Sobre gustos hay mucho escrito, pero poco editado.
Maullando desde 2008...
Somos el blog extremeño de entretenimiento, activo, más longevo, hasta la fecha: Con reseñas de cómics, libros, películas, series, gatos, y asuntos varios (relatos cortos y reflexiones). Con más de 4600 entradas publicadas, y 800 etiquetas de todo tipo. Bienvenid@ al Patio-Lavadero.
He decidido ordenar un poco mis papeles y pasar algunos a limpio, ya que tengo desde pequeñas anotaciones para futuros relatos hasta poemas en servilletas de papel, dibujos a lápiz poco nítidos, etc. Y entre toda la marea que cubre las estanterías han aparecido estas frases que conservaba del Curso de Formador Ocupacional, algunas me han parecido graciosas, o al menos curiosas, y no hay como compartir una sonrisa…
¿Qué tuvo que estudiar “He-Man” para tener el Master del Universo?.
Un parto en la calle, ¿Es alumbrado público?.
·¿Por qué apretamos más fuertes los botones del mando a distancia cuando tiene pocas pilas?.
·El mundo es redondo y le llamamos planeta. Si fuese plano, ¿lo llamaríamos redondeta?.
·¿Por qué cuando en el coche no vemos algo apagamos la radio? (yo tengo la costumbre, desde hace ya 18 añitos de apagar la radio cuando voy a aparcar).
·Si un abogado enloquece, ¿Pierde el juicio?.
·¿Qué tiempo verbal es “no debería haber pasado”?, ¿Preservativo imperfecto?.
·Cuando una mujer está en cinta, ¿También está en Compact?.
·¿Qué cuentan las ovejas para poder dormir?.
·¿Por qué las ciruelas verdes son rojas cuando están verdes?.
·¿Dónde está la otra mitad del Medio Oriente?.
·¿Por qué se utilizan agujas esterilizadas para administrar una inyección letal?.
·¿Qué se debe hacer si uno ve un animal en peligro de extinción comiendo una planta en peligro de extinción?.
·¿Por qué cuando llueve levantamos los hombros?, ¿Acaso nos mojamos menos?.
Acepté la invitación de la chica del yorkshire casi un mes después, y tras una ducha que borrara los efluvios y reminiscencias de la noche anterior, salpicada por varios Dycs y chupitos de absenta con Dionisio y Ariadna, bajé al 4ºB, al pequeño pero coqueto apartamento de Áurea a las cinco y media de la tarde. Llevaba un polo azul con el emblema del Ala-23, unos pantalones de Carrefour (7,95 euros) y mis desgastados zapatos de Springfield (39,95 euros en su día). Me había levantado a las dos y media más o menos y me almorcé media pizza precocinada mientras veía las noticias. Chávez no había mentido, al parecer, había nacionalizado una filial de un banco aspanyol. También dijeron que un tipo había intentado, o violado, a una cajera del barrio, pero no me enteré muy bien…
La tarde se pasó tranquila. Áurea escuchaba con atención, o al menos intentaba ser educada, toda mi verborrea sobre Schopenhauer y como me había influido su filosofía sobre la tragedia de la vida, así como la tragedia final de la obra de arte, en mi demacrada existencia de vida nocturna, arte neofauvista, gatos, conciertos de jazz en el Roseburg y audiciones de Terence Blanchard, resacas de absentas y visitas, cada vez más continuas a comedores sociales, o a talleres de escultores, le hablé de Fineo y de Pigmalión y de mi infructuosa búsqueda de trabajo, de cómo conocí a Orfeo y Euridice en la cola del paro, de la perdida de Michel y mi último encuentro gatuno con Missi en el Motel de Las Vegas (Las Vegas del Guadiana), de cómo esquivo a Laocoonte, el Presidente de nuestra Comunidad de Vecinos al que debo varias mensualidades y de Amparo, la Esfinge del rellano, la cual, al parecer, pasa mucho de Áurea...
