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domingo, 18 de octubre de 2026

El Barrio de la Luz de Inio Asano

El panorama del manga contemporáneo cuenta con autores capaces de transformar lo cotidiano en un escenario de profunda introspección psicológica y crítica social. Entre ellos, Inio Asano se erige como una de las voces más singulares y perturbadoras de su generación.

Con una trayectoria consolidada, el autor ha demostrado una habilidad excepcional para diseccionar la psique juvenil y las dinámicas urbanas. A través de trabajos ampliamente celebrados como "Solanin" y "Buenas Noches, PunPun", se percibe una constante exploración de la apatía, el desencanto existencial y la búsqueda de identidad.


En esta ocasión, nos adentramos en "El Barrio de la Luz" (Hikari no Machi), una obra temprana pero fundamental que encapsula la esencia de su universo temático y metodológico. Asano posee la cualidad de transformar un entorno aparentemente apacible y monótono en el núcleo de relatos de gran intensidad emocional y complejidad psicológica. Su narrativa es capaz de revelar, tras la fachada ordinaria de una calle residencial o un paseo suburbano, realidades complejas que desafían la comodidad del lector.

"El Barrio de la Luz" representa uno de los ejemplos más evidentes de esta estrategia. A través de una estructura de historias interconectadas, la obra expone las fracturas de una sociedad caracterizada por el aislamiento individual, la falta de empatía y un vacío emocional crónico. No obstante, a pesar de la gravedad de los conflictos presentados, el texto no se reduce a un ejercicio de pesimismo absoluto; funciona, más bien, como un reflejo fidedigno de una sociedad compleja, cuyas dificultades estructurales conviven con una persistente voluntad de supervivencia de sus integrantes.


"El Barrio de la Luz" se publicó originalmente de forma seriada entre abril de 2004 y enero de 2005 en las páginas de la revista Monthly Sunday Gene-X, perteneciente a la editorial Shogakukan. En el ámbito hispanohablante, Norma Editorial asumió su publicación en España, presentando la obra en un formato de tomo único. La edición mantiene las características clásicas del formato rústica con sobrecubierta (tomo B6 de aproximadamente 13 x 18,2 cm) y consta de 216 páginas impresas en blanco y negro. Este volumen se establece como una pieza de colección idónea para comprender la evolución artística del mangaka.

La trama se localiza en su totalidad en la denominada "Ciudad de la Luz", un complejo residencial de apariencia idílica situado en la periferia de Tokio, construido sobre una colina soleada que sugiere prosperidad y bienestar. Bajo esta superficie, sin embargo, se desarrollan dinámicas complejas que evidencian el malestar subyacente de la comunidad. Las vidas de los residentes se entrelazan de manera trágica, revelando giros argumentales significativos. Uno de los ejes conductores de la narración es Tasuku, un estudiante cuya aparente normalidad académica contrasta con su participación secreta en una red clandestina que gestiona situaciones de crisis personales mediante asistencia telefónica. La impasibilidad del joven ante los eventos trágicos de su entorno desencadena una investigación policial que sirve para exponer las tensiones internas del vecindario. La trama revela que los hilos de este entramado se vinculan con un trío de individuos marginados que comparten vivienda en el complejo: Satoshi, un joven atrapado en la precariedad laboral; Momoko, una menor en situación de abandono familiar; y Hoichi, un sujeto involucrado en actividades al margen de la legalidad que financia las operaciones telefónicas.


El desarrollo de los acontecimientos desvela las complejas motivaciones de Hoichi. Lejos de responder a un arquetipo puramente destructivo, su actividad económica persigue un fin cargado de melancolía: acumular el capital necesario para adquirir la totalidad del complejo residencial, demolerlo y restaurar la antigua aldea natural que preexistía en dicho espacio, símbolo de su felicidad pasada. La fatalidad, no obstante, frustra las aspiraciones de los protagonistas; las dinámicas socioeconómicas y la desesperación erosionan sus proyectos, evidenciando que el entorno urbano actúa en ocasiones como una estructura limitante que absorbe la inocencia y perpetúa la vulnerabilidad de sus habitantes.

Entre los aspectos técnicos más notables del volumen figura el método pionero de ilustración implementado por Inio Asano. Con el propósito de plasmar la frialdad arquitectónica y el aislamiento del entorno, el autor recurrió a la toma de fotografías reales de paisajes urbanos. Estas imágenes fueron posteriormente digitalizadas, procesadas mediante software y retocadas minuciosamente a mano para integrarse con el dibujo tradicional de los personajes. Este contraste entre fondos hiperrealistas y figuras estilizadas acentúa de forma magistral la alienación y el desamparo de los protagonistas.

Asimismo, "El Barrio de la Luz" constituyó el espacio conceptual idóneo donde Asano refinó las inquietudes existenciales y la crudeza psicológica que posteriormente consolidaría a nivel internacional en sus obras consagradas.


En conclusión, este volumen único trasciende la narrativa de ficción urbana convencional para configurarse como un agudo examen social y un estudio sobre el desamparo contemporáneo. Asano maneja con precisión la ironía implícita en el título: un espacio bautizado bajo la promesa de la claridad, pero cuyos habitantes lidian con una profunda penumbra existencial. Se trata de una lectura relevante y rigurosamente ejecutada que evidencia cómo los conflictos humanos más agudos se desarrollan con frecuencia en la cotidianidad del entorno urbano.

miércoles, 14 de octubre de 2026

Good Boy (2025) El TERROR que solo los perros pueden ver

          

Coincidiréis conmigo en que películas de terror hemos visto muchas, pero si hablamos de películas de terror protagonizadas por perros, yo creo que si nos pusiéramos a recordar... No debe haber muchas, o yo por lo menos, no recuerdo ninguna como “Good Boy” (Buen Chico), que es la película que vamos a comentar en esta reseña.

