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sábado, 21 de enero de 2017

Ultimátum a la Tierra (1951)




        Cuando “Ultimátum a la Tierra” (1951) se estrenó, el mundo estaba en plena guerra fría. El planeta se dividía en dos grandes bloques políticos y económicos: EEUU y la URSS. Capitalistas y comunistas.

       Al pavor de una posible guerra nuclear, de un día para otro, se unía el miedo que había inaugurado el supuesto platillo volante de Roswell (1947). Los extraterrestres podían atacar en cualquier momento el planeta, con sus armas mortíferas, sus platillos volantes y demás miedos atávicos que albergaba el ser humano en su interior.

        Con esta cinta, dábamos paso a toda una década de películas, cómics y series recreadas en seres de otros planetas, algunos pacíficos (como es el caso que nos atañe), otros malvados, con fines belicosos más que otra cosa.

       Basado en un relato corto del escritor y guionista Harry Bates, que a la postre se metió a editor, nos encontramos con una interesante historia. Interesante por su pacifismo, en los tiempos que corrían cuando se rodó el film.

       Un platillo volante, marca Acme, aterriza en pleno Washington, después de haber dado algunas vueltas buscando el ombligo del mundo. De dicho objeto, baja un ser con pinta de astronauta, Klaatu, que desde el minuto uno comenta sus intenciones pacíficas. A cambio de su sinceridad, los militares le meten un tiro. Situación que no le gusta a su acompañante, un robot llamado Gort, que con un ojo laser, carboniza un par de viejos Sherman de la Segunda Guerra Mundial.

        Klaatu, que parece un granjero de Nueva Inglaterra recién vestido para ir al baile de un sábado noche, insiste en que quiere reunir a todos los líderes mundiales para hablarles, e informales, de los peligros de la energía nuclear en sus versiones “bomba”, Klaatu es un hippie con corbata de los de “Nuclear no, Gracias”. Pero los americanos echan balones fuera, y Klaatu decide escaparse e irse a vivir a un hostal de barrio, a leer el periódico y a oír la radio. Yo, si fuese extraterrestre, hubiera hecho lo mismo, sinceramente. Delirante la escena, en la que una clienta del hostal, insinúa que el extraterrestre puede ser comunista.

        Klaatu, llegados a este punto, intenta pasar desapercibido entre los humanos. Lo normal, pagar con diamantes una entrada de cine, preguntar por los muertos de la guerra y por presidentes también muertos, hablar de la inercia de los objetos en movimiento, resolver problemas matemáticos imposibles, etc.

        El caso es que Klaatu no tiene mucho éxito en su misión. Solo una mujer y su hijo parecen confiar en él, y algún científico. Así que Klaatu decide tomar cartas en el asunto: Hace un corte eléctrico general planetario, que afecta igualmente a coches y bicicletas, con excepciones de hospitales y aviones en vuelo.

        Esto cabrea mucho a los americanos en general, si hubieran cortado internet dos horas, Klaatu no lo cuenta. Y ponen todos los medios para parar a Klaatu y al robot Gort que tiene muy malas pulgas, infructuosamente.

       Finalmente, Klaatu, bastante cabreado, les suelta a los yanquis un discurso desde el platillo volante: No nos interesan los asuntos internos de vuestro planeta, pero como sigáis con las guerras y las pruebas nucleares, os iréis a la m…

      Los testigos del hecho se quedan estupefactos, como monos ante un periódico. No han entendido nada de nada. Ven como el platillo volante se eleva en los cielos y desaparece, y ellos se van a casa a ver La Ruleta de la Fortuna.


      Conclusión: Es una película de obligado visionado.