Bodegón, el yorshire enano no me quitaba ojo de encima, y de vez en cuando movía la cabeza y emitía un extraño gruñido, casi en morse, que era rápidamente calmado con una caricia en la testa rematada por un lacito rojo del susodicho can, por parte de su ama. Vestía un modelito de Stradivarius (55,90 euros), que combinaba pantalón grisáceo y camiseta a juego, algo muy sencillo, pero elegante, y remataba con unos zapatos negros de origen y precio indeterminado...
La verdad es que hacía tiempo que una chica no me escuchaba. Áurea, educadamente me había servido un café y unas pastas sin azúcar, pero con fructosa, que tenían un cierto sabor a naranja, o al menos eso me pareció. Apenas interrumpía mis pensamientos que atropelladamente regurgitaba, no sé si porque pensaba que estaba loco de remate o porque realmente le interesaba lo que le estaba contando. Su cara, de vez en cuando esbozaba una sonrisa sincera, y en otras ocasiones, sobre todo cuando le detallé mi intención de construir una Iglesia Románica en un cercano descampado, mostraba un esbozo de admiración e incredulidad.
Para mí, la tarde del domingo fue una verdadera terapia. Verdaderamente lo fue. Quizás le estaba contando demasiadas intimidades a una vecina con la que hasta hace apenas un par de meses, no me llevaba muy bien, y a la cual no conocía mucho. Pero pensé: “¡Qué Carajo, Duncan!, si eres capaz de atarte en bolas a las columnas del Ayuntamiento para protestar por La Guerra de Cuba (que fue hace ciento y pico de años), de manera artística, ¿Qué más te da contarle tu vida a una chica que no conoces de nada?, el que no tiene nada, no tiene nada que perder…”. No es lo mismo explayarte con mi confidente, la Gran Diosa Atenea, que al fin y al cabo no deja de ser una deidad inmortal, con la que vas a bodas y tomas café de vez en cuando, que con una humana tan mortal como tú.
Prometiendo que repetiríamos experiencia, Áurea se despidió de mí en el rellano de su apartamento. Yo le dije que encantado la invitaría a un café, (aunque tendría que inventarme una excusa para que dicho café no sea en casa, o pensará que tengo el Síndrome de Diógenes y cierto Horror Vacui resumido en varios cientos de libros, periódicos, revistas y recortes y escritos repartidos por toda la vivienda), mientras Bodegón desde la puerta entreabierta me dedicaba un gruñido final y una mirada de: “Te tengo calado perdedor”, pero a mí me daba igual. Tenía media pizza precocinada aún para cenar.
Eran las seis de la mañana cuando sonó el teléfono por primera vez. Hacía un par de meses con no sonaba, y menos de esa manera tan insistente. Con la resaca que tenía encima, el metálico sonido me parecía parte de un sueño pesado. A esas horas, con el fuerte dolor de cabeza, mareos y arcadas, que te provoca la absenta, pensaba que la cama caía al vacío desde el infinito de las estrellas, aunque instantes antes estaba convencido de que era Peter Sellers en “¿Teléfono Rojo?, Volamos hacia Moscú”.
La segunda vez que sonó eran las ocho y media de la mañana. Bastante ciego, opté por incorporarme. La habitación se encogía y ensanchaba a su gusto, pero ya estoy acostumbrado, desde hace años a esas sensaciones. Si logras mantenerte erguido, aunque solo sea por un par de segundos, logras ver entre brumas “El Carnaval de Arlequín” de Joan Miró que se desarrolla ante ti como un espectáculo inaudito en la estrechez de la habitación mientras te envuelve “La Danza Macabra” de Saint Saens y un hilo de baba asoma por tus comisuras.
Ataviado con una vieja camiseta de “Galiza Calidade” que utilizo para dormir y sin calzoncillos, lo único que puedes exclamar ante dicha aparición es: ¡¡Bello, Magnifico!!, pero te arriesgas a que los efectos secundarios del hada verde, te taladren la mente con fuertes y súbitos dolores y que se te olviden palabras que antes usabas habitualmente…
No sin esfuerzo, tambaleándome por un pasillo que se me antojaba oblicuo y a ratos menguante, llegué hasta el dichoso e insistente aparato, y torpemente descolgué. Sin decir palabra me lo lleve a la oreja en espera de información:
-¿Compañero Michel?, ¿Cómo estás compañero Michel IV de Gato?, ¿Aló?, dijo una característica voz, con un fuerte acento latino.
