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domingo, 8 de enero de 2017

La ruta del tabaco. John Ford



        He de reconocer que antes de ver “La ruta del tabaco” (1941), de John Ford, tuve que investigar un poco. Era la única del recopilatorio que tengo del director norteamericano, que no me sonaba absolutamente de nada.

        En algunas webs leí que estaba considerada una “obra menor” de Ford, de la que no se llegó a sentir orgulloso ni el guionista, Nunnally Johnson, que era el mismo que había adaptado “Las uvas de la ira”, e igualmente tanto Ford como su señora no la tenían entre sus favoritas, de hecho, la mujer de Ford llegó a decir varias veces que era la peor película de su marido.

        La verdad es que yo no diría tanto. La película está basada en una obra teatral, que al parecer, fue un exitazo en todos los teatros americanos durante La Gran Depresión, basada a su vez en una novela. La novela, al parecer, está rebosante de escenas más sensuales, y sexuales, que la película, así que habrá que ir buscándola para certificar que es cierto…

        “La ruta del tabaco” centra la historia en Georgia, cerca de Augusta. La ruta del tabaco era una carretera de 24 kilómetros, otrora una verdadera ruta de la plata, que venida a menos, lo único que tiene a su paso son casa viejas, tierras improductivas, polvo, pulgas y pobreza.

        Jeester Lester (Charley Grapewin, el viejo tío Henry de “El mago de Oz”), un viejo granjero que pasa los sesenta, y su esposa Ada, ven pasar el tiempo, muertos de hambre, en su casa destartalada de madera, y con la sombra del desahucio planeándoles. Con ellos viven dos de sus 16 o 17 hijos (ellos no recuerdan con precisión cuantos eran, y yo tampoco). “El algún lugar debo tener nietos”, reflexiona la pobre Ada, mujer sensata, pero venida a menos con los años. Sus hijos son Dude, un colérico joven al que solo le interesan las bocinas de los coches, que se tira toda la cinta dando voces y en actitud bastante agresiva, salvo cuando canta algún salmo. Y su hermana Ellie May (la requetebella Gene Tierney), que aunque sucia y en harapos, derrocha una belleza es-pec-ta-cu-lar. De hecho, tiene una escena en la que se arrastra por el suelo, pidiendo un “nabo” para comer (tienen todos más hambre que un perro chico) que sinceramente me ha dejado con el rostro torcido.

        La película roza algunas cositas en común con “Las uvas de la ira”: La pobreza del campesinado, la desesperación, el hambre, la soledad, los banqueros que se quedan con las tierras improductivas (pero que han pertenecido a generaciones enteras), pero… En este caso, Ford se toma el drama a comedia. “La ruta del tabaco” no deja de ser, al fin y al cabo, una comedia. Lo notamos en la música festiva-country de David Buttolph, muy recurrente en los diferentes gags que la familia Lester va presentando en su peculiar historia de supervivencia.


        ¿Un Ford menor?, pues a mí no me lo ha parecido. Diferente sí, claro, pero no por ello menos. De hecho, sigue existiendo, latente, la crítica social de Ford en la cinta, está muy presente, bajo tanta música y golpes disparatados. Y, claro, después de “Las uvas de la ira”, y “¡Qué verde era mi valle!”, podría considerarse un film de transición, pero sin que desmerezca ni una pizca en su interés cinematográfico.

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