
Aquella misma semana le regalé un librito, de los primeros, de poesía experimental, en cuya portada ponía: “Perro, perro: Grrrr, guau!, guau!”. Admirable. Ya no lo conserva porque al poco le dio por arañarlo, y ciertamente le quedó algo muy experimental. Yo me recuperaba de mis heridas en el Salón, heredadas de la porra de un policía Nacional al que no le gustó mi Performance en contra del hundimiento del Prestige (seis años tardé en reaccionar, dos semanas antes había protestado por la Guerra de Cuba), y que consistía básicamente en mi persona disfrazado de gaviota negra, encadenado a las puertas del Ayuntamiento de la decadente ciudad provinciana, mientras asía con fuerza un radio-cassete de los antiguos, que emitía una y otra vez, la canción “Escándalo” de Raphael.
Al agente de la autoridad, de gutural lenguaje y más arcaico entendimiento, aquel exceso de protesta artística le pareció improcedente y lo manifestó con sendos mandobles en mi costillar. ¿Os ha pegado alguna vez un poli con una porra?: El primer golpe duele que te cagas, pero ya con el segundo no te quieres ni levantar del suelo, y gustoso te quedarías allí retorciéndote en tu bendito dolor, en tu personal suplicio de costillas rotas, sino fuera porque acto seguido les dan por levantarte bruscamente y zarandearte…De aquello aún conservo un bonito y eterno moratón, aunque más me dolió el alma que el costillar. Desgraciadamente mi acto sólo logró una mísera columna de seis renglones en la página de sucesos del magazín o folletín local, también llamado periódico, sin foto alusiva.
En fin, volviendo al tema, que me pierdo. Michel ojeaba curioso las páginas de su librito, cuando la alarma de la sucursal bancaria saltó con un sonoro pitido, parecía que la fragata “Extremadura” se estaba hundiendo en mitad de la Avenida, y al asomarme por la ventana, lo reconocí enseguida por el tipo y el garbo que se gastaba. Michel apoyaba sus patas en el cristal, no quería perderse nada de aquella algarabía.
Se trataba de Hermes. Llevaba un pasamontañas y un extraño gorro en la cabeza, pero enseguida lo reconocí por sus zapatillas Niké, versión limitada “Alada” que valían una pasta, o al menos eso decían los púberes del barrio. En una mano un maletín lleno de pasta, 35 mil euros, y en la otra un cayado de pastor. Hermes había sido pastor en Las Vegas del Guadiana, cartero en el barrio, y trabajaba de mensajero.
Era un tipo simpático, con mucha labia y chulería, conmigo hablaba mucho, me decía: “Tú y yo no somos muy distintos, nacido bajo el signo de Orión, pero yo al contrario que tú, no voy a estar toda la vida vendiendo tornillo o esperando a que me llamen para trabajar, algún día, de profesor interino de nenes maleducados e inquieta maleta…”, y aquella buena mañana se armó de valor y atracó la Caja Postal, el solito, sin ayuda de nadie, y aún hoy lo andan buscando. Dicen las malas lenguas que ahora es comerciante, ¿Quién sabe?.
Al bajar a comprar el pan, Apolodoro, el viejuno del 1ºC comentaba con Laocoonte, presidente de nuestra comunidad, y sus solterones y apoltronados hijos el inaudito hecho:
- “Nunca imaginamos que Hermes fuera un ladrón…”. Comentaban…

