-¿Quién es?, musite mientras se me caía un poco de saliva en la camiseta.
-¿Aló?, aquí el compañero Chávez, el compañero Hugo Chávez, Presidente de la Republica Bolivariana de Venezuela, ¿Esta disponible el compañero Michel IV de Gato?, le hablo en riguroso directo desde mi programa “Aló Presidente”...
… Y como pude, le explique la perdida de nuestro compañero y amigo. Chávez, al otro lado de la línea enmudeció:
“La Revolución ha perdido un gran ideólogo, una base necesaria y apreciada…”, tronó, “… Pero nunca olvidaremos al compañero Michel, y sus ideales revolucionarios de paz democrática entre los pueblos del mundo…¿Lo saben los compañeros Fidel y Evo?.”, me preguntó. “Ni idea Compañero Presidente”, le contesté llevándome la mano a las sienes que me explotaban con el solo fluir de la sangre por ellas. “…Malas noticias son las que recibo, carajo, últimamente he estado muy ocupado nacionalizando bancos españoles y habíamos perdido contacto con el compañero Michel, pero su perdida no será vana, siempre estará en nuestros corazones y en nuestras revolucionarias mentes como hito de la libertad y de la amistad y enemigo de la estúpida disidencia, que sólo sabe comer, sumisa, de la mano del Imperialismo Yanqui…”.
Y así continuó durante dos horas y media más o menos, pero yo ya no le escuchaba, ni siquiera lo oía… Volvía a los brazos de Morfeo, que no paraba de susurrarme coisas al oído, tirado en el suelo con la boca abierta, junto al teléfono descolgado, mientras que en la hermana Venezuela la multitud aplaudía a rabiar las palabras de Chávez dedicadas a la memoria de Michel IV de Gato que debía estar observando desde alguna estrella no muy lejana…
El chico nos había salido rebelde, y yo me sentía muy defraudado con él. Se pasaba las horas observando las lagartijas del viejo descampado que teníamos tras el edificio, donde se juntaban algunos chicos más. Los hermanos Ruiz, que fumaban porros noche si y noche también mientras escuchaban un estridente heavy junto al Opel Corsa de la madre de ambos. Las niñas que jugaban a la comba y a las muñecas entre rastrojos, y después los ocho o nueve crios que componían la comunidad vecinal. Estaba Esteban Ochoa, hijo de un Guardia Civil muerto en un atentado, ligeramente estrábico y poco hablador, y a los demás no los recuerdo, al menos no sus nombres. Pero todos, del primero al último, eran unos auténticos hijos de puta en potencia, hábiles tiradores de piedra, nada tenían que envidiar a palestinos y libaneses en los años ochenta.
Se pasaban el día correteando de aquí para allá, abriéndose la cabeza con piteras de diversa consideración, cuando no era en el colegio, era en el callejón de la vuelta. Aquello era una locura total de madres que discutían a la italiana, amenazaban a los demás crios con el brazo en alto mientras con el otro sujetaban por las muñecas al propio, que no solía librarse de una zurra contundente. Los domingos íbamos a misa, pero servia de poco.
La misa de los domingos era a las once. Yo no solía ir. Alguna vez si, pero la mayoría de las veces no. Los esperaba, a mi mujer y al rebelde de mi hijo, asomado en la ventana de aquel segundo piso, fumándome un cigarro. Cuando pasaba un capataz del barrio, le preguntaba si había trabajo para mí, de lo que fuera. Descargando camiones, acarreando ladrillos en alguna obra, me daba igual.
