Sobre gustos hay mucho escrito, pero poco editado. Maullando desde 2008... Somos el blog extremeño de entretenimiento, activo, más longevo, hasta la fecha: Con reseñas de cómics, libros, películas, series, gatos, y asuntos varios (relatos cortos y reflexiones). Con más de 4600 entradas publicadas, y 800 etiquetas de todo tipo. Bienvenid@ al Patio-Lavadero.
jueves, 22 de diciembre de 2016
El camino más largo. Riki Blanco
Creo que no es fácil hacer lo que hace Riki Blanco en "El camino más largo". La genialidad de su muestrario es indiscutible. A través del humor, con soltura, y con mucho humor, Riki nos presenta un libro de microrelatos, alguno más largo que otro, que sinceramente considero de lo mejor que he tenido el placer de ver, y leer, del género en bastante tiempo.
"El camino más largo" es pura poesía visual, es relato corto, es humor, es pensamiento y guiño al lector. Es reflexión y filosofía. Es sueño y realidad. Con diversas técnicas, que van desde el dibujo y la viñeta hasta el expresionismo más puro, es muy difícil no conectar con este trabajo, y soltar alguna carcajada. Muy recomendable.
domingo, 6 de octubre de 2013
Sol de gatos.
Es oficial. Tendremos quinto librito de relatos cortos en poco más de un mes. Su título "Sol de gatos", así que ya estáis ahorrando para haceros con un ejemplar. Debemos dar las gracias a Maria Rodrigo, en primer lugar, por su paciencia, por su magnifico trabajo en el diseño de la portada y contraportada y por sus fotografías. A Carlos Reyman Güera por su fantástico prólogo y por su interés en este proyecto. A Francisco "Fran" García Fernández por su acertadísima corrección, sus valiosos comentarios y por sus enriquecedores consejos. Y a Carol por corretear, desde el primer momento, y durante tres meses, detrás de un prologuista que no quiso serlo... Lo dicho "Sol de gatos", a la venta a mediados de noviembre. Maullidos de parte de Micho.
domingo, 13 de mayo de 2012
La Romería de Démeter.
… Micho I de Gato se
agenció una pequeña cantimplora gatuna y yo iba con mis pantalones cortos y la
camiseta del Celtic de Glasgow…sábado, 25 de junio de 2011
Los Petanqueros.

Dicen que el deporte es salud, pero muchas veces disiento de esa afirmación. Y para ello, os contaré un hecho, acaecido recientemente, en la Cidade de Badayork…
El pasado abril se disputaban las Series Mundiales de Petanca (deporte local por antonomasia) en Badayork. Las calles, engalanadas, nos recordaban la Gran Final, The Last Match, que enfrentaría al equipo local, los Badayork´s Breakers contra los Fish´N´Chips de Villabellota del Entrecejo.
El Estadio local, el Nuevo Petanquero, estaba a rebosar, con 20.000 hinchas animando, con actuaciones, en la Previa, de “Güeeja Rock” y los recientemente ganadores de un Premio Bellota Musical “Los Guadianeros Brothers” que hacían las delicias de las jóvenes quinceañeras badayorkinas, que se desmayaban (o les tiraban el refajo) ante temas como “Tu mae me robó e botijo” o “Onde jué que dihasté e pollo”…
Los F-5, de la Base de Talavera La Real (herencia de la Guerra de Vietnam) pasaban con su característico Coff-Coff de sus motores dejando tras de sí la estela verde, blanca y negra de nuestra orgullosa enseña nacional, e incluso algún Panzer de la Brigada Etremaura se dejó ver por el lugar…
El partido fue un suspiro, los Breakers arrasaron a los Fish´N´Chips en tres rápidos juegos. El jugador más joven, Josofredo Monserga Muñoz, de 69 años fue elegido Best Player del Match, por su indudable juego de caderas que hizo que se acercara más que ninguno (dos metros y medio) al boliche de referencia.
El problema vino después. Los 20.000 aficionados, enfebrecidos, invadieron el campo del Nuevo Petanquero, poniendo en pies en polvorosa a los jugadores de Villabellota del Entrecejo, y no contento con ello, los exaltados y vetustos hooligans de la Petanca, se dedicaron a quemar papeleras, contenedores de basura y a romper escaparates por toda Badayork. Casi queman media cidade, y tuvieron que venir los antidisturbios de Sevilla, que lejos de calmar los ánimos, los enaltecieron mucho más, ya que estos radicales de la Petanca, los recibieron tirándoles bolas de Petanca que ocasionaron más de una caída entre las Fuerzas del Orden, ¡Ojú mi niña!
