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lunes, 4 de mayo de 2009

El Quinto Gatito.


La verdad es que no sé como llegué allí. Simplemente me monté en el coche y supongo que por algún extraño automatismo que domina la mente llegué hasta aquel motel de carretera entre Gévora y Montijo.


Era la una y media de la tarde. Me había pasado toda la mañana viendo “Duelo al Sol” y leyendo sobre el doblaje en el cine español. Y de repente, por uno de esos giros inesperados, volvía a encontrarme en el parking de aquel motel frecuentado por camioneros y representantes de cosméticos despistados.


En ese mismo parking, casi tres meses antes, había contemplado las estrellas con Missi, la gata negra del motel, que buscaba un sitio en la vida y que luchaba por tirar p´alante. No tardé en dar con ella. A la vuelta del edificio de ladrillo visto, de dudoso gusto, junto a un viejo colchón me la encontré con su bello pelaje reluciente, pero no estaba sola. Le acompañaban cinco hermosos gatitos, tres negros, uno blanco y uno blanco y negro, que parecía vestir un viejo frac decimonónico, tan curioso era su pelaje. “Enhorabuena mama”, le dije nada más verla, y los gatitos dejaron sus juegos para observarme curiosos.


- Gracias Duncan, me alegro mucho verte, siempre es bueno volver a ver a un amigo…¿No son hermosos?- , me contestó jovial.


- Lo son, sin duda lo son. –


- …La sociedad competitiva burguesa es la causante de los antagonismos sociales agudizados… Maulló uno de los gatitos, negro como el carbón y con unos ojos amarillos limón a otro de los gatitos que se lamía una patita.


- …Te equivocas, Rousseau, la jerarquización de la sociedad es necesaria y beneficiosa… Contestó el otro gatito en un bufido.


- Rousseau, Voltaire, no discutáis, ¿Qué va a pensar nuestro amigo Duncan?, les rechistó Missi. Se pasan así todo el día.


- ¿Cómo les has llamado?, pregunté incrédulo.


- Pues estos dos se llaman Rousseau y Voltaire, y además tenemos a Montesquieu, Diderot y…Bueno, mi quinto gatito, este blanco y negro, tan elegante con su frac, a pesar de haber nacido hace casi dos meses, igual que sus hermanos, aún no tiene nombre…


- ¡¡Burgueses Ilustrados, Falsos Profetas Políticos!!, maulló y bufó el quinto gatito a sus hermanitos felinos que se erizaron ante él. Hay que conseguir primero una República para poder instaurar posteriormente el Comunismo, continuó bufando, ya lo decía Blanqui en su “Crítica Social”…


- Pero en el “Contrato Social”…, interrumpió Rousseau.


- Se necesita conseguir un equilibrio entre los distintos estamentos y los sectores comerciales, ¡Hermanos, escribamos una Enciclopedia!, maulló Diderot muy ufano.


- Lo importante es conseguir una garantía social que nos permita una separación de poderes, bufó Montesquieu saltando encima de Rousseau.


- ¡¡Paparruchas de burgueses ilustrados y enriquecidos!!,¡¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!!, clamó el pequeñín sin nombre, y todos se enzarzaron en una lucha de mordiscos, bufidos, erizados y zarpazos alrededor de la pobre Missi que intentaba poner orden en todo aquel caos político.


- Este gatito tuyo Missi, tan revolucionario, me recuerda vagamente a alguien, musité.


- Me tienen harta Duncan, y lo peor de todo es que no puedo con todos, es difícil alimentar cinco nuevas bocas, estoy sola y no voy a poder lograr que todos mis gatitos… No concluyó la frase… La vida está muy mal, la crisis también afecta a los gatos… Terminó ronroneando mientras sus retoños ajenos a la preocupación de la madre se enzarzaban en una discusión sobre los orígenes europeos de la burguesía mercantil.


- Yo podría traerte comida de vez en cuando – Me ofrecí gustoso.


- ¿De verdad?, eso estaría genial, maulló Missi. Aún así criar cinco gatitos yo sola es demasiado para mi…


- Bueno, quizás también te podría echar una mano en ese aspecto. Me siento solo Missi, y para mi sería un honor cuidarte y criarte a uno de tus gatitos. Si tú lo ves bien, claro está…


- Sé que estaría en buenas manos, no lo pongo en duda, pronto deben empezar a aprender que no todo en el mundo es Política y divertidos debates parlamentarios…Tu experiencia en la vida puede ayudar, al menos a uno de ellos, a desarrollar su potencial en la Gran Ciudad, meditó. Pero…¿Cuál tendría el honor de acompañarte Duncan?.


- Bueno, no sé, lo dejo a tu elección, pero yo ya tengo un candidato, si a ti te parece bien…


- ¿Quién?, ¿Cuál de ellos?, preguntó mientras los gatitos seguían a la bresca…


- El Quinto Gatito.


jueves, 30 de abril de 2009

The Riddle.



Hay días en los que me levanto y me siento ostrogodo, y lo primero que quiero hacer tras tomar mi reglamentario café y mis dos magdalenas, al retirar vasos nocturnos, es invadir Roma...