Mi mujer le rezaba a una estampa de Santa Gema que teníamos en un pequeño espejo de la habitación. En cuarenta años Santa Gema no se inmutó ante sus ruegos, ante aquellos rezos monótonos a los que la tenia acostumbrada mi mujer. Mi pobre mujer, que a pesar de todo, siempre soñaba con un futuro mejor, y se conformaba con lo poco o mucho que había.
Sin duda, Santa Gema no era nadie al lado de mi mujer, pero a ella no le rezaba nadie. A pesar de buscar, con ahínco, el bien en aquel mar de decadencia y locura, rara vez lo encontraba, pero tampoco perdía la fe.
Así pues, el chico nos salió rebelde. Una calamidad. Una noche, nos dijo, a su madre y a mí, que quería estudiar lagartijas, que quería comprender a las serpientesy saber más de las tortugas. Aquello era una mala noticia y mi primera reacción fue dar las Buenas Noches y meterme en la cama, esperando que no fuera más que una triste pesadilla y que el nene nos dijera lo que yo quería realmente oír: Quiero ser Albañil, y que se tatuara en el brazo algún escudo de fútbol o la foto de la cabra de la Legión.
Pero la mañana llegó y el niño estaba más decidido que nunca. Tremenda la monté cuando la madre se gastó esa misma semana lo poco que nos quedaba en un magnifico libro ilustrado sobre reptiles. Tres días tardo en leérselo, y al cabo de tres semanas ya lo había prácticamente memorizado.
Mientras sus compis de patio crecían y se iban metiendo en la droga, en la heroína concretamente, él, que nos había salido rebelde, se bebía libros enteros de Zoología, de todo tipo de bicheria.
Su madre falleció, con la postal de Santa Gema en la mano una mañana de abril, dos meses antes de que el niño, años después de leerse aquel libro, acabara Biología. Entonces comprendí que quizás aquella Santa había tenido algo que ver. Mi mujer murió en paz, con ella misma, y con todos los que la rodeaban.
Pocos años después, mi hijo se sacó Veterinaria, y empezó a ejercer, de biólogo y de veterinario, y comenzó a dar conferencias en universidades y a dar clases, y en mi lecho de muerte, ubicado en un atestado Hospital Provincial, cuando se acercó a mi, y me preguntó si estaba orgulloso de él, le dije la verdad: No hijo, yo quería que hubieras sido Albañil.
P.D: "Lagartijas" forma parte de los cincuenta o sesenta "Microrelatos Ineditos" que tengo por ahí, en carpetas y estanterias que habrá que ordenar algún día (fundamentalmente porque ya se me viene todo encima), y que está dentro de lo que mis recientes críticos llaman "Realismo Sucio Ej-tremeñu" o "Pasotismo Ilustrado". Cuando vaya encontrando algo que merece la pena, lo pondré por aquí. Bloodys y Absentas.
Conocí a Missi en Las Vegas (Las Vegas del Guadiana). En un motel de carretera en algún punto entre Gévora y Montijo. Era la una y media de la madrugada, y me dio por conducir sin rumbo aparente. En el coche, desde un viejo Cd que funciona aún de milagro, Don Cherry y Martin Blanes me hablaban de brumas, de los ritmos solitarios de un jazz que no me canso de oír…
Estacioné en el parking delantero del motel, junto a otros vehículos, saqué mi petaca de absenta (ya sé que es una imprudencia, pero necesitaba un sorbito) y me quedé hierático, apoyado en el capo del Grajo Milenario (mi habitual vehiculo) observando, hipnótico, mi constelación, Orión, mientras echaba un trago (pequeñito).
-Son hermosas, ¿Verdad?.
-Lo son, contesté casi mecánicamente.
Observé a mi acompañante. Era una gata negra, no muy mayor, de un precioso pelaje y unos enormes ojos amarillos-verdosos que me miraba, curiosa, desde el soportal del motel.
-Los hombres no suelen venir por aquí a contemplar estrellas… Ronroneó acercándose a mí.
-Me imagino, le contesté con una media sonrisa.
-Me llamo Missi, susurró.
-Duncan. Duncan de Gross, le contesté con una media reverencia que la hizo guiñarme un ojo.