Micho I de Gato quiso participar en la algarada alegando que era, claramente, una manifestación anarco-capitalista, y que todos los Petanqueros pertenecían, sin duda alguna, a la Escuela Austriaca de Economía...
Lo curioso fue que, de las 174 detenciones que se realizaron, el petanquero más joven detenido tenía 72 años, y que estuvimos pisando bolas de petanca una semana y media por las calles de Badayork… Tenías que ir con cuidado para no romperte la cadera en la calle… Tras estos sucesos, yo pregunto: ¿Es sano el Deporte?, ¿No debería considerarse la Petanca un deporte de riesgo?, ¿O quizás debería ser deporte olímpico como abogan algunos forofos por Badayork?... ¡¡Que Atenea nos guie!!.
P.D: Dedicado a la Contadora de Estrellas, Lissi Suarez… ;-)
martes, 8 de junio de 2010
El Principio de tu Fin.

Los gorriones revoloteaban alrededor de los pequeños charcos de agua que se habían formado, y el frescor de las plantas de la terraza, fundamentalmente enredaderas, se agradecía. La portada del periódico hablaba de victorias deportivas locales y de escándalos políticos. En mitad de mi lectura, llegó un coche azul hasta el aparcamiento cercano, creo que era un Citroën Picasso. En un principio no reparé mucho en su presencia, pero me llamó la atención que el vehículo se parara justo en medio del aparcamiento, sin tomar cualquiera de las plazas libres. Dejé el periódico encima de la mesa y pude ver como un tipo que había bajado, sin apagar el motor, daba la vuelta por detrás y abría una de las puertas laterales, la que daba justo enfrente de mí.
Del coche se bajó jovial y jocoso, un perdiguero negro azabache, que movía el rabo continuamente de un lado para otro mientras olfateaba el suelo. Entonces, el tipo del coche, que rondaría los cuarenta años, cerró la puerta y volvió al asiento del conductor. Arrancó y se perdió de mi vista.
Allí, en mitad de la nada. El perro se quedó mirando la huida ruin sin dejar de mover el rabo ni un solo instante. No creo que el animal tuviera más de dos años. Le di un sorbo a mi café, ciertamente inquieto, ya que no estaba acostumbrado a presenciar escenas tan deshumanas como la que había tenido el dudoso placer de observar. El perro estuvo a pleno sol alrededor de unos diez minutos, después se vino a buscar el refugio de la sombra entre las enredaderas de la puerta, sin dejar de mover el rabo, y sin quitarle la vista a la carretera. Es el principio de tu fin, compañero – fue realmente lo que pensé. Y me entristecí mucho ante aquella estampa de fidelidad y amor animal claramente vilipendiada y pisoteada por un cobarde. Absorto estaba en mis pensamientos cuando la voz del camarero, tras de mí, me sobresaltó: Esto pasa casi todas las semanas, comentó. Distinto coche, distinto tipo, distinto perro, misma historia… Me imagino, le respondí intentando ocultar mi rabia, mi tristeza y mi congoja, y de un sorbo me terminé el café.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
La Chica del Bar.
Le oí decir, “...Las mujeres tenéis la particularidad de enamoraros del tipo equivocado...” justo en el momento en el vertía medio sobre de azúcar refinada en el café solo. Ella le miraba de soslayo, con una lágrima heráldica de sentimientos asomada, casi sin saber que hacer, mientras se echaba el cabello hacia atrás, en un gesto de reafirmarse, de reinventarse por octava vez en lo que lleva de año.
Era una chica guapa, supongo, con unos intensos ojos marrones y unas delicadas manos que acariciaban la matutina taza de café. Yo hojeaba distraído El País, buscando la sección de cultura y espectáculos, en busca de exposiciones que solo puedo intuir desde mi destierro extremeño, y hasta mi mesa de Colón Irritable, fealdad indómita y miopía perillera llegaban retazos de su vida, como un triste y melancólico fado que anuncia el otoño.
