Me presenté a las cinco menos veinte de la mañana en ese mismo lugar. Hacía menos tres grados y yo me había presentado con vaqueros Carrefour de oferta (10, 90 euros), dos camisetas interiores y un jersey, mi gorrito gris con visera de Springfield (19, 95), mi abrigo blanco de entretiempo y el resto de colonia que me quedaba de Thomas Burberry. En una pequeña mochila amarilla que me había tocado con las latas del Nesquik, llevaba mis galletas Fontaneda, un bocata de atún y un litro de agua de Los Riscos. La escena era la misma que el día anterior. Dos grupos principales, uno formado por marroquíes y otro por ecuatorianos, había cinco o seis personas sueltas que pronto se juntaron y que resultaron ser peones agrícolas con cualificación venidos de los pueblos cercanos, a los cuales me uní pronto, buscando congracionarme con alguien.
- …Ya debe estar mal la cosa para que yo me presente aquí para lo que tienes que trabajar y para lo que te dan, no te merece la pena ni la gasolina… - Soltó un tipo de unos treinta y tantos que provenía de Montijo. Los demás afirmaron con la cabeza, sin sacar las manos de sus abrigos, y yo remaché con un “Ya te digo”, buscando establecer vínculos de camaderia entre el grupo.
- …Yo ya estuve el año pasado en el Jerte para la cereza, y ya la cosa estaba mal, se nota la crisis y que los capataces bajan los sueldos, es un abuso, aunque estos (y señalo con descaro a marroquíes y ecuatorianos) vendrían por dos euros la hora fijo…-, habló otro tipo de procedencia desconocida, que sólo hacía escupir a su izquierda, como para intentar fijar cada una de las palabras que pronunciaba.
Pronto se presentaron cuatro camionetas Mercedes. En una de ellas venía el Sr. Víctor Calderón, el capataz. Era un tipo que rozaba la cuarentena, y que venía vestido todo de El Corte Inglés, parecía que iba a una montería. Botas de cuero, pantalones verdes de pana, camisa de franela a cuadros, chaleco negro y boina azul de visera. Había visto a un maniquí de similares características en la tercera planta de El Corte Inglés. No me cabía duda. Le faltaba la escopeta y la jauría de perros. Rápidamente se puso a repartirnos por números en las diversas furgonetas, mientras comentaba que íbamos a la “entresacá” de la ciruela y que no peláramos mucho los ciruelos, que no se trataba de desnudarlos enteros, que eran
A mi me llamó de los últimos, iba en la última furgoneta junto a siete ecuatorianos que me miraban curiosos y agachaban la cabeza, no hablaron nada en los quince minutos de trayecto. La furgoneta dio varios tumbos en algunos momentos, se notó que cambiábamos comarcal por camino de cabras directamente, cualquiera diría que íbamos por la mitad del campo directamente.
Cuando paramos, nos dieron un cubo de plástico grande, de unos 50 kilos de capacidad, como esos que venden en algunos chinos, y nos dejaron allí, delante de hectáreas y hectáreas de ciruelos plantados en hileras, cada seis o siete uno destacaba por ser más alto que los anteriores. Hacía frío, pero el espectáculo de ver todo aquel manto de estrellas encima de tu cabeza, ya merecía la pena. El cinturón de Orión tintineaba con intensidad, y
- No. No arranques las grandes. – Musitó el ecuatoriano que se había acercado furtivamente hasta mí. – Se trata de que quites las pequeñas, para que el resto del fruto crezca más. No están maduras y estas arrancando las mejores, si te ve el capataz la tienes pinche huevón , ¿Qué no entiendes?, y no te pares a garabatear, te van a botar a la primera. – Me recriminó mirándome directamente a los ojos.
Se notaba que era un joven preocupado por el buen trabajo.
- Es que soy escritor, me viene la inspiración a todas horas. – Le contesté alegre.
- Por mi como si eres el puto Conde Duque de Olivares carajo, no chilles tan alto, y quita las pequeñas, español de los cojones.-
...CONTINUARÁ...








