El cine islandés
no suele estar entre las películas que más suelo visionar, pero por
recomendación, me he visto una película islandesa de 2023 cuyo título es “Solitude”,
y que también podéis encontrar en algunas webs españolas como “Einvera”. En realidad,
es una coproducción islandesa, eslovaca y francesa… Lo sé, es como tirar tres
dados y que los tres saquen un seis, pero es lo que hay.
Más allá de su hora y diez minutos de
duración, lo que más me ha llamado la atención de esta Opera Prima de la
directora Ninna Palma, es que consigue darle una vuelta de tuerca a una
historia que ya hemos visto mil veces en el cine, como es la relación entre un
niño y un completo desconocido que llega a su vida, un adulto, ya abuelete, que
viene como de otro mundo, en esta ocasión del gélido mundo rural islandés, y
que se pasea por la ciudad como lo haría un marciano por el Centro de Badajoz…
Bueno, a lo mejor la comparación no es muy buena, porque podría pasar
perfectamente inadvertido, pero creo que vosotros entendéis lo que quiero
decir.
Una especie de Paco Martínez Soria, con
gorra verde de la Caja Rural en vez de boina, barba y pelos de once meses, muchísimo
dinero en el banco, tanto como soledad en el alma y recuerdos de mejores
tiempos en la cabeza, que esperando el tiempo de descuento… Le llega un amigo
de diez años a su vida.
En la narrativa tenemos a Gunnar, un
viejo granjero solitario que vive en medio de la más absoluta nada, con la
única compañía de su caballo. El gobierno islandés le advierte que, por la
construcción de una presa y central hidroeléctrica, sus tierras y su casa se
van a inundar. Él se resiste a abandonar el terruño, pero ya obligado y con una
indemnización de 150 millones de coronas en el bolsillo (poco más un millón de
leuros al cambio actual), se ve mudándose a la ciudad, a Reikiavik), donde paga
una casa al contado y espera no sabe bien el qué.
Carente
de televisor y aficionado a la radio, ajeno a internet, desconocedor de lo que
es una pizza, el personaje de Gunnar es un poco raro de creer por mucho campo
que te hayas tragado en tu vida, y cae un tanto en el convencionalismo en ese
aspecto.
Grandote,
barbudo, solitario, coincide con el arquetipo de personaje buena gente, pero
más solo que la una.
Nada más llegar al barrio, conoce a Ari,
un nene pelirrojo de diez años que reparte periódicos. Ari, hijo único, está
igualmente solo. Tiene unos padres que delegan bastante el uno en el otro a la
hora de cuidarlo, y no es precisamente una familia modelo que esté pendiente
del chaval, que, a pesar de todo no se les ha torcido.
Ari pronto se ve atraído por ese viejo
barbudo, Gunnar, que parece venido del espacio exterior. Gunnar muestra desde
el principio un choque cultural que no me creo en pleno S.XXI, un siglo
demasiado globalizado para llegar a creértelo.
Habla
poco, escucha mucho, y le gusta jugar al ajedrez con él, por lo que el chaval
comienza a pasar más tiempo con este abuelo encontrado, y ambos suplen así sus
soledades, comiendo pizzas, viendo programas en la tele recién comprada para
sordomudos y siguiendo las noticias referentes a un afgano que ha entrado
ilegalmente en el país que va a ser expatriado por el malvado gobierno
islandés, que no lo acepta como refugiado en su gélida isla.
En esta subtrama, Gunnar saca 50
millones del banco, medio alelado, para donarlo a la causa del afgano, un poco
sin saber bien qué hace, para satisfacer a Ali, cuyo deseo es ayudar al afgano
y que está dispuesto a sacrificar los pocos ahorros que tiene en la hucha para
ello.
El ritmo tranquilo y sosegado de la
película acaba en los últimos veinte minutos, cuando ya crees que no va a pasar
realmente nada interesante, más allá de la creación de la amistad entre el nene
y el abuelete.
Un día, hay un malentendido en casa de
Gunnar, y es que el nene comienza a quedarse a dormir, y al venir a recogerlo
la mamá que confía plenamente en Gunnar, que va hasta a los partidos de fútbol
de Ari, se encuentra en calzoncillos al nene en el sofá montándose tremenda
bola en la cabeza.
Al interrogar a Ari en casa, esta monta
más bola al no aclarar bien la situación, por lo que el padre va a casa a amenazar
y golpear a Gunnar, y la relación de amistad se rompe, y Gunnar intenta volver
allá donde fue feliz, con metro y medio de agua mediante.
En definitiva: “Solitude”, película
enemiga de la presunción de inocencia, “Solitude” pasaría sin pena ni gloria si
no fuera por los últimos veinte minutos de metraje que presenta este conflicto,
malentendido, y cuyo final no cierra bien. Nos plantea un “What if…?” (en
español, un ¿Qué pasaría si…?) bastante embustero sobre lo que Gunnar, que
irremediablemente vuelve a su casa en la ciudad, se encontraría si se volviera
a acercar a la familia a hacer las paces. Algo que no pega en el carácter melancólico
del personaje que se nos ha presentado durante toda la película. Deja muchas
dudas en el aire.
“Solitude” invita a la reflexión en este
aspecto, aunque no es original en ello, ya que ya hemos visto temáticas
parecidas en otras películas, pero no deja de ser algo a tener en cuenta.
De nota, le voy a dar un 6. Y os recomiendo su visionado, me gustaría saber vuestra opinión sobre la trama y el personaje de Gunnar, que, por cierto, está muy bien interpretado. Lo dejo aquí.