“...De aquí ya no pasa...No pienso volver con él...”, musitó ella, y bebió, lenta y temblorosamente de aquella taza mientras la tragaperras le insistía a su inquilino temporal con estridentes luces: “¡Premio!, doble, a jugar...”, y evocaba un cañonazo pirata en el eterno rodar de la fortuna compuesta por fresas y limones, ciruelas y demás extravagancias. Este ni se inmutaba, bebía una copa de Sol y Sombra, impavido ante la suerte y el sonar cacareo de los euros en la cajetilla metálica de la máquina.
En Cultura hablaban de Mérida y de sus continuos tesoros, que florecen cada vez que alguien da una patada al suelo, como queriendo despertar de un letargo ya demasiado largo... Del expresionismo mágico, inquietante, de Bonifacio Lázaro, del olvidado pintor Manuel Rivera... Y la chica se guardaba aquella lágrima fugaz, adelantada quizás a su hora, a su tiempo, y maldecía a los hombres que habían compartido con ella vida, lecho y fortuna, a aquellos errantes callejeros que habían abusado de sus ojos, de sus manos y habían dejado su mente echa un mapa de carreteras, con sus baches y con curvas demasiado peligrosas para recorrer sola, sus puntos negros.
Le dí un último sorbo a aquel café negro, sabiendo que en menos de una hora me pasaría factura, cerré la página de Cultura, en una pausa, y al levantarme la miré por última vez hablar de sus infortunios. Miré a su compañero eventual, era un auténtico pagafantas, confesor brutal, un lobo más de la jauría, disfrazado de cordero, que se la comería en cuanto pudiera. Pobre chica, pensé, y salí por la puerta de aquel bar, con el periódico bajo el brazo y miles de miodesopsias revoloteando alrededor de mi nublada vista, como traicioneras mariposas, mientras sentía el intranquilo viento que recorre la vieja y cateta ciudad provinciana que navega, tranquila, por la inhóspita Extremadura, y, tímidamente, observé el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar...
miércoles, 26 de agosto de 2009
Bobadas
Me dice que no me cree, que me deje de decir bobadas y que vuelva con ella a casa. Bobadas, esa es la palabra. Ese no es tu sitio, me susurra, y yo la escucho, con la raíz de la duda cosquilleándome detrás de la nuca. Le digo que me lo pensaré y le cuelgo.
Vuelvo a la cocina. Me preparo un café, no sé si es el tercero o el cuarto de la tarde, y miro el lienzo, los colores en la paleta, el aceite de linóleo, los papeles de periódicos manchados con resto de óleo. La obra no me acaba de convencer. Comenzó siendo el tronco de un árbol, poco a poco le fui dando un fondo donde desarrollarse, después llegaron las ramas, algunas recias y otras delicadas, algunas hojas que me llevaron semanas enteras y un cielo infinito, contemplativo, que remata un cuadro aún inacabado.
Pienso en ella. Pienso en sus palabras mientras un sorbo de café acompaña mi mirada a través de las ventanas. Veo alejarse los autos por la calle, los viandantes que realizan sus últimas compras, parejas cogidas de la mano que se confiesan profundos sentimientos o que declaran sus más abyectos y sucios sueños.
Volver con ella a casa. ¿Acaso no estoy ya en casa?. Si esta no es mi casa, ¿porque no me siento incómodo junto a la vieja cafetera?. Me enciendo un cigarrillo y recostado en el sofá escucho la radio. Hablan de una docena de muertos en algún país de Asia. ¿Qué país?, no lo sé. Poco a poco, apuro el cigarro. Ladeo la cabeza para contemplar el lienzo. Me incorporo y cojo un pincel, remato una parte del tronco con un gris perla, tenue, no brilloso, que parece darle un toque casi mágico.
En la cocina como un sándwich mixto de jamón york y queso. Hace horas que no como. Enciendo la televisión mientras me enciendo otro cigarro. La tele tienda intenta venderme un pelador de patatas revolucionario. Decenas de testimonios avalan su fiabilidad, su uso práctico. Con el cenicero en el pecho, rematado de cenizas y colillas dobladas me quedo dormido, con la cabeza ladeada hacia ese árbol que he visto, poco a poco, crecer en el lienzo y con ella, con sus palabras, en el pensamiento.
