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lunes, 16 de enero de 2017

El caballo de hierro (1924)


        “El caballo de hierro” es el nombre que le daban los indios al tren, cuando lo veían atravesar sus tierras. También “El caballo de hierro” (1924) es el título de una de las películas mudas que firmó John Ford.
Con treinta años, ya había hecho más de cincuenta películas, la inmensa mayoría eran cortometrajes y mediometrajes, hoy en día casi todos perdidos.

        La Fox sería la encargada de la producción, y de pedir a Ford la dirección de un largometraje de gran presupuesto para la época, con todo un compendio de extras y escenarios en Nevada, buscando, lo dice desde el principio del film, la mayor verosimilitud posible, con armas, trajes, carruajes y locomotoras de la añorada etapa del Oeste americano.
Al fin y al cabo, estamos en los años sesenta. Lincoln ha sido asesinado, pero antes, ha conseguido la gran Unión del ferrocarril estadounidense, bajo un ambicioso proyecto que llevará las vías de una punta a otra del país, desde el Océano Atlántico hasta el Pacifico. Para ello, las dos competidoras, la Central y la Unión Pacific, deberán aunar esfuerzos, en miles de trabajadores (chinos, irlandeses e italianos) que trabajan contra-reloj.

        El mayor de los problemas no será el frío, o el calor sofocante, si no el ataque de los indios, hostiles a que el camino de hierro pase por sus vías. Desde un principio van a atacar a las cuadrillas de obreros, hostigándolos con ataques rápidos, que van a minar su moral y a retrasar el trabajo.

        Hay momentos en la película surrealistas. Por ejemplo, hay una escena en la que los indios atacan a un grupo de irlandeses que cantan mientras trabajan en las vías. Ante el ataque, los irlandeses sueltan las herramientas y responden con sus rifles al fuego indio, y posteriormente, sin ninguna baja, vuelven al trabajo rutinario.

        Igualmente, surrealistas, son los juicios en el Saloon de uno de aquellos pueblos esporádicos que crecían al compás de las vías, donde el tabernero era juez (al parecer, basado en hechos reales), con la acusada ausente…

        Es una delicia ver una película de este tipo. En primer lugar porque la magia que destilaba el cine mudo, rara vez la volvemos a disfrutar en cintas actuales, con acciones espectaculares sin ordenador ninguno de por medio, y en segundo lugar, porque a pesar de ser una película, un film de entretenimiento para el gran público (la Fox sacó diez veces más por la película que lo que había invertido, lo cual le valió a Ford que se consolidase definitivamente en Hollywood), hace las veces de documental, ya que muchos de los hechos y personajes que aparecen reflejados existieron y ocurrieron en realidad.


        Sus poco más de dos horas de duración se pasan casi volando. Historia de un país, la construcción del mismo, con sus jugadores, sus vaqueros, sus jueces y obreros, sus esperanzas e ilusiones, a través de su tren.

domingo, 15 de enero de 2017

La tortuga roja (2016)



           Pocas veces veo alguna película de animación que no me guste. He de reconocer que son una de mis debilidades, porque con la animación aún podemos contar y sentir cosas a las que el cine convencional no llega. Los japoneses de los estudios Ghibli lo saben bien, suyos son algunas de las mejores películas que se han hecho “Mi vecino Totoro”, “Castillo ambulante” o “Porco Rosso” son ejemplo de ello, y casi nadie desconoce el mítico nombre de Hayao Miyazaki, grandes éxitos del cine en poco más de treinta años de existencia de los estudios.

           Más allá del legado de Miyazaki, ya retirado, o semiretirado, que ha dejado el listón muy alto, de vez en cuando nos llegan joyitas como “La tortuga roja” (2016), una coproducción franco-japonesa, con estética de Hergé en sus personajes (esos ojos pequeñitos negros, esas facciones angulares, casi geométricas que conozco tan bien de Tintín).

            La particularidad de esta cinta es que es muda. Aquí no hay palabras. Solo gestos, algo de música y mucho mensaje visual (ecologismo por un tubo, la naturaleza es un personaje más, soledad, esperanza y desesperanza, el gran peso de la familia…) El espectador pone el resto.