Missi me habló de ella, necesitaba que alguien la escuchase bajo aquel esplendido cielo. De sus ocho meses de existencia y la dura vida en el motel. Rodeada de gatos chulos e ignorantes que te meten una paliza porqué si. Ella hubiera ansiado otra vida mejor, quizás en la Gran Ciudad cateta y provinciana, donde hay más oportunidades para una gata guapa e inteligente. Pero no veía salida en aquella carretera comarcal, además, estaba preñada, esperaba gatitos para finales de marzo y no sabía como iba a poder tirar p´alante con aquella responsabilidad, era demasiado joven…
La animé. Era aún una gata joven y podía hacer realidad sus sueños, todos los gatos tienen un sueño, una misión en la vida. Después de aquello la invité a pasar unos días en casa. Estuvo diez días exactos conmigo, viviendo en el Patio-Lavadero, compartiendo anécdotas, copas, sueños, historias de un nostálgico pasado y esperanzas para un futuro incierto. Una mañana me pidió que la acercara de nuevo al motel de carretera. No pregunté. Missi es una gata joven, pero madura.
-Eres un buen tipo Duncan. Nadie se había portado jamás así conmigo. He sabido que es tener un amigo, una familia, por al menos diez días. Me he sentido querida. Tienes un camino que conduce a una estrella, no lo olvides.
Se dio media vuelta y se marchó. Mientras se iba, elegante, con su hermosa cola de negro y brillante pelaje erguida, le prometí volver y girándome, para que no me viera llorar, me dirigí al coche…
…Es una de las cajeras del Supermercado. A veces me quedo mirándola. Pelirroja, de mejillas sonrojadas, y ojos claros, me parece guapa. Tiene gracia y salero y por las miradas masculinas que, en ocasiones, intercepto, hay más de uno que se deshace por ella. Es la típica chica inquieta que habla por los codos mientras va pasando los productos por el láser de la caja, creo que casi nadie la escucha, y los que lo hacen, no suelen darle mucha credibilidad, pero no le quitan ojo a su llamativa hermosura:
-…Yo a ti te conozco, me dice mascando chicle, con un halo de misterio… Eres Duncan de Gross, te he visto un par de veces con Apolo, ¿Es amigo tuyo?.
-No, es uno de mis compañeros de Tiro con Arco… - Musito metiendo las tres cajas de leche de marca blanca en la bolsa de plástico que me ofrece.
-…Aham, bien, porque es un engreído, yo estuve a punto de salir con él hace un tiempo, menos mal que no lo hice… - Sonríe picaronamente.
Yo le devuelvo una forzada media sonrisa, lo que implica un muestrario de empastes dentales.
-¿Sabes que sé predecir el futuro?, leo las manos, y a veces tengo visiones… -
-Estoy convencido de ello. – Le digo muy serio, las guapas suelen estar como cabras, mentalmente hablando, pienso mientras añado a las bolsas un zumo y media barra de pan.
-…Si quieres te puedo hacer una predicción respecto a tu futuro. Sugiere provocativa, lo cual me pone nervioso, ya que no estoy muy acostumbrado a que una chica me dedique esos tonos de voz, para mi harto sospechoso…
-No, gracias, no tengo tiempo, mi Gran Diosa Atenea, nacida de la mismísima cabeza del divino Zeus, enemiga acérrima del paracetamol y del sistema educativo aspanyol, me espera para tomar café… He soltado mientras leía el lema, impreso en cartulina ocre, de su abultada camisa habitada por dos, aparentemente, sugerentes pechos: …Casandra…
-¿Vas a estar perdiendo mucho el tiempo, hermosa Casandra?, ha protestado un joven que iba tras de mi en la cola.