Julio. 2.009.
“Bobadas” pertenece al grupo de relatos inconclusos que escribí este pasado Julio en cuatro servilletas de papel. Regresaba de comprar nutritiva comida para gatos del Lidl, cuando me entró unas ganas terribles de tomar un café. Nunca había entrado en ese bar, pequeño y sencillo, y desde la barra, pude oír con claridad la conversación que mantenían, (casi monologo por parte de uno de ellos), dos chicos jóvenes que tenían un cenicero casi a rebosar y cuatro tazas de café en una mesa cercana. De lo que oí, y de lo que supuse posteriormente, nació “Bobadas”… Por cierto, hoy me he levantado y me he preguntado a mi mismo en voz alta: ¿Cómo puedes ser tan puñeteramente feliz?, y Micho ha maullado cómplice…
jueves, 6 de agosto de 2009
La Sima AR-10
En quince días, dos y medio de ellos incrustado en un bajante del edificio, y el resto internado en el ala psiquiátrica del Hospital Nuestra Señora de Badayork, te da tiempo a hacer muchas coisas, aunque parezca lo contrario. Una de ellas es leer, y otra es escribir. Tanto Micho como yo, primero juntos, y después yo por separado tras mi reclusión, tuvimos tiempo para escribir algunos de esos “Relatos Inéditos”. “
Eran cerca de las seis de la mañana cuando sonó el móvil. Lo cogí casi automáticamente mientras me acababa el último sorbo de un café corto y apagaba la radio.
- ¿Ramírez?.
- Si…
- …Tienes que venir al campamento, hay algo que me gustaría que vieras, te iba a llamar anoche, pero he preferido llamarte ahora…
- Está bien, en treinta minutos estoy ahí…
Quien llamaba era mi colega y socio de investigación, Felipe Portillo. Felipe y yo llevábamos ocho meses trabajando en el yacimiento de Los Olivos II, cerca de Quintana de
Teníamos un presupuesto de un par de millones de euros, que parecía que se iba a incrementar en breve, un equipo a nuestra disposición de más de cien personas, entre investigadores y voluntarios y muchas ganas de trabajar. La llamada de Felipe solo podía significar otro hallazgo excepcional, sin duda.
En el último mes y medio localizamos varias simas y cotas, interesantes restos, procedentes de diversas etapas, con varios millones de años entre si, con ejemplares de dinosaurios únicos en la península, en Europa y casi en el mundo. Investigadores y Universidades de todo el planeta seguían nuestros avances con sumo interés.
Aparqué mi viejo Honda junto a un carrito que utilizamos para trasladar materiales. Aunque era temprano y los voluntarios no comenzaban a llegar y a trabajar hasta las siete y media de la mañana, (una manera para nosotros de evitar el agobiante calor extremeño trabajando desde temprano), me di cuenta que ya había personal en las diferentes catas que realizamos. En silencio. Entre murmullos. Unos tomaban mediciones mientras que había compañeros que tomaban fotografías de los restos que iban saliendo a la luz.
No me costó encontrar a Felipe Portillo, junto a una pequeña sima que habíamos bautizado como AR-10. Estaba de pie, con gesto serio, junto a una lona azul que ocultaba los restos de lo que habían sido dos Deinonychus de aproximadamente dos metros de alto, unos peligrosos carnívoros, autenticas maquinas de matar que vivieron en el Cretácico, hará unos 115 millones de años, y de los que, hasta ahora, solo había restos en EEUU.
- ¿Qué tenemos Felipe?.
- Lo descubrieron ayer unos voluntarios mientras limpiaban…Por supuesto ellos no saben que es lo que es, pero fue coger las primeras muestras y…Bueno, esto es desconcertante, prefiero que lo veas y te voy contando sobre la marcha…
Felipe, con gesto indeciso, retiro la loma que cubría la sima, y permaneció en silencio. Delante de mí tenía los restos de los dos dinosaurios, fácilmente identificables, con su terrible e identificable garra, la forma de su cabeza agujereada, amplias cuencas oculares y robustas patas. En un principio no noté nada extraño en todo aquel compendio de restos, pero de repente hubo algo que me llamó mucho la atención.