            Un pescador naufraga en una isla desierta. Solo hay un bosque de bambú y un pequeño lago de agua dulce. Los espejismos son sus acompañantes diarios. Sus intentos por salir de la isla son vanos, porque una enorme tortuga roja le impide salir de ella. Una y otra vez vuelve a naufragar en la orilla de la isla, y pronto inicia una extraña, y mágica, relación con la tortuga, que no es lo que aparenta…


             Quizás esté lejos de lo que Ghibli nos tiene acostumbrados, quizás el peso de la película se lo debamos más a su director, el holandés Michael Dudok de Wit (el responsable del delicioso corto “Padre e hija” (2000) que podéis encontrar por YouTube), pero creo que es cine de animación mayúsculo, para reflexionar y perderse un rato en él… Eso sí, no me parece dirigido a un público muy joven, o tan siquiera joven.

sábado, 14 de enero de 2017

Ana e Historias tristes.



        La historia de los Solano López, Francisco y Gabriel, padre e hijo, es terrible. Como muchos argentinos, sufrieron la dictadura militar en los setenta. Algunos, vivieron para contarlo, otros (como ellos) se exiliaron, y otros miles, como el mítico escritor y guionista Héctor Germán Oesterheld fueron “desaparecidos” (de Oesterheld me gustaría hacer alguna mención más cuando escriba sobre su obra maestra, “El Eternauta”)
(Solano con su personaje más conocido, El Eternauta)
        Francisco (1928-2011), el padre, dibujante y colaborador durante una temporada de Oesterheld (dibujó “El Eternauta”) tuvo que huir junto a su joven hijo Gabriel a España. Gabriel se había politizado y su vida corría peligro en Argentina.

       Será en España cuando padre e hijo publican “Ana” y una serie de relatos o historias cortas bajo el título de “Historias tristes”, basados en los guiones e historias planteadas por Gabriel.

       “Ana” es, después de más de cuarenta años, una historia de culto. Una joven inquieta, estudiante, ve como su país natal, Francia, se precipita a la guerra (contra Rusia). Los motivos de dicha guerra no aparecen claros en la historia, y tampoco nos interesan mucho. Ana pierde la fe en sus referentes más próximos, los filósofos, y sobre todo en Simone de Beauvoir. Ve como el país se precipita en la falta de libertad, en toques de queda, alcanzando un estado policial prebélico insoportable.

       En un arrebato de locura pasajera, apedrea un tanque, circunstancia que la llevará a la cárcel, donde es violada. Pronto inicia una relación tormentosa, llena de culpabilidad, con el policía asesino de su amigo Pierre, y de Francia pasará a México, huyendo de una guerra que dejará devastada Francia. Ana tampoco encontrará respuestas a su vida en México, y su vida se irá convirtiendo en una espiral de preguntas sin respuestas, locura surrealista, asesinatos, cárceles… Hasta que regrese a su Francia natal, de la mano de un rico benefactor al que no quiere, a una tierra habitada por los buitres…

       Dibujada en blanco y negro, “Ana” es una historia sobre las desdichas humanas, la soledad, la desesperanza. Roza el pesimismo en cada una de sus páginas, y el trazo de Francisco Solano ayuda a ello, con una expresividad muy cuidada, donde los ojos hablan más que los propios diálogos…


       En cuanto a las “Historias tristes”, siguen un camino parecido al de “Ana”. Se nota en ellos la desesperanza de padre e hijo, que recalcan mucho el tema de la soledad, la desesperanza y el fracaso de sus personajes. Seres solitarios traicionados por una vida que carece de sentido, donde el suicidio y la locura están muy presentes. Supongo que el presente de aquellos años finales de los setenta, en un país extraño y convulso como era aquella España que intentaba agarrar el camino a la democracia, tenía peso en sus mentes, y eso se nota en el conjunto final de la obra.

Tarde para la ira


        “Tarde para la ira” (2016) es una de esas películas que te hacen creer, aún, en el cine español. Lejos de los tópicos de la Guerra Civil, que ya empieza a agradecerse alejarse de la monotemática cinematográfica de este país. Mira tú por donde, nos encontramos con un thriller que, si lo hubiera firmado un norteamericano, sería calificado de película del año, etc etc. Pedazo de cinta, monumental.

        Estamos en verano, en Madrid. Es 2007, la película comienza con un atraco a una joyería. Una huida espectacular, y donde Curro, el conductor, es arrestado. Le caen ocho años.

        Mientras tanto, Ana, la mujer de Curro sigue haciendo su vida en el bar de barrio. Hace un tiempo ha aparecido por allí Jose, un cliente que pasa a ser un habitual, y que se hace muy amigo de Ana. La cosa se complica cuando Curro sale de la cárcel. Conoce a toda la cuadrilla, pero… ¿Quién es este tal Jose?

