiva del animal, se diseñaron estabilizadores de cámara mecánicos especiales situados a ras de suelo. El diseño de sonido también está "alterado", magnificando ruidos ambientales casi imperceptibles para los humanos (como el crujido de la madera o pisadas lejanas en la tierra) para transmitir la hiperestesia de un can.
La crítica especializada alabó que el guion puede leerse como un drama psicológico sobre el dolor que sufren las mascotas cuando ven enfermar a sus cuidadores, algo en lo cual coincido, y que es algo que compartiría con la película “Un monstruo viene a verme”. El terror no nace de los sustos repetitivos, sino de la angustia empática de ver a Indy sufrir al no poder comunicarse verbalmente con la persona que más ama en el mundo, que es su joven y agónico amo.
En definitiva: Es una película interesante, que no nos muestra el rostro de la mayoría de sus personajes, menos del joven amo de Indy, que se cobra todo el merecido protagonismo. No es una película para tirar cohetes, pero no hay que restarle su interés, su perspectiva y el trabajito que habrá tenido trabajar con firulais durante casi tres años para lograr determinadas escenas. El mensaje es bonito al final, me gusta creer eso, a pesar de la angustia y los miedos que le hacen pasar al perro. De nota le voy a dar un 6, y ya me diréis qué os pareció a vosotros.



