Entre lo que en su día había sido carne, noté pequeñas bolas herrumbrosas, algunas minúsculas, otras del tamaño de un supositorio. Inquieto y curioso me agaché. Algunas de esas bolas parecían haberse incrustado en diferentes partes del cuerpo, incluso haber quebrado en su día los fuertes huesos de los dos dinosaurios que parecían contraerse en una letal y agónica posición, extraña. Conté, de un primer vistazo, cerca de cuarenta de aquellas extrañas y herrumbrosas bolas, consumidas por el paso de millones y millones de años.
- Hay muchas más repartidas por toda la sima, muchas incrustadas en la tierra…
- Si, es curioso... Musité incorporándome, pero… ¿Qué son?, pregunté a un confuso Felipe que me miraba fijamente.
- Balas, murmuró… Son balas de sub-fusil, con varios millones de años.
Y me quedé mirándolo, atónito, mientras un escalofrío recorría mi medula espinal y todo el vello del cuerpo se me erizaba…
JULIO 2.009
jueves, 23 de abril de 2009
La Cooperativa (IV. El Desenlace Final)
Viendo que no tenía muchas ganas de conversación y que estando parado me helaba por momentos, agarré el cubo y empecé a recoger los frutos más pequeños de cada ciruelo. Arrancaba entre ocho y catorce por cada árbol, sistemáticamente, y aún así no tenía narices de alcanzar a mis compañeros ecuatorianos que avanzaban con maestría por aquellos surcos terrosos, iluminados solo por la luna y las estrellas, apenas los oía murmurar, se movían como ninjas agrícolas por aquellos arbolitos, cargando sin quejarse con aquel cubo apestoso de plástico. A eso de las siete, yo estaba por rendirme, el sol ya había salido, tímidamente, y nos daba en toda la cara, pero el frío era aún persistente, y decidí descansar diez minutos para anotar mis impresiones literarias. Me dolían las manos, las tenía magulladas, rojas y secas, y en los pies comenzaba a notar las primeras ampollas, quizás porque los zapatos de Springfield no están hechos para el campo ejtremeño. No llevaba ni cuarenta segundos garabateando sensaciones con mi pilot negro en el cuadernillo de notas cuando el ecuatoriano, volvió hasta mi, en dos movimientos, como un caballo de ajedrez, y me recriminó:
- ¿Qué haces loco?, si te ve el capataz, te bota enseguida-
- Necesito descansar. ¿Cuándo comemos aquí?. Protesté sentado desde el suelo.
- Aún faltan tres horas, venga, levanta… Si el señor le da por venir y ve que la ciruela no está entresacada nos bota a todos…-
Con esfuerzo, me incorporé, y volví a recoger, una a una aquellas malditas ciruelas, como un zombi. Pronto me sobró el abrigo y lo dejé colgado en una rama, prometiéndole volver a por él una vez finalizada la misión. En aquel momento ya no era yo. Era un zombi recoge ciruelas, que arrastraba un cubo cada vez más pesado, y que seguía a un ecuatoriano por aquellas interminables hileras de diabólicos ciruelos. Ciruelos del demonio. Llevaba casi cuatro horas allí, pero ya no me parecía tan bucolico, ni inspirador, ni tan bello, el campo ejtremeño, el mundo agrícola.
Tenía las manos agrietadas, doloridas y magulladas, la espalda dolorida y los pies infestados de ampollas y llagas. Continuaba en pie por mi particular Vía Dolorosa, esperando un milagro, un rayo divino que fulminara aquella inmensa huerta ciruelil. Entonces, el señor Calderón, con tres perdices al cinto aparecería y nos diría a todos, a los ecuatorianos, marroquíes y a mi: “Chicos, se jodió la cosecha, cuando no es la helá, es el granizo, la sequía, la lluvia o, los rayos del mismísimo Zeus. Pero no os preocupéis, que os vamos a dar trescientos euros por el trabajo realizado…”. Pero aquello era ficción y aquel rayo no acababa de caer.
