Estaba estirado en el sofá, eran las 8,45 de la tarde y en Badayork marcaba 34 graditos. Un pequeño pantalón corto tapaba mis partes pudendas, mi manera de particular de combatir la flama, y Micho leía su libro de lectura Micho I, viejo pero útil, en voz alta: “Fa, Faro, Fatuo…”. En la tele Obama salía cazando moscas y yo me hincaba mi segundo chupito de absenta cuando Clio, mi musa, más ligerita de ropa de lo habitual, vino a susurrarme una genial idea al oído. Una nueva idea que me haría ganar mucho dinero…Bueno, no tanto, pero si algo… Iba retomar mi actividad de cuatrero robando el ganado de los incautos ganaderos que habitan las inhóspitas Vegas del Guadiana. Grandes cabezas de ganado, vacas y bueyes que llevaría hasta la frontera federal portuguesa, cruzaría la frontera, y la vendería al mejor postor en el estado vecino, con el dinero obtenido podría irme a vivir a California, o en su defecto a Atapuerca.
Tras mi fallido intento de atracar el tren que hace el recorrido Emerita Augusta-Badayork (véase post del 18 de abril), no se me había vuelto a ocurrir recurrir al delito para conseguir algo de dinero, y mientras espero que los brotes verdes de la economía española den sus frutos o acaben pudriéndose, tengo que hacer algo para vivir, que soy pobre y tengo un gato que sacar adelante. Un tercer sorbo de mi hada verde me hizo ver las cosas más claras, y tras conversar con el Conde Duque de Olivares, que se apareció de improvisto en el Salón de casa rodeado de todo el fasto y beato correspondiente, sobre el descenso del Betis a Segunda División, y las consecuencias geopolíticas que ello supone en el mundo rural, me calcé unas chanclas (9,95 euros en Sprinter) y una camiseta de Estrella Damn con la que suelo dormir y me dirigí al único lugar mejor que el Never Land de Michael Jackson: El Chino de
Decidido a dejar a Micho, por su temprana edad, fuera de mis ingeniosos y fructíferos (sin duda) planes, me ausenté y corrí como el rayo. El dependiente chino, nada más verme, se santiguó sin ser católico, lo cual me resultó significativo, aunque no lo supe interpretar hasta que grado. Adquirí por el módico precio de 6,90 euros un traje completo de cowboy, con la badana, el chaleco envidia de James Steward, el sombrero, una estrella de Sheriff y una replica no muy exacta de un plateado Colt 45 de plástico que rezaba “Made in R.P of C”. Ni idea. Mi anterior vestimenta fue destrozada por aquel ferroviario sin escrúpulos que no se dejó atracar (véase el post del 18 de abril). Con mi mejor sonrisa que equivale a mostrar tres empastes antiguos y unas encías inflamadas por el consumo excesivo de absenta, me despedí del tendero que no dejaba de tocar madera.
Por la noche soñé que el espíritu de John Ford me invitaba a rodar y protagonizar la segunda parte de “Qué verde era mi valle 2: La venganza de los Transformers”, un western original donde yo me tendría que enfrentar en un concurso literario a unos robots interplanetarios acompañado de un rejuvenecido John Wayne.
A eso de las seis de la mañana me desperté, me duché, me vestí de Cuatrero y me dirigí a Valdelacalzada. Dejé a Micho dormido en el Patio-Lavadero. Mi loable intención era volver a alquilar a “Happy Chacho”, mi fiel corcel de correrías, que casi muere de un ataque cardiaco cuando el jamelgo me encaró en las cuadras. A galope tendido me dirigí a la cercana localidad de Talavera
En un Saloon de Talavera llamado “Casa Paco”, habitado por unos jubilados y un par de borrachos matutinos, y decorado con un calendario Michelín, me enteré que un grupo de rumanos trashumantes guiaba un grupo de 5 vacas en dirección a Balboa. No era mucho, pero podría servirme para empezar como cuatrero, agradecido por la información, invité a los jubilados a un par de Nesquik y de un salto monté a “Happy Chacho” que estaba atado junto al cuartelillo de
Sintiendo el viento en la cara, mientras los usuarios de
No recuerdo como llegué a casa. Solo quería darme una ducha y beber algo mientras intentaba reflexionar que había salido mal de mi perfecto plan de ataque. ¿Un mal día en el trabajo?, fue el comentario de Micho al verme entrar de aquella guisa. “Más o menos”, le contesté: Cosas del Inem…