         Estamos ante una película de venganzas, muertes, traiciones… Todos están que se salen, pero Antonio de la Torre y Luís Callejo firman una de las mejores interpretaciones del cine español de los últimos años. Raúl Arévalo, el director, parece que lleva toda la vida haciendo esto. Después de dejarme alucinado con su trabajo en “La isla mínima” lo vuelve a repetir, pero en la dirección. Trae fuerza, dinamismo, tensión justa, la violencia de la calle, una historia mayúscula… Una de esas historias que es mitad hermanos Coen y mitad Tarantino.

        ¿Qué si la recomiendo?, Creo que está claro, si te gusta el cine negro y del bueno, no puedes dejar pasar esta “Tarde para la ira”.



Inseparables (2016)


         Los dos o tres lectores (decir tres quizás sea excesiva esperanza), fieles, que aún quedáis por el blog, ya sabéis a estas alturas, que yo no tengo mucha idea de cine. Hace tiempo llegué a esta conclusión, al comprobar que mis opiniones, distaban miles de kilómetros de la crítica cinematográfica especializada.

        Esta misma semana lo he vuelto a corroborar cuando he visto la argentina “Inseparables” (2016), remake de la francesa “Intocable” (2011). Puedo llegar a entender que la gente, la productora de turno, el guionista harto de café o el director falto de ideas, hagan un remake de una película de hace cincuenta años. Ahí tenéis en camino segundas partes, o remakes, o vete a saber de “Blade Runner” o “La naranja mecánica” que al parecer vienen en camino... Atenea, la de glaucos ojos, nos pille confesados.

        Cinco, seis o siete años… Me parecen poco para hacer un remake de “Intocable”, película que he visto unas cuarenta veces (no exagero absolutamente nada), y que he diseccionado con cada uno de los grupos de alumnos que he tenido desde que se estrenó hasta hoy (2017), desde todos los puntos de vista.

        Pero vamos a ir al grano, sin entrar en mayores comparaciones. “Inseparables” hubiera estado pasable (“bien” sería exagerar), aunque sin tirar cohetes, si no hubiera existido la versión francesa. La credibilidad de una se pierde en las situaciones y diálogos forzados de la otra. La interpretación, magistral a mi parecer, de la francesa, se extravía en la presentación forzosa de situaciones de la otra. El “feeling” de Omar Sy y François Cluzet no se siente con Óscar Martínez y Rodrigo de la Serna, demasiado forzado, demasiado increíble y alejado de la realidad, no pegan ni con super-glue. La copia de planos, de escenas, una por una, hace que la película enganche menos que un tranvía. De hecho, hay escenas inverosímiles, como la del cumpleaños bachatero que se marcan con el forzamiento del que está siendo apuntado por un fusil de asalto… La música no ayuda tampoco en “Inseparables”, lejos de la encantadora banda sonora de Ludovico Einaudi… Ganas de estropear una buena historia…


        En fin, ahí queda esta “Inseparables”, para el que se atreva, yo la vi venir, a fin de cuentas, como os digo al principio… Yo no tengo ni pajolera idea de cine.

Historia Social del Cómic. Terenci Moix


        Terenci Moix (1942-2003) es un clásico de la literatura española de la segunda mitad del Siglo XX. Ciertamente, pocos relacionarían esta obra que os presento “Historia social del cómic”, que originariamente se tituló “Los cómics, arte para el consumo y formas pop” (1968) con él y su obra.

         Pero es así, Terenci Moix fue un maestro conocedor del mundillo del cómic. Han pasado casi sesenta años de la publicación de esta “rara avis”, interesantísima en todos los aspectos, y sigue pareciéndome una obra imprescindible para todos los amantes de lo que conocemos como noveno arte.

         El mundo del cómic ha evolucionado mucho en estos sesenta años, desde luego. Ya Moix afirmaba que España estaba en pañales en este sector, pero su estudio no pierde ni un ápice de interés al analizar con la óptica de la época, una España que aún aguantaba la censura franquista, la evolución y desarrollo del cómic, tanto norteamericano, como español, desde prácticamente sus orígenes.

         La novela gráfica también tiene su apartado, así como las influencias cinematográficas, ideológicas y literarias en el mundo de las viñetas, pasando por las historietas clásicas de cuatro escenas y deteniéndose en personajes relevantes como Li´l Abner (al que hace bastantes referencias), Dick Tracy, Batman o Flash Gordon. Inevitable no sonreírse con la alusiones a la Guerra Fría.