Sin embargo, mi mente no dejaba de maquinar situaciones absurdas en medio de aquel campo de ciruelos psicotrópicos. En algunas de ellas, yo era el portero de
Cuando llegaron las diez paramos a desayunar. Los ecuatorianos reían y bromeaban joviales mientras comían unas tortas y se servían cafés de termo. Yo era Gollum, que observaba a La Compañía en silencio, comiendo mis Fontaneda y bebiendo agua de Los Riscos. Las manos me iban a explotar y no sentía los pies. Tenía la espalda como un interrogante y no me apetecía escribir. Entonces llegó en un pequeño todo terreno el señor Calderón. Venía con buen ánimo y comenzó a charlar y a compartir chistes con los ecuatorianos. Con esfuerzo, me incorporé y le hice una señal para que se acercara. El señor Calderón se acercó con una media sonrisa hasta mi, me puso la mano en el hombro, y le susurré cabizbajo, agotado, derrotado: “No valgo para esto.” Entonces él me dio una palmada en el hombro donde descansaba la mano y me dijo: “No pasa nada”.
- Eduardo, hazme un favor, hazte cargo de su cubo. – Le dijo a un ecuatoriano que sorbía de un vaso de plástico.
Recogimos mi abrigo, y apesadumbrado, me dirigí con el señor Calderón hasta su todo terreno. “¡¡Adiós escritor!!”, gritó alguien a mis espaldas y todo el grupo rió feliz con mi partida. El señor Calderón se giró y les sonrió la gracia cómplice. En todo el camino de vuelta no me dijo nada, se reía de las ocurrencias matutinas de los tertulianos de Onda Cero. Ni siquiera miré por la ventanilla. Solo miraba mis manos, magulladas, secas y rojas. Al llegar a la puerta de la cooperativa, abrió su cartera y me dio un billete de 20 euros y uno de 5, y con una sonrisa me dijo: “Es normal, les ocurre a muchos, vuelve cuando quieras”, y con un apretón ligero de manos me despidió. Dormí el resto de la mañana, y me desperté avanzada la tarde…
Abril de 2.009
miércoles, 22 de abril de 2009
La Cooperativa (III)
Me presenté a las cinco menos veinte de la mañana en ese mismo lugar. Hacía menos tres grados y yo me había presentado con vaqueros Carrefour de oferta (10, 90 euros), dos camisetas interiores y un jersey, mi gorrito gris con visera de Springfield (19, 95), mi abrigo blanco de entretiempo y el resto de colonia que me quedaba de Thomas Burberry. En una pequeña mochila amarilla que me había tocado con las latas del Nesquik, llevaba mis galletas Fontaneda, un bocata de atún y un litro de agua de Los Riscos. La escena era la misma que el día anterior. Dos grupos principales, uno formado por marroquíes y otro por ecuatorianos, había cinco o seis personas sueltas que pronto se juntaron y que resultaron ser peones agrícolas con cualificación venidos de los pueblos cercanos, a los cuales me uní pronto, buscando congracionarme con alguien.
- …Ya debe estar mal la cosa para que yo me presente aquí para lo que tienes que trabajar y para lo que te dan, no te merece la pena ni la gasolina… - Soltó un tipo de unos treinta y tantos que provenía de Montijo. Los demás afirmaron con la cabeza, sin sacar las manos de sus abrigos, y yo remaché con un “Ya te digo”, buscando establecer vínculos de camaderia entre el grupo.
- …Yo ya estuve el año pasado en el Jerte para la cereza, y ya la cosa estaba mal, se nota la crisis y que los capataces bajan los sueldos, es un abuso, aunque estos (y señalo con descaro a marroquíes y ecuatorianos) vendrían por dos euros la hora fijo…-, habló otro tipo de procedencia desconocida, que sólo hacía escupir a su izquierda, como para intentar fijar cada una de las palabras que pronunciaba.
Pronto se presentaron cuatro camionetas Mercedes. En una de ellas venía el Sr. Víctor Calderón, el capataz. Era un tipo que rozaba la cuarentena, y que venía vestido todo de El Corte Inglés, parecía que iba a una montería. Botas de cuero, pantalones verdes de pana, camisa de franela a cuadros, chaleco negro y boina azul de visera. Había visto a un maniquí de similares características en la tercera planta de El Corte Inglés. No me cabía duda. Le faltaba la escopeta y la jauría de perros. Rápidamente se puso a repartirnos por números en las diversas furgonetas, mientras comentaba que íbamos a la “entresacá” de la ciruela y que no peláramos mucho los ciruelos, que no se trataba de desnudarlos enteros, que eran
A mi me llamó de los últimos, iba en la última furgoneta junto a siete ecuatorianos que me miraban curiosos y agachaban la cabeza, no hablaron nada en los quince minutos de trayecto. La furgoneta dio varios tumbos en algunos momentos, se notó que cambiábamos comarcal por camino de cabras directamente, cualquiera diría que íbamos por la mitad del campo directamente.