-¡Calla Télefo, que eres un pesado y un maleducado, que Atenea te confunda!, le ha contestado la joven Casandra mientras me daba el cambio de mi compra…
-…Yo, a veces, tengo una pesadilla horrible… Sueño que me arrancan brutal ydespiadadamente de los brazos de una fría Atenea… Ha murmurado ausente…
-Seguramente sólo es un sueño, he contestado, despidiéndome con un leve gesto…
Ayer mientras entrenaba en el Pabellón de Deportes, un chico rebotado del gimnasio, me pidió si podía acceder a la Sala para ver mis aciertos y desaciertos con el arco a 18 metros. Mi objetivo era hacer agrupamientos dentro de una tosca pegatina roja, del tamaño de un cd, que tenemos para tales fines. Al cabo de tres o cuatro minutos pareció aburrirse.
-No se que le veis al Tiro con Arco, me comentó sorprendido, es facilísimo, aciertas todas.
Sorprendido, le replique: El Tiro con Arco es, quizás, uno de los deportes más difíciles que existen. Juega en ello la concentración, la fuerza, la técnica, la respiración, el material utilizado y mil factores más que el arquero debe tener en cuenta. Quizás te resulte sencillo al observarlo, pero no hay nada más complicado que acertar el blanco. Tensar, inspirar, llevarte la cuerda hasta la barbilla, sentir la cuerda en tus labios y oír el clicker que te avisa que la flecha está presta a ser soltada, mientras tu mano se desliza hasta tu nuca en la suelta… Atrapar y conseguir esa mecánica, y encima acertar, es cosa de años y años de entrenamiento constante, de más frustraciones que éxitos. Interviene el físico, tus hombros, tus brazos, los músculos de tu espalda, pero también tu mente que busca la perfección, la armonía de tus movimientos… Ahora me ves acertar, el último domingo, en competición, mi mente no estaba centrada, y mi tirada fue vergonzosa, digna de olvidar… El Tiro con Arco te enseña a superarte, no sólo en el deporte, sino también el la vida, es un pensamiento, quizás, (igual que mi amor por los gatos) demasiado oriental…
Aún así, no muy convencido, se despidió de mí educadamente y me deseó mucha suerte con mi entrenamiento y mis futuras competiciones...
Por mi parte, volví a la línea de tiro. Cargué el arco, respiré, tensé la cuerda, solté, y la flecha se fue fuera…
... La canción original era de un grupo de los ochenta, Talk Talk, pero fueron los No Doubt (que en paz descansen) los que la rescataron hace unos años, la maquillaron un poco y la relanzaron. Esta mañana, la versión que sonaba en la radio nada más despertar era la de los Talk Talk, pero a mi el video de Gwen me parece más visual que el de los Talk, que no se curraron mucho los dos videos que sacaron para la canción.
Eran tiempos en los que triunfaban los documentales de La 2 y lo único que sacaban eran animalitos salvajes, y yo como en tiempo estuve bastante enamorado de Gwen, platónicamente hablando, pues he elegido su video para comenzar la semana con buen pie...
…Hoy esperaba el autobús, a las 9,40 de la mañana, en la parada que tengo enfrente de casa, para ir al centro de la ciudad a darme una vuelta a ver si me despejaba. Al salir del edificio, Amparo, la Esfinge del Rellano, me ha propuesto un sencillo enigma, cuya respuesta era “Obama” y allí la he dejado, con sus pechos fuera, esperando a otro incauto vecino de la Comunidad, quizás a algún hijo de Laocoonte, el Presidente de la Comunidad de Vecinos, para aplicarle una llave estomacal en caso de fallar en alguna de sus misteriosas preguntas…
Desde detrás de la esquina de la primera bocacalle a la derecha, ha aparecido Sísifo arrastrando su enorme maletón, pasito a pasito, con sus Panama Jack (69, 55 en El Corte Inglés), y pantalones y camisa larga de Springfield (unos 120 euros todo el conjunto, zapatos incluidos), supongo que esperaba el enigmático autobús número 11 que le lleva como todos los días a un destino incierto... Puntual, tétrico como una carroza imaginada por Tim Burton, ha aparecido el número 11, cuyo conductor se ha ofrecido a ayudar a Sísifo, el cual con un jadeo le ha rechazado y él solito ha metido el maletón, envidia del Baúl de la Piqué, en el bus que raudo se ha puesto en camino.
