Lo malo de “Un amigo
extraordinario” (2019) es que me pilla siendo español, y tan joven (y eso que
voy a por los cincuenta) que no había oído hablar de Fred Rogers hasta que no
he visto la película. Un tipo interesante este Fred, que estuvo en antena con
un programa infantil un buen porrón de años. Era un tipo cándido y tranquilo,
con una sonrisa perenne, y que se ganaba con facilidad a la gente con la paz
interior que irradiaba. Fue marionetista, pastor presbiteriano, pedagogo… Y al
periodista Lloyd Voigel, en la película, el tipo no le cae bien, porque cree
que todo es un montaje.
Pero Lloyd va
conociendo a Fred, poco a poco, y se siente abrumado, y superado por la
personalidad de Fred, obligándolo a enfrentarse a problemas graves que tiene en
su propia vida, que le obligan a derrumbarse ante todo lo que le supera.
“Un amigo extraordinario”
es como se hicieran un biopic, una película de Espinete en España, que nos
encandiló a muchos críos hace cuarenta años. Yo me pierdo porque creo que no
abarco la importancia cultural yanqui de Fred Rogers. Me pierdo en el
significado de sus muñecos, de sus mundos y de sus canciones, y más cuando la
cinta dura dos horas casi…
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