Cuando paramos, nos dieron un cubo de plástico grande, de unos 50 kilos de capacidad, como esos que venden en algunos chinos, y nos dejaron allí, delante de hectáreas y hectáreas de ciruelos plantados en hileras, cada seis o siete uno destacaba por ser más alto que los anteriores. Hacía frío, pero el espectáculo de ver todo aquel manto de estrellas encima de tu cabeza, ya merecía la pena. El cinturón de Orión tintineaba con intensidad, y
- No. No arranques las grandes. – Musitó el ecuatoriano que se había acercado furtivamente hasta mí. – Se trata de que quites las pequeñas, para que el resto del fruto crezca más. No están maduras y estas arrancando las mejores, si te ve el capataz la tienes pinche huevón , ¿Qué no entiendes?, y no te pares a garabatear, te van a botar a la primera. – Me recriminó mirándome directamente a los ojos.
Se notaba que era un joven preocupado por el buen trabajo.
- Es que soy escritor, me viene la inspiración a todas horas. – Le contesté alegre.
- Por mi como si eres el puto Conde Duque de Olivares carajo, no chilles tan alto, y quita las pequeñas, español de los cojones.-
...CONTINUARÁ...
martes, 21 de abril de 2009
La Cooperativa (II)
Nada más entrar, el visitante se topa con una oficina a la derecha de la puerta. La nave por dentro está llena de actividad, hay todo un ejército destacado de tractores y demás vehículos agrícolas de diversa consideración y función aparcados por todo el lugar, mientras una serie de operarios, enfundados en monos azules, arreglaban unos y probaban otros, el suelo era un festival cromático de manchas de grasa, restos de paja y algunos cartones viejos, mientras que aquel techo de chapa, imitación Uralita, dejaba colarse algunos rayos del sol por algunos agujerillos de la chapa y dejaba ver su estructura adintelada, de hierro forjado, que la hacía peculiar dentro de la arquitectura agrícola civil. Esto me inspiró, por un momento, tomar notas precipitadas en mi cuaderno de notas para realizar una futura tesis que llevaría el pomposo título de “Arquitectura agrícola en el suroeste peninsular: 1.953-2.012, la utilización de los Nuevos Materiales de Construcción en los pueblos de Ejtremaura”.
La oficina estaba habitada por cuatro auxiliares administrativo, todas mujeres, de diversa edad que ni siquiera me miraron a la cara cuando entré en la oficina con un misterioso Buenos Días como tarjeta de Presentación. Sólo cuando el pestazo a Thomas Burberry inundó aquel cuchitril de portafolios y papeleos varios, se atrevieron a alzar la cabeza, como conejos en la hierba ante un posible peligro, ante mi presencia.
- Dígame.-
- Venía por lo del anuncio…-
- Bien, Cartilla del Paro y DNI por favor.-
Inmediatamente se los di, y la funcionaria agrícola tomó nota en un enorme cuaderno sin dirigirme la palabra. Comencé a abrir mi portafolio, ilusionado ante la posible reacción que podría tener en aquella mujer cuando viera toda mi titulación, trabajo de largos años de estudio en el campo de
- Bien, arreglado. No necesito nada más. Gracias. – Me dijo secamente cerrándome ella misma el portafolio con mustia indiferencia.
- Empieza usted mañana mismo, aquí a las cinco de la mañana, para la “entresacá” de la ciruela. Los pagos son semanales, se anotan las horas trabajadas. Hay un paro para comer a las diez y media de la mañana y uno para comer a las cuatro. Se sale a las seis. No olvide traer esta identificación (que era una cartulina amarilla con mi nombre, DNI y un número, el 5374), y se la presenta al capataz, el Sr. Víctor Calderón, le llevan y le traen ellos de la finca.- Comentó mecánicamente sin levantar la vista de un portafolios.
