
Andaba esta tarde recogiendo un poco el Salón, que está completamente patas arriba, con libros de Michel por doquier de Punset, de Marx, biografías de “El Ché”, de Lenin y Stalin, del amigo Mao, números atrasados de la “Revista de Occidente” y de "El Gato Comunista", periódicos viejos y recortados aquí y allá, y algún que otro vaso de chupito que recoger…Cuando de repente se me ha aparecido mi diosa, La Gran Atenea, nacida de la cabeza de Zeus, enemiga de la ignorancia y el Paracetamol, nunca una diosa dio tantas migrañas a un padre.
Estaba grandiosa, altiva, con toda la parafernalia que suele acompañarla. Armada hasta los dientes, con casco, armadura, portaba orgullosa la lanza, un escudo con una cabeza en el centro que me resultaba muy familiar, la testa de una mujer con serpientes como cabellos, y de su espalda caía, gracioso, un peplo tejido artesanalmente, creo que también llevaba un par de granadas de mano, un cuchillo de caza al cinto y un Kalashnikov, pero eso ya son detalles nimios.
- “¿Qué se te ofrece, Oh, mi diosa, divina entre las bellas y las sabias?”, he exclamado.
- “Un descafeinado de sobre.”, ha musitado dejando apoyada la lanza junto al televisor.
- “Precisamente yo me iba a hacer uno.”, le he comentado mientras mi diosa tomaba asiento.
- “¿Aburrida?”, ha preguntado Michel, con sus gafas de ver de cerca, tras las páginas del periódico “Público”.
- “…Llevamos una temporada un tanto apática en el Olimpo…”, ha replicado mi gran diosa al minino.
Y así, en grata compañía, los tres nos hemos tomado el cafelito, acompañado de pastas y cazuelitas de Olivenza, charlando amenamente de música, literatura, actualidad artística y comercial.
Al despedirse, la diosa no ha sido capaz de desaparecer. “… Es que aún tengo la versión 2.0…”, se ha excusado. Y le he dado 20 euros para un taxi, (Michel le ha prestado el último libro de Punset), con toda su parafernalia se ha ido por el ascensor, el escudo y la lanza apenas cabían. ¿Quién osa decir que la Sabiduria no ocupa lugar, si difícilmente cabe en un ascensor?. La he invitado a tomar café cuando plazca, para eso es mi diosa divina, mi admirada deidad, a la cual rezo cada 4 minutos…
Cuando ha llegado abajo, al rellano, supongo que Amparo, la esfinge del rellano, le habrá propuesto un enigma, pero, al fin y al cabo, mi diosa, la Gran Atenea, es la diosa de la sabiduría, y lo habrá respondido antes de coger el taxi… ¿No?.
Estaba grandiosa, altiva, con toda la parafernalia que suele acompañarla. Armada hasta los dientes, con casco, armadura, portaba orgullosa la lanza, un escudo con una cabeza en el centro que me resultaba muy familiar, la testa de una mujer con serpientes como cabellos, y de su espalda caía, gracioso, un peplo tejido artesanalmente, creo que también llevaba un par de granadas de mano, un cuchillo de caza al cinto y un Kalashnikov, pero eso ya son detalles nimios.
- “¿Qué se te ofrece, Oh, mi diosa, divina entre las bellas y las sabias?”, he exclamado.
- “Un descafeinado de sobre.”, ha musitado dejando apoyada la lanza junto al televisor.
- “Precisamente yo me iba a hacer uno.”, le he comentado mientras mi diosa tomaba asiento.
- “¿Aburrida?”, ha preguntado Michel, con sus gafas de ver de cerca, tras las páginas del periódico “Público”.
- “…Llevamos una temporada un tanto apática en el Olimpo…”, ha replicado mi gran diosa al minino.
Y así, en grata compañía, los tres nos hemos tomado el cafelito, acompañado de pastas y cazuelitas de Olivenza, charlando amenamente de música, literatura, actualidad artística y comercial.
Al despedirse, la diosa no ha sido capaz de desaparecer. “… Es que aún tengo la versión 2.0…”, se ha excusado. Y le he dado 20 euros para un taxi, (Michel le ha prestado el último libro de Punset), con toda su parafernalia se ha ido por el ascensor, el escudo y la lanza apenas cabían. ¿Quién osa decir que la Sabiduria no ocupa lugar, si difícilmente cabe en un ascensor?. La he invitado a tomar café cuando plazca, para eso es mi diosa divina, mi admirada deidad, a la cual rezo cada 4 minutos…
Cuando ha llegado abajo, al rellano, supongo que Amparo, la esfinge del rellano, le habrá propuesto un enigma, pero, al fin y al cabo, mi diosa, la Gran Atenea, es la diosa de la sabiduría, y lo habrá respondido antes de coger el taxi… ¿No?.











