
… Desde muy joven, Tomás Polichiollo lo tuvo claro. Quería ser psicoanalista, pero no un psicoanalista cualquiera, él iba a ser un buen psicoanalista. Desde su pequeño apartamento en la Calle Morelos de Buenos Aires, junto a la Plaza de Irlanda, Tomás estudiaba y estudiaba sin parar.
Para conseguir plata, trabajaba eventualmente de lo que se le ofrecía: De repartidor de pizzas, de vendedor de seguros, repartidor de correo comercial, de camarero ocasional… Fueron años de sacrificio por parte de Tomás, apenas tenía tiempo para el ocio, su único objetivo era ahorrar, ahorrar y estudiar. Con la plata conseguida tras años de esfuerzo, montaría un Consultorio, un consultorio como nunca nadie había visto en todo Buenos Aires, ni en toda la Argentina...
Un consultorio gatuno. Tomás pensaba licenciarse como psicoanalista especializado en mentes felinas. El mundo no necesitaba otro psicoanalista más, no uno cualquiera, de esos había ya miles conduciendo autobuses urbanos, barriendo la Avenida de Aspanya cerca del puerto… ¿De esos psicoanalistas?, no, de esos no. De esos había por doquier en todos lados.
Él iba a ser un gran profesional, un original psicoanalista, un buen psicoanalista con sus objetivos bien claros y definidos… Especializado en lo que es la mente gatuna, en eso concretamente, no había ninguno. Él estudiaría, durante años, el complejo mundo social, político-económico de los gatos del todo el globo: Su origen, su historia, sus relaciones, todo con el objetivo de saber leer la mente de un gato en cuanto lo tuviera en el diván, diera igual que fuera casero, europeo, persa, Angola o siamés. La mente gatuna no tendría secretos para él.
Las viejas fortunas del país le llamarían para preguntarle porque el gato no comía, o porque había dejado sus estudios de inglés en tercero de carrera (con lo bien que iba el gato en inglés y ahora nos da un disgusto…).
Lo invitarían de todas las Universidades del país, de toda América latina, de toda Europa, y hasta de Burkina Faso, para que diera conferencias: “Etoooo, Doctor, Vos que opinás de la influencia gatuna en la Revolución Francesa…”, y él admiraría a grandes y pequeños del lugar con sus acertadas reflexiones. La plata entraría a espuertas en su cuenta bancaria. Se haría famoso, rico, y finalmente se acabaría casando con la hija de algún famoso futbolista de la selección que había probado alguna que otra droga, pero solo de pasada…
Y Tomás ahorró, poquito a poco, y su plata fue metiendo, como una hormiguita, en un banco de Buenos Aires, en la misma calle Morelos donde vivía, mientras estudiaba, y sorprendía a todos con sus estudios, con sus tesinas sobre “Gatos Racionalistas del S.XIX”, sus trabajos de investigación sobre “El gato y la siesta de doce horas, repercusiones sociales en nuestra sociedad actual”.
Finalmente, llegó el día en que consiguió su apreciada licenciatura, fruto de tanto y tanto esfuerzo. Cinco largos años, con tesis incluida sobre “La influencia del gato en la sociedad piramidal egipcia”. Fue el día más feliz de su vida, el día en que podría reclamar su plata de hormiguita y, por fin, montar su propio Consultorio de psicoanalista. Pero al llegar a la puerta de su entidad bancaria, Tomás se encontró con un gran número de personas, indignadas, que golpeaban cacerolas… Dos semanas más tarde, volaba a Aspanya, buscando un futuro mejor…
P.D. Mi primer contacto con Tomás fue el 4 de Agosto, véase “Crónicas de un Gato 1”, cuando cierto siamés abre la boca por primera vez para reclamar la autodeterminación del Patio-Lavadero, ¿Recordáis?...
Para conseguir plata, trabajaba eventualmente de lo que se le ofrecía: De repartidor de pizzas, de vendedor de seguros, repartidor de correo comercial, de camarero ocasional… Fueron años de sacrificio por parte de Tomás, apenas tenía tiempo para el ocio, su único objetivo era ahorrar, ahorrar y estudiar. Con la plata conseguida tras años de esfuerzo, montaría un Consultorio, un consultorio como nunca nadie había visto en todo Buenos Aires, ni en toda la Argentina...
Un consultorio gatuno. Tomás pensaba licenciarse como psicoanalista especializado en mentes felinas. El mundo no necesitaba otro psicoanalista más, no uno cualquiera, de esos había ya miles conduciendo autobuses urbanos, barriendo la Avenida de Aspanya cerca del puerto… ¿De esos psicoanalistas?, no, de esos no. De esos había por doquier en todos lados.
Él iba a ser un gran profesional, un original psicoanalista, un buen psicoanalista con sus objetivos bien claros y definidos… Especializado en lo que es la mente gatuna, en eso concretamente, no había ninguno. Él estudiaría, durante años, el complejo mundo social, político-económico de los gatos del todo el globo: Su origen, su historia, sus relaciones, todo con el objetivo de saber leer la mente de un gato en cuanto lo tuviera en el diván, diera igual que fuera casero, europeo, persa, Angola o siamés. La mente gatuna no tendría secretos para él.
Las viejas fortunas del país le llamarían para preguntarle porque el gato no comía, o porque había dejado sus estudios de inglés en tercero de carrera (con lo bien que iba el gato en inglés y ahora nos da un disgusto…).
Lo invitarían de todas las Universidades del país, de toda América latina, de toda Europa, y hasta de Burkina Faso, para que diera conferencias: “Etoooo, Doctor, Vos que opinás de la influencia gatuna en la Revolución Francesa…”, y él admiraría a grandes y pequeños del lugar con sus acertadas reflexiones. La plata entraría a espuertas en su cuenta bancaria. Se haría famoso, rico, y finalmente se acabaría casando con la hija de algún famoso futbolista de la selección que había probado alguna que otra droga, pero solo de pasada…
Y Tomás ahorró, poquito a poco, y su plata fue metiendo, como una hormiguita, en un banco de Buenos Aires, en la misma calle Morelos donde vivía, mientras estudiaba, y sorprendía a todos con sus estudios, con sus tesinas sobre “Gatos Racionalistas del S.XIX”, sus trabajos de investigación sobre “El gato y la siesta de doce horas, repercusiones sociales en nuestra sociedad actual”.
Finalmente, llegó el día en que consiguió su apreciada licenciatura, fruto de tanto y tanto esfuerzo. Cinco largos años, con tesis incluida sobre “La influencia del gato en la sociedad piramidal egipcia”. Fue el día más feliz de su vida, el día en que podría reclamar su plata de hormiguita y, por fin, montar su propio Consultorio de psicoanalista. Pero al llegar a la puerta de su entidad bancaria, Tomás se encontró con un gran número de personas, indignadas, que golpeaban cacerolas… Dos semanas más tarde, volaba a Aspanya, buscando un futuro mejor…
P.D. Mi primer contacto con Tomás fue el 4 de Agosto, véase “Crónicas de un Gato 1”, cuando cierto siamés abre la boca por primera vez para reclamar la autodeterminación del Patio-Lavadero, ¿Recordáis?...



















