…Al cabo de dos horas y media de vuelo, aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Charafinas, en la isla de Isabel II. Aquello era un ir y venir de personas (de las 30 que residen en los 4Km/2 de isla) que nos recibieron con sus cantes y bailes típicos, exóticos, consistentes fundamentalmente en andar, pararse muy rectos y gritar: “Señor, Si Señor”. Micho y yo aplaudimos encantados el cordial recibimiento.
Inmediatamente, se nos presentó el sargento Montero, director del Resort de 3 estrellas llamado Regulares Star Mediterranean. El Sargento Montero se prestó a bajar de la baca del destartalado B-17 nuestra maleta y llevarla a nuestra habitación, mientras la remesa de gallinas, medio alocadas, picoteaban todo a nuestro alrededor (casi exclusivamente arena y colillas) y los hippies creían haber aterrizado en la luna y daban besos y abrazos a todos los militares mientras ofrecían “Maria de la buena”...
Nuestra habitación de seis metros cuadrados era todo un lujo: Teníamos una cama, un grifo con agua fría en un destartalado fregadero y un plato ducha individual, la completaba una vieja litera graffiteada que debía compartir con Micho y la decoración se basaba fundamentalmente en un poster de “Objetivo Birmania”, un grupo de finales de los ochenta…
Nada más salir de nuestro cuarto, comenzaron las animaciones socio-culturales. Al cabo de diez minutos, a Micho y a mi nos raparon el pelo al uno. Cortesía del Resort Regulares Star Mediterranean. Micho estaba extraño sin su pelaje blanquinegro, pero no dijo nada. Prefirió observar. Tras una rápida ducha, empezaron las verdaderas actividades lúdicas: Nos vistieron a todos igual, de un verde apagado, Micho incluido (llevaba botas militares del número 4, yo unas 42, y una gorra por donde asomaban sus orejas a través de sendos agujeros), y nos obligaron a realizar cincuenta flexiones, diez si eres gato, si querías comer ese día… Yo tardé tres horas y media, Micho un minuto. Después de aquello, se nos permitió comer en un plato de metal unas gachas de origen desconocido (Micho repitió) y un yogur de postre.
Por la tarde pudimos disfrutar de la afamada Playa de las Chafarinas: Afiladas rocas calientes, gaviotas asesinas, cangrejos devoragatos y cuatro metros de profundidad en la orilla al segundo paso. Chafarinas: Salvaje, inhóspito y bello. Un Alferez nos comentó en confianza que dos de las gallinas que nos acompañaban en el vuelo se habían metido a la heroína al cabo de dos horas de haber aterrizado, y otra le había pedido matrimonio a uno de los hippies.
En los puestos de la playa se vendían souvenirs variados: Camisetas de los Islotes, llaveros, mecheros... Le compré a Micho un pin en el que se veía el perfil de las tres paradisíacas islas y debajo el lema: “Chafarinas Mon Amour” (de ahí el titulo de los posts que escribo) y él me eligió una pegatina para ponerla en la furgoneta (“El Grajo Milenario”) del Resort de tres estrellas con la bandera de Aspanya y un fusil de asalto. También había un muñeco de peluche muy gracioso de la cabra de la legión saludando marcialmente, pero valía muy caro…
Por la noche, la animación socio-cultural consistió en la retirada de bandera mientras un tipo tocaba una triste trompeta y Micho, emocionado, maullaba a las recién nacidas estrellas del Mediterráneo, fue un momento emotivo donde unos tipos con turbantes se nos unieron desde la cercana costa africana con banderas rojas y un enorme cartel con garabatos y el lema en castellano “Chafarinas, Perejil, Alborán, Ceuta y Melilla: Marroquíes”. Después de aquello, todos se retiraron a trapichear por la playa o a la cantina del Resort.
Micho y yo nos sentimos un poco defraudados. Esperábamos a las “Mama Chicho” en silla de ruedas o algo parecido, aunque coincidimos sin embargo, bajo la constelación de Orión y mecidos por el viento del Estrecho, de que estabamos contentos. Estabamos juntos, rapados, pero juntos. Eso nos hacía inmensamente felices, realmente afortunados.
Y el Sargento Montero nos había prometido "Al amanecer y con viento racheado" una incursión al Islote de Perejil donde interrogariamos a unas cabras, excursión que se nos antojaba inolvidable...Estas estaban siendo, sin lugar a dudas, las mejores vacaciones de nuestras vidas, los ochenta euros mejor gastados, aunque solo fuera un fin de semana y pronto la bañera-bellota volante nos llevara de vuelta a la realidad soez de Badayork y a la cola del Inem…