         El apartado patrio no deja atrás a Las Hermanas Gilda, Doña Urraca, Zipi y Zape o Carpanta. Un ensayo muy ameno, enriquecedor y recomendable.

viernes, 13 de enero de 2017

Westworld. La serie.



        Hace tiempo que no me tragaba una serie de una tacada, pero eso es precisamente lo que he hecho con esta “Westworld”, basada en la mítica película de Michael Crichton de 1973.

        “Westworld” es un parque futurista, con una temática basada en el Lejano Oeste americano. En dicho parque unos robots, unos androides perfectos, los anfitriones, viven en un continuo bucle. Su misión es ser matados (o follados) por los huéspedes humanos que visitan el parque.
 Los humanos llegan al parque de vacaciones. Asumen un rol de los muchos que los diferentes anfitriones les ofrecen: Cazar a un bandido, encontrar un tesoro, atracar un banco… En este ambiente pueden liberar todos sus instintos, normalmente los más bajos: Matar y trincar. 
Después vuelven a sus vidas, como si tal cosa.

          Para los anfitriones, todo es un bucle: Los matan, los reparan, los ponen en servicio y… Los vuelven a matar. De vez en cuando, se les cambia la personalidad y se les da otro rol en el parque. Lo malo comienza cuando algunos anfitriones comienzan a recordar “vidas pasadas”, a pesar de los cientos de reseteos continuos a los que han sido sometidos…

          Con un buen puñado de premios a las espaldas (sobre todo para Evan Rachel Wood), buena crítica por parte de los medios y creo que buena acogida por parte del público en general, Westworld se presenta como una de las mejores series de 2016. La primera temporada consta de 10 episodios, y HBO ya ha confirmado su vuelta en 2018 con otros 10 que conformarán la segunda temporada.


        La presencia de grandes del cine como Ed Harris y Anthony Hopkins ayuda, en mi opinión, al interés por la serie. La recomiendo.

domingo, 8 de enero de 2017

La ruta del tabaco. John Ford



        He de reconocer que antes de ver “La ruta del tabaco” (1941), de John Ford, tuve que investigar un poco. Era la única del recopilatorio que tengo del director norteamericano, que no me sonaba absolutamente de nada.

        En algunas webs leí que estaba considerada una “obra menor” de Ford, de la que no se llegó a sentir orgulloso ni el guionista, Nunnally Johnson, que era el mismo que había adaptado “Las uvas de la ira”, e igualmente tanto Ford como su señora no la tenían entre sus favoritas, de hecho, la mujer de Ford llegó a decir varias veces que era la peor película de su marido.

        La verdad es que yo no diría tanto. La película está basada en una obra teatral, que al parecer, fue un exitazo en todos los teatros americanos durante La Gran Depresión, basada a su vez en una novela. La novela, al parecer, está rebosante de escenas más sensuales, y sexuales, que la película, así que habrá que ir buscándola para certificar que es cierto…

        “La ruta del tabaco” centra la historia en Georgia, cerca de Augusta. La ruta del tabaco era una carretera de 24 kilómetros, otrora una verdadera ruta de la plata, que venida a menos, lo único que tiene a su paso son casa viejas, tierras improductivas, polvo, pulgas y pobreza.

        Jeester Lester (Charley Grapewin, el viejo tío Henry de “El mago de Oz”), un viejo granjero que pasa los sesenta, y su esposa Ada, ven pasar el tiempo, muertos de hambre, en su casa destartalada de madera, y con la sombra del desahucio planeándoles. Con ellos viven dos de sus 16 o 17 hijos (ellos no recuerdan con precisión cuantos eran, y yo tampoco). “El algún lugar debo tener nietos”, reflexiona la pobre Ada, mujer sensata, pero venida a menos con los años. Sus hijos son Dude, un colérico joven al que solo le interesan las bocinas de los coches, que se tira toda la cinta dando voces y en actitud bastante agresiva, salvo cuando canta algún salmo. Y su hermana Ellie May (la requetebella Gene Tierney), que aunque sucia y en harapos, derrocha una belleza es-pec-ta-cu-lar. De hecho, tiene una escena en la que se arrastra por el suelo, pidiendo un “nabo” para comer (tienen todos más hambre que un perro chico) que sinceramente me ha dejado con el rostro torcido.

