
…En nuestras habituales correrías nocturnas por esos pubs raros que abren a partir de la medianoche, Michel y yo hemos conocido a un tipo singular. Normalmente no me dejan entrar con Michel en ciertos antros y garitos, debe ser la fama que se ha ido criando de un tiempo a esta parte. Te acercas a la puerta y el armario empotrado que vigila el local, de la misma manera que La Esfinge lo hace en nuestro rellano, te suelta atronadoramente, sin mirarte a los ojos: “Gatos No”, y claro, nosotros nos quedamos anonadados, porque los diversos carteles alusivos en las entradas hacen referencia a perros en sus derechos de admisión, pero nunca a gatos…
Michel y yo pasamos de discutir, es un claro ejemplo de racismo latente en nuestra hipócrita sociedad, no dejan entrar a Michel porque es siamés, si fuera un gato persa, ya veríamos, menuda gloria… Así acabamos en el pub de siempre, el “Roserburg”, un local tenebrista, digno de Caravaggio, lleno de silenciosos clientes de brazos y piernas tubulares, criaturas propias de Fernand Leger, que se comunican entre murmullos, con teatrales gestos y camisas arrugadas, mal planchadas, fumadores empedernidos que escuchan a un Stan Getz que les entretiene desde la ultratumba, desde aquel infierno helado al que hacía referencia Dante, el cd.
El tipo que hemos conocido se llama Dionisio. Es un personaje simpático, asiduo de bares, viejo marinero (asegura que una vez tuvo problemas con ciertos piratas somalíes) y un gran catador de vinos (conoce infinidad de bodegas nacionales y extranjeras, gran cantidad de caldos de primera), en nuestras conversaciones hemos descubierto que conocía a nuestro ex cartero, Hermes, y es como Michel un fiel lector de Paul Celan, de su poemario de supervivientes, del Bukowski de música de cañerías, del irónico Chinasky de Ham on Rye (“La Senda del Perdedor”), un admirador del tenebrismo ignorado de Artemisa Gentileschi, de la belleza exótica de Jean Harlow, del arte de Fernando Botero, de la música de The Kinks, un acólito de Auguste Comte… “…Sólo a través de la experiencia y la observación comprendes el mundo que nos rodea…”, musita a Michel mientras este bebe atento su Bloody Mary…
Dionisio conoce bien a los hombres, y a las mujeres. Se toma una copa, otra, y entre copa y copa habla y escucha, es un hábil conversador, amante de las fiestas, del alborozo, de la alegría y el jolgorio… Yo le hablo de Orión a las tres de la mañana y él nos señala las Híades en el firmamento nocturno e invernal, difusas, desde un callejón mal iluminado mientras volvemos a casa, sin un chavo en los bolsillos y con el piloto automático, artísticamente zizagueando.
Cuando enfilamos la Avenida, donde las viejas constelaciones dan paso a los relucientes y cegadores neones, a los esporádicos y furtivos coches de reguetón absurdo y estridente, con Michel en manos de Morfeo, el de ligeros labios, adivinamos una figura unos metros delante de nosotros, entretenida con unos esquivos y fuertes hilos de colores.
- “¿Quién esa chica, tan hermosa, que enreda con hilos a las tres de la mañana por el laberíntico barrio?”. – Pregunta, entusiasmado, Dionisio.
- “…Debe ser Ariadna.”, le informo bajo los efectos soporíferos de la absenta que comienza a hacer estragos en mi Colón Irritable.
- “…Mira que es hermosa… Me casaría ahora mismo con ella…”. Musita, alborozado, nuestro nuevo amigo, mientras yo me paro a que Michel, en nuestra particular Odisea de vuelta a casa, regurgite el último Bloody junto a un Seat Toledo…