Hay que reconocer que el cine de terror siempre ha buscado nuevas esquinas desde las que espiar nuestros miedos más profundos, pero pocas veces lo ha hecho situando su mirada a solo unos palmos del suelo, y desde el punto de vista de un firulais. 


La verdad es que ya poco nos falta por ver en el género, si acaso, una película de terror vista desde el punto de vista de un extraterrestre, o de un monstruo, porque desde el plano fantasmal, ya tenemos “Los Otros”, o “El Sexto Sentido” si se tercia... Pero, volviendo a nuestra película: Good Boy (titulada en España como Buen Chico) es una película de terror sobrenatural estrenada en 2025 que consigue refrescar el género de las casas encantadas mediante una premisa tan arriesgada como brillante: narrar toda la tensión, el misterio y la atmósfera de suspense estrictamente desde la perspectiva visual y sensorial de un perro.

A mí es una película, no sé bien por qué, que me ha recordado un poco a “Un Monstruo viene a verme”, quizás porque más que un monstruo paranormal, el verdadero terror que ve el perro sea la enfermedad incurable que atormenta a su amo, un joven que se ha mudado a la vieja casa familiar, en mitad de un bosque, en mitad de la nada, y cerca del antiguo cementerio familiar...


Estrenada, de forma limitada, el pasado 17 de octubre de 2025, tras su paso por un par de festivales, incluyendo Sitges, la película tiene un metraje corto, que se pasa volando, de poco más de una hora y diez minutos aproximadamente.

Rodada durante casi tres años, y con un presupuesto de unos 70 mil dólares, la película se convirtió en un fenómeno viral de taquilla imprevisto, alcanzando una recaudación global de más de 8,8 millones de dólares, sin añadir los posibles beneficios de su estreno en plataformas (yo, de hecho, la he visto en Netflix), y fue rodada principalmente en Harding Township, en Nueva Jersey, Estados Unidos.


  La trama gira en torno a Todd (interpretado por Shane Jensen), un joven que sufre de una grave enfermedad pulmonar crónica y decide mudarse de la ruidosa Nueva York a una apartada e inhóspita cabaña rural en el bosque que perteneció a su difunto abuelo, quien murió allí en misteriosas circunstancias. Lo acompaña su alma gemela: Indy, un bellísimo firulais retriever, interpretado de forma magistral por la propia mascota del director, llamada también Indy. Es decir, el perro se interpreta a sí mismo, en un papel que supera con creces al de muchos actores humanos, y que hubiera merecido un buen Oscar al que hincarle el diente antes de enterrarlo en el jardín. 

  El reparto principal se complementa con Arielle Friedman (en el papel de Vera, la hermana preocupada de Todd) y el icónico actor de género Larry Fessenden (como el espectral abuelo difunto en los recuerdos y visiones de la casa).


  Pronto, la mudanza se sumerge en el horror. A través de ingeniosos enfoques de cámara bajos que emulan la visión perimetral del firulais, el firulais experimenta lo que Indy detecta con su olfato e instintos misteriosos fenómenos que habitan en las sombras de la granja, aunque muchas veces lo pillan desprevenido, cosa que no me esperaba de un perro. 

Cada vez que su amo empeora de su enfermedad, las manifestaciones paranormales se vuelven más numerosas, por lo que he llegado a pensar que en realidad el perro lo que está viendo es la enfermedad y la proximidad a la muerte de su joven amo.

  Aunque, además, Indy sufre visiones del perro que habitaba antes allí, que es una fotocopia suya pero con pañuelo al cuello, y del triste desenlace del abuelo, siendo la historia de ambos casi un calco de lo que ocurrió en la casa un tiempo antes, y permaneciendo Indy, fiel junto a su amo, hasta el final, pase lo que pase.


Como curiosidades curiosas de la historia y la producción, os puedo comentar algunas cosas:

  1. El director Ben Leonberg rechazó utilizar efectos digitales para forzar expresiones en Indy. El rodaje casi tres años porque el equipo esperaba pacientemente a que el perro mirase de forma natural hacia las esquinas oscuras, jadease o reaccionara a sonidos reales creados tras las paredes.



  1. Para capturar fielmente la perspectiva del animal, se diseñaron estabilizadores de cámara mecánicos especiales situados a ras de suelo. El diseño de sonido también está "alterado", magnificando ruidos ambientales casi imperceptibles para los humanos (como el crujido de la madera o pisadas lejanas en la tierra) para transmitir la hiperestesia de un can.

  1. La crítica especializada alabó que el guion puede leerse como un drama psicológico sobre el dolor que sufren las mascotas cuando ven enfermar a sus cuidadores, algo en lo cual coincido, y que es algo que compartiría con la película “Un monstruo viene a verme”. El terror no nace de los sustos repetitivos, sino de la angustia empática de ver a Indy sufrir al no poder comunicarse verbalmente con la persona que más ama en el mundo, que es su joven y agónico amo.


En definitiva: Es una película interesante, que no nos muestra el rostro de la mayoría de sus personajes, menos del joven amo de Indy, que se cobra todo el merecido protagonismo. No es una película para tirar cohetes, pero no hay que restarle su interés, su perspectiva y el trabajito que habrá tenido trabajar con firulais durante casi tres años para lograr determinadas escenas. El mensaje es bonito al final, me gusta creer eso, a pesar de la angustia y los miedos que le hacen pasar al perro. De nota le voy a dar un 6, y ya me diréis qué os pareció a vosotros.