- ¿Tienes fuego?, me ha preguntado una voz masculina.
Me he girado hacia mi interlocutor, y ha resultado ser un joven de mediana edad, de estilo un tanto indefinido, camiseta doble y pantalones vaqueros, zapatos de origen desconocido.
- No fumo, lo siento. He contestado cortésmente.
- Y haces bien…, me ha dicho el joven con una media sonrisa, …No sabes la cantidad de problemas que el fuego puede dar. Una vez, por tomarle prestado un poquito de lumbre a un tipo y a su aguilucho, casi pierdo para siempre el hígado…Menos mal que pasaba por allí Heracles… Ha proseguido el misterioso joven.
- Conozco a Heracles, he contestado, fue mi monitor de gimnasio una temporada.
- Uff, si, lo creo, pero seguro que no duraría mucho, es un culo inquieto, siempre está haciendo trabajitos: Limpia cuadras, se va a la recogida de la manzana a la finca de las Hermanas Hespérides en las Vegas del Guadiana, hace de todo el tipo…Oye, pues si conoces a Heracles, quizás conozcas a mi hermano, también va al gimnasio con su mujer… Ha reflexionado.
- Ni idea, he contestado.- …Si hombre, si, morenito él, y ella, mi cuñada, parece como si estuviera hecha de arcilla, él se llama Epimeteo y ella Pandora. Precisamente ahora voy a su casa porque a la mujer le ha dado por abrir un ánfora antigua que tenían en casa y la han liado parda…
- ¿Y eso?.- Pues porque el Gran Zeus había encerrado en ese ánfora a todos los triunfitos y personajes de los Realitys-Shows habidos hasta la fecha, y ella, curiosa, la ha abierto, y la ciudad entera se ha llenado de Gran Hermano, Operación Triunfo y todos esos seres…
- Que horror, he gritado.- Si, y que lo digas, sólo Soraya se ha quedado en el ánfora.
- Uff, esa se salva (por ahora), pero si que es grave el asunto, he contestado consternado ante la noticia.
- Por cierto, ¿Tú como te llamas?. Para decírselo a Heracles que te he conocido…
…De los dos, mi preferido siempre fue Terence Hill (Mario Girotti). La crítica siempre dijo que sus películas del Oeste eran malas, chabacanas y sin mucho hilo argumental: Bofetadas a diestro y siniestro y mucho malabarismo de revolver (es cierto hasta en media docena de casos, hay que reconocerlo), pero yo siempre pensaba: “Que carajo, en el oeste, lleno de desdentados analfabetos (nadie tenía una sonrisa Vitaldent en el S.XIX, os lo aseguro) con una esperanza de vida de 35 años y una incultura que podría mascarse, estos dos bien daban la talla frente a las impolutas camisas limpias y los perfectos peinados de los clásicos westenrs…Sabemos que los vaqueros y pistoleros eran los tipos más cochambrosos y guarretes desde Isabel La Católica, y bastante violentos, y ellos así los caracterizaban…”.
De todas sus pelis, para mi un verdadero hito del cine, junto a su fabulosa banda sonora, digan lo que digan, es “Le Llamaban Trinidad”, donde estrena por primera vez su papel de pillo astuto, y su alias “La mano derecha del diablo”. La historia de un pistolero legendario, bastante sucio y sudoroso y de su hermano (Bud Spencer, por cierto, Campeón Mundial de Natación y tres veces Olímpico) con el que tiene sus más y sus menos, dos busca vidas en el peligroso Oeste. Fue todo un éxito y quedó demostrado que los europeos podían hacer buenas pelis del oeste, vendibles y entretenidas. Como curiosidad os diré que Terence rara vez utilizaba trucos a la hora de desenfundar, no solía haber trucos de cámara, era así de rápido y lo demostró en diversos Shows televisivos en los años setenta.