        La película roza algunas cositas en común con “Las uvas de la ira”: La pobreza del campesinado, la desesperación, el hambre, la soledad, los banqueros que se quedan con las tierras improductivas (pero que han pertenecido a generaciones enteras), pero… En este caso, Ford se toma el drama a comedia. “La ruta del tabaco” no deja de ser, al fin y al cabo, una comedia. Lo notamos en la música festiva-country de David Buttolph, muy recurrente en los diferentes gags que la familia Lester va presentando en su peculiar historia de supervivencia.


        ¿Un Ford menor?, pues a mí no me lo ha parecido. Diferente sí, claro, pero no por ello menos. De hecho, sigue existiendo, latente, la crítica social de Ford en la cinta, está muy presente, bajo tanta música y golpes disparatados. Y, claro, después de “Las uvas de la ira”, y “¡Qué verde era mi valle!”, podría considerarse un film de transición, pero sin que desmerezca ni una pizca en su interés cinematográfico.

sábado, 7 de enero de 2017

El himno del corazón.




        Jun Naruse es una niña que habla por los codos, es soñadora y risueña. Sueña que un hotel, de la ciudad donde vive, es un castillo y que ella bailará alguna vez allí, junto a su príncipe azul.

        Un día ve a su padre salir en compañía de una señorita, que no es precisamente su madre, de dicho hotel. La revelación de aquella información le costará a su padre el divorcio, y a ella, perder la voz, de mano de un yokai (un espíritu de la mitología japonesa) en forma de huevo, que la dejará muda.

        En la adolescencia, todos creen que es muda. Hasta que un día, un profesor de música le manda hacer un trabajo musical. Naruse siente dolor de estómago cada vez que intenta hablar, así que se tiene que comunicar con notas o por correos electrónicos. Pero cantar… Cantar es otra cosa. Cantando puede sentir que no le duele la tripa y puede romper ese hechizo que la mantiene muda.

        La música va de la mano de los sentimientos, la historia que se cuenta aquí es un verdadero drama, Naruse es una chica que sufre todos los días de su vida, hasta que la música llega a ella. Es una película que va más bien dirigida a un público más joven que yo, al menos eso me parece, pero no deja de ser una película interesante sobre el poder que tiene la música… Sobre los corazones. Estos japoneses saben tocar la fibra sensible, es un Anime muy recomendable.


viernes, 6 de enero de 2017

La mascota del regimiento. John Ford



        “La mascota del regimiento” (1937) es de las películas menos comprometidas, socialmente hablando, de las que he visto de Ford. No desmerece como película de entretenimiento, pero desde luego, está lejos de “Las uvas de la ira” o de “¡Qué verde era mi valle!”.

       Ford añade alguna crítica, sutil, al imperialismo británico (o eso me parece), pero aún no había llegado al nivel que llegaría más tarde. Una curiosidad de la película en DVD es que la cinta sufrió, durante el franquismo, cortes enteros por parte de la censura, y al volver a montar el metraje (ya en la democracia) quedó para siempre maltratada, con partes en ingles subtitulado. Hoy en día nos parece una gilipollez, pero entonces… Cortes cuando se habla de amuletos mágicos indios, o cuando salen los escoceses recién levantados, vestidos simplemente con sus kilts, bueno… Los escoceses son censurados casi en toda la película, casi media hora de metraje censurado.

        Pero, ¿De qué va la película?, pues está basada en una novela de Rudyard Kipling, que nació en la India precisamente, que es donde se desarrolla nuestra historia: Hasta la India británica llegan Joyce Williams y su pequeña hija Priscilla (Shirley Temple). Su destino es un pequeño puesto avanzado, defendido por una compañía escocesa, donde el abuelo de la pequeña es el Coronel al mando. Un estirado, severo y colérico militar de la vieja escuela. Pronto, la niña con sus risueñas ocurrencias, se gana la confianza de propios y extraños, comenzando una bonita amistad con el sargento McDuff, el típico suboficial rudo pero bonachón. Todo aderezado con una buena dosis de gaitas.

