
Estaba comprando esta mañana el pan en el supermercado, tras una semana encerrado en casa hastiado ante tanta lluvia, cuando oí a una joven suspirar tras de mí. Al volverme, pude comprobar que se trataba de una hermosa mujer, con unos enormes ojos grises que denotaban una tristeza profunda. Su piel parecía tersa, suave, casi como la de mi diosa Atenea, (si me oyera comparándola con otra fémina me fulminaría ipso facto) y en verdad en un primer momento pensé que era una deidad olímpica comprando yogures… Y su pelo, de un castaño claro, ondulado, se lo recogía en un moño sujetado con un largo alfiler de madera de ébano.

Como solo llevaba unos yogures de fresa y yo no tenía prisa, le cedí amablemente mi puesto en la cola, a lo cual accedió la bella dama dedicándome una melancólica sonrisa. Tras cobrarle, la misteriosa y triste mujer salió del comercio, mezclándose con la marabunta de personas que pululaban por la Avenida y perdiéndose en aquel caos de compras pre-navideñas.
“¿Quién es esa chica?”, le pregunté sin miramientos a la cajera, una chica joven archimaquillada, rubia de bote, uñas pintadas multicolores y chicle eterno en la boca, cuyos modelos a imitar en la vida son Paris Hilton, Lady Gaga y Rihana por ese orden. “¿Esa que se acaba de ir?”, preguntó socarrona dedicándome un medio guiño picaresco. “Esa es Calipso”, contestó. “Siempre anda suspirando por un amor perdido, un tal Ulises, monitor de Tiro con Arco, que al parecer la tiene loquita perdida y no le hace ni caso…”, remató dándome el cambio de mi media barra de pan.
Maravillado por el amor de Calipso, sin duda un amor verdadero, salí a la Avenida con la intención de otear, una vez más, a aquella fascinante mujer que suspiraba por un amor no correspondido (y nada más ni nada menos que el de mi monitor de Tiro con Arco). Pero, no la encontré. Aproveché para comprar un par de sacos de arena para Micho I de Gato, papel higiénico y dos bombillas de bajo consumo en el Chino de la Avenida (Dios los bendiga) y, al volver a casa, Amparo, la Esfinge del Rellano, me preguntó enigmática cual era el único animal doméstico que no se nombra en la Biblia. “El Gato”, le contesté, y me dejó pasar al ascensor…
Hace unos instantes, tras mi tercer chupito de absenta, le he contado a Micho I de Gato la historia de amor de Calipso, pero él, poco interesado en romanticismos, me ha cortado preguntándome que es lo que quiero para regalo de Reyes, y yo, tras mucho pensarlo, le he contestado: Una espada de madera.