Terence Hill, aún a sus 70 añitos sigue en el tajo, trabajando en la Serie Italiana Don Mateo en la que hace de un viejo cura metido a detective colaborador de la policía, y prepara una última película del oeste antes de su retirada definitiva, será su peculiar “Adiós Amigos” para todos aquellos, a los que, a pesar de la crítica, nos gustaba ver las pelis de Terence Hill…
P.D: Os pongo el trailer de “Le Llamaban Trinidad”, en English…
Hacia un par de semanas que no veía a Dionisio, viejo marinero y experto catador de vinos. Anoche lo vi. Estaba apoyado en la barra del Roseburg, pero no estaba solo, le acompañaba una chica que me resultaba familiar pero que no sabía ubicar. Su rostro y su figura me resultaban cercanos.
El Roseburg tenía concierto, un desconocido grupo de jazz, al parecer local. Los tipos no eran malos, pero los presentes, envueltos en la bruma de cigarros y bombillas de 25 watios que ambientan el pub tenebristamente, no parecían apreciar los ritmos de la batería, la dulce voz de la chica que fijaba su mirada en el infinito mientras musitaba “Sweet home, lonely man…” y el saxo que te hablaba de calles desiertas y luces de neón…
A mi me vino bien despejarme un rato, sentarme al final de la barra en un tosco taburete, que hacía las veces de torre albarrana y beber un par de cervezas mientras con el rabillo del ojo espiaba sin pudor a la pareja de la barra. Le quitaba las etiquetas a los botellines descuidadamente y de vez en cuando alzaba la mirada para observar a los nuevos clientes que, a cuenta gotas, entraban en aquel garito nocturno, isla de taciturnos, que dejaban entrar con ellos una bocanada de aire gélido, invernal, que comenzaba a arropar la noche…
Dionisio no quitaba ojo a su acompañante, parecía estar de oreja, ella gesticulaba, sus ojos brillantes subían y bajaban, sus manos parecían dibujar imágenes en el espacio, por mucho que miraba sus labios, no conseguía pillar palabra y al levantar la vista por encima de su hombro, Dionisio reparó en mi presencia. Me saludó con un enérgico gesto, ella se volvió hacia mi, como si hubiera salido de un extraño sopor y se me quedo mirando pensativa, inmediatamente Dionisio me hizo un segundo gesto para que me acercara a ellos.
Entonces la reconocí, la chica era Ariadna, la loca que llenaba de hilos toda la avenida y calles adyacentes, según ella para que su novio pudiera salir del barrio, cliente de Aracne la modista. Cogí el botellín de cerveza y me levanté torpemente del taburete, me acerque a ellos y pude ver que la chica era francamente guapa, sus ojos grises me miraron curiosos.
-El Gran Duncan de Gross, nacido bajo el Signo de Orión. – Me saludó afectuosamente con un par de palmadas en el hombro Dionisio, su sonrisa franca, me decía que realmente estaba encantado de verme.
-Siento mucho lo de tu gato, era un gran tipo… Permíteme que te presente amigo Duncan, esta hermosa señorita que me acompaña es Ariadna… -, dijo poniendo su otra mano en el hombro de ella.
-Encantada…, - dijo ella. -…Creo haberte visto por el barrio… - Comentó.
-Es posible. – Contesté indiferente.
-Estamos hablando del desamor, la pobre Ariadna lo está pasando mal, su novio, un tal Teseo la ha dejado tirada, un desagradecido, pero aquí está el amigo Dionisio para escucharla y aconsejarla…-, informó Dionisio, y en ese momento me di cuenta que los dos iban bien cargados. De hecho si les hubiera prendido fuego, hubieran ardido como teas durante tres días con sus tres noches…
-El amor es una mierda. – Musitó Ariadna mientras miraba a la chica jazz entonar “Oh, Darling, in New Orleáns…I hope…”.
-Se cierran puertas y se abren otras, no es el fin del mundo... – Tronó jovial Dionisio, - …No hay nada que una copa no pueda curar, ¿Verdad Duncan?, ¿Otra copa?, ¿Tu quieres algo Duncan?. –
-Estoy servido. – Afirmé agitando el botellín en el aire.
-Yo voy a cambiar… - Sonrió Ariadna, -…Pídeme un Bloody Mary…-.