En un principio me invadieron varios sentimientos a la vez. Quería explicarle a la mujer mis diversos meritos y me sentía frustrado ante su falta de empatía, pero por otro lado, había conseguido un trabajo, en apenas dos minutos y sin necesidad de abrir la boca. Este segundo sentimiento me llevó en milésimas de segundo a la euforia, y con un gracias y una inclinación de cabeza a la japonesa salí de la oficina, y le dirigí una última mirada al salir a aquella Capilla Sixtina agrícola, iluminada por los fluorescentes de mercurio amarillentos y los tenues rayos de sol que se colaban, gráciles, por aquel cielo gris de chapa.
Al salir, exhorté un eufórico “Hasta Mañana Compañeros” a ambos grupos de hombres que seguían allí, seguramente comentando anécdotas agrícolas, con severo gesto. Yo ya era uno de ellos. Estaba feliz de serlo. Ninguno de los dos grupos hizo muchos ademanes. Los marroquíes ni se inmutaron, y los ecuatorianos se limitaron a mirarme, quizás un tanto perplejos. Al llegar a la altura del Grajo Milenario, descubrí, sorprendido, que tenía las cuatro ruedas meadas.
- Ha sido un perro. – Me indicó con el bastón un simpático viejuno que vestía rebeca y camisa grises y un pantalón de pana de dudoso planchado, mientras sus vetustos congéneres agachaban la cabeza incapaces de aguantar la risa.
- Pues debía ser grande y la vejiga a reventar. – Comenté observando que las ruedas estaban meadas a casi el metro de altura, lo cual hizo que uno de los viejunos no se aguantara más la risa y se volteara sobre su propia espalda.
Aún así, contento, como suelo estarlo cuando me entra la primera absenta de la tarde, que debe ser como un trago directo de endorfinas, me despedí de ellos con un gesto leve de cabeza y arranqué el coche, cuando metí la primera, el descojono de los viejos ya era generalizado…
...CONTINUARÁ...
lunes, 20 de abril de 2009
La Cooperativa (I)
El anuncio en el periódico ofrecía incorporación inmediata, alta en la seguridad social el tiempo que durara la campaña y cinco euros la hora de trabajo. Como estoy bastante escaso de capital metálico, opté por acercarme a dicha cooperativa que ofertaba tan buenas expectativas: Luís Núñez S.L. Sagrajas (Badayork).
Llegué con buen ánimo. Para la ocasión me había puesto mis vaqueros Pull and Bear (31, 10 euros), nuevos zapatos de Springfield (39, 95 euros) y camisa verde Dustin (29, 55 euros), llevaba colonia Thomas Burberry (29, 95 euros) y estrenaba look con un rapado al 3, obra de Carlo´s (11, 95 euros). La empresa en cuestión está situada a las afueras del pueblo. Es una enorme nave industrial, con tejado de chapa imitación uralita que se asemejaba a un gran mar pacífico, tranquilo, de aluminio, parecido al que viera Balboa desde el istmo del Panamá, pero en gris. En la enorme puerta verde, dos tractores solitarios custodiaban la puerta y varios grupos de hombres charlaban animosamente en la puerta de aquel extraño hormiguero donde entraban y salían personas de tez oscura y piel trabajada por los duros rigores del campo ejtremeño. Otro grupo de parroquianos, encasquetados en sus boinas, observaban con recelo, desde una distancia prudencial, a los diversos grupos de aspirantes a empleo que se formaban poco a poco en la puerta de dicho paraíso, envidia del Inem. Junto a este grupo de autóctonos fui a aparcar el mítico Grajo Milenario, y con aire ufano les dediqué el saludo local, “Güüüeeeee-jé”, que fue apenas respondido con miradas de sorpresas y murmullos desconcertantes.
Una vez en la puerta, donde destacaba por mi animoso brío y por mi portafolio Carrefour (5,95 euros), donde almaceno mis diversos títulos académicos, me di cuenta de que había dos grupos principales de aspirantes: Uno formado por marroquíes y un segundo por ecuatorianos. Opté por acercarme al segundo para pedir información sobre a donde tenía que dirigirme para informarme sobre el empleo, y ellos, educados, pero quizás sorprendidos ante un rival de mi talla, me indicaron que entrara sin llamar en la puerta verde donde enseguida me atenderían. Con un caballeresco gesto de cabeza, les agradecí la información y me interné en Luis Núñez S.L.