        La niña, con toda su inocencia, compartirá su vida con la camadería de los soldados, bajo la sombra de un posible ataque local al puesto avanzado, e incluso obtendrá el cariño de los locales, sobre todo de un líder llamado Khoda Khan (al fin y al cabo, Priscilla ayuda a los rebeldes sin quererlo haciendo de mensajera). Ford le saca provecho a las situaciones humorísticas de la jovencita Shirley Temple y el sargento (Víctor McLaglen, ganador de un Oscar en 1935 por “El delator”), había “feeling” y se notaba. Y de hecho, creo que no fue la única vez que interpretaron juntos. Víctor McLaglen, irlandés, era un típico actor de westerns y fue nominado a otro Oscar por “El hombre tranquilo”. Y una curiosidad más, el personaje de Khoda Khan está interpretado por César Romero, conocido por hacer de Joker en el Batman legendario y barrigudo de Adam West (¡Ay!, lo que me río con Adam West).

        La subtrama es la relación de la madre (una bellísima June Lang, que casualmente murió casi a la vez que Shirley Temple) con un soldado de la compañía, el típico guaperas de la época con el bigote a lo Clark Gable. Por supuesto, estas escenas fueron censuradas en la España de Franco.

       El final, un tanto idílico, no olvida que es, a fin de cuentas, cine de entretenimiento. Nos quedamos sin el sargento, caído en combate, pero con un epilogo que huye del posible desenlace real que hubiera sido de muertes hasta el último de los créditos.

Contrato con Dios. Will Eisner



        Will Eisner quizás sea uno de los autores de cómic del S.XX más icónicos y más reconocible en sus obras. De familia judía, nació en Brooklyn, Nueva York, en 1917, con 19 años ya trabajaba en el mundillo de la viñeta con historietas muy buenas. Su trabajo más conocido es, sin duda alguna, “The Spirit”, un detective enmascarado, sin poderes de ningún tipo, que lucha contra el crimen en Central City. En 1988 se crearon los prestigiosos premios Eisner del cómic en su honor, algo así como los Oscars para el cine. Aunque Eisner fue mucho más, os lo aseguro, un creador nato, con una técnica y encuadre envidiable.
“Contrato con Dios” es, posiblemente, su obra más íntima. Así me lo ha parecido. De Eisner solo he leído algunas historias de The Spirit y tengo su “El cómic y el arte secuencial” desde hace unos años, que considero una obra maestra.




      Dividida en tres partes: Contrato con Dios, Ansia de vivir y La avenida Dropsie. La obra se presenta como la primera novela gráfica de la historia, aunque ese título se lo disputa con “El cuarto de Lautréamont” (1874) de Edith&Corcal, del cual tengo una pequeña referencia de hace un par de años, aunque me hicieron quitar las imágenes: https://duncandegross.blogspot.com.es/2015/04/el-cuarto-de-lautreamont.html Sería más bien, la primera de Eisner, escrita en 1978, y que le costó horrores llegar a publicar, pues nadie se atrevía arriesgarse con una obra tan personal.

       Eisner decía que había mucho de él en Contrato con Dios. Al fin y al cabo, comenzó a escribirla y dibujarla después de perder a una hija de 16 años de un cáncer. Comenzó siendo la historia de un judío que hacía un Contrato con Dios, pero que Dios incumplía al llevarse a su hija (igual que en la vida de Eisner). Este judío vivía en la avenida Dropsie de Nueva York, y poco a poco, a raíz de esa historia, se fueron uniendo otras alrededor de aquel hecho, tanto fue la cosa que Eisner acabó por narrar la vida del barrio entero, desde la llegada de los holandeses, ingleses en el siglo XIX, hasta pasar por la llegada masiva de italianos, negros y finalmente hispanos a las calles del barrio.

        La avenida Dropsie va a conocer de todo, desde asesinatos y revueltas, hasta amores verdaderos e historias de vagabundos y cantantes callejeros. Es la acumulación de unos ciento cincuenta años de historia aproximadamente, hasta los mediados de los ochenta en que el barrio, pasto de la droga, los ajustes de cuenta y las bandas, es casi un viejo recuerdo… Y posterior resurgimiento. Al fin y al cabo, Eisner asegura en uno de sus personajes que “los barrios no son los edificios, sino las personas”.

       Con una técnica impresionante, en la cual a veces elimina la escena y otras directamente la rompe, se ve perfectamente la evolución de la novela gráfica, más visual y barroca en sus comienzos, más clásica en sus episodios finales. Con encuadres cinematográficos, con personajes muy expresivos y huyendo del color en todo momento. Este “Contrato con Dios”, que llegó a concluir en 1995 con su tercera parte no es simplemente la historia de un barrio neoyorkino, es el fluir de sus habitantes, de los vecinos, sus sueños y soledades, y sus esperanzas.