Pero hay otros, como hoy, en los que me siento surrealista-dadaista y además retro, para ello lo mejor es un poco de The Riddle en comprimidos de 500mg. donde se haga referencia a Alicia en el País de las maravillas, Desnudo bajando una escalera de Duchamp (aunque la figura sale vestida), a Enigma (requete-enemigo de Batman, interpretado en su día por Jim Carrey), y sobre todo a Magritte...


Tanto el video como la canción tienen 26 añitos, pero aún así, en mi tosco y gutural inglés aún no he conseguido adividar cual es el enigma (Riddle) al que hace referencia...

martes, 28 de abril de 2009

Al Baño...Gatos!!

La verdad es que hay gatos que esto de bañarse se lo toman a bien, y otros como que no tanto...



viernes, 24 de abril de 2009

Sobre Dragones...


La polémica saltó con la celebración del Día de San Jorge. En Badayork no se celebra, pero en Cáceres si. La costumbre ancestral es matar un dragón en la Plaza Mayor de Cáceres. Primero lo torean un poco al pobre bicho y después lo rematan vestidos a lo medieval. A mi me parece de una crueldad intolerable, sobre todo porque no andamos muy sobrados en Ejtremaura de dragones. Antes los veías por todas partes, ahora solo en Monfragüe, Las Hurdes, dragones rojos en la comarca de Los Ibores (Reservas Naturales protegidas por Agentes Forestales con trajes de amianto y donde está prohibida la entrada de Caballeros Andantes y Frikys de diversa consideración) y alguno suelto en la provincia de Badayork.


Cuando yo era pequeño, abundaban en Las Vegas del Guadiana, les daba por robar Joyerías y dormían en lechos de anillos de oro, bisutería barata y diamedas, costumbre que comparten con las urracas. A los dragones les atraen las cosas brillantes, el oro, la plata, las joyas y las baratijas de los chinos, por eso no es raro que ataquen algún que otro polígono.


Pero ahora una gran parte de la población ejtremeña está en contra de que se mate cada San Jorge a un pobre e indefenso dragón. Así han surgido asociaciones como “Amigos de los Dragones Ejtremeños y Portugueses (A.D.E.P)” con sede en Olivenza, que hacen cada Mayo jornadas relativas sobre la vida de estos fabulosos animalitos, muy interesantes, en las que te hablan sobre la cría del dragón doméstico, el celo, sus primeros incendios, su dieta (Royal Canin promociona actualmente paquetes de pienso de 50 kilos para los pequeñines), y a veces realizan excursiones por la zona de Albuquerque, donde comparten campiña con los buitres negros. No es raro que algún ponente acabe con quemaduras de tercer grado en dichas excursiones.


Por otro lado, hay asociaciones, casi todas cacereñas, que defienden la vetusta tradición como Fiesta de Interés Turístico Regional. Creen que la población de dragones en Ejtremaura no corre aún ningún peligro, y que la fiesta de San Jorge ayuda, por un lado a guardar la raza, y por otro lado a salvaguardar costumbres arraigadas, aparte de controlar a los alados reptiles.


La Junta de Ejtremaura aún no se ha pronunciado al respecto, si lo ha hecho para asegurar que el 80% de los incendios forestales en nuestra región están causados por el mortífero aliento de estos polémicos animales (un 7% lo causan los Ave Fénix que viven por la zona de Herrera del Duque), y que son culpables de la desaparición del pino piñonero en la Sierra de Gata y de los fortuitos ataques que sufren los Boy-Scouts de Guadalupe los fines de semana. Los chicos los incitan al cantar alegres canciones, guitarra en mano y pañuelo al cuello por el monte, a nadie se le ocurre semejante atrocidad… Lo que está claro es que vamos necesitando una regulación al respecto.


Debemos tener una conciencia respecto a este tema, ya que los dragones ya no son aquellos terribles animales que en el Medievo les daba por arrasar y atacar los diferentes Castillos Ejtremeños, (recordemos que un Dragón Negro de nombre Vitoriano, de 45 metros de eslora, arrasó la Alcazaba de Badayork en 1.119 en plena visita del Emir de Córdoba), en busca de princesas sin depilar. Ya no atacan las diligencias ni las Romerías de San Isidro, aunque hemos de reconocer que aún les da por atacar a las vacas y las ovejas de las Cañadas Reales, y que no atienden a los “Altos” de la Guardia Civil, pero siempre porque el progreso y la urbanización han acabado con sus tradicionales fueros.


Los Arqueólogos e Historiadores del Arte los han echado de sus cuevas, los han desplazado de sus milenarios lechos, poniendo como excusa que buscan pinturas paleolíticas o grabados neolíticos, y los militares de la Panzer Bellota hacen puntería con ellos con sus viejos tanques heredados de la Guerra de Corea. Así es lógico que a estos pacíficos y nobles animales, ante el continuo acoso, les de por derribar algún avión comercial portugués bimotor o algún F-5 de la Base Aérea de Talavera La Real…


…Mi postura al respecto es que los dragones son victimas de la globalización mundial, y que los ejtremeños debemos sentirnos orgullosos de tener la oportunidad de contar con ellos en nuestra fauna, es un deber para nosotros su preservación, asegurarles un futuro, y perdonar las pequeñas desavenencias, como que ataquen la Catedral todos los Domingos de Pascua, porque al fin y al cabo son seres irracionales… ¡¡Pobres dragones ejtremeños!!

jueves, 23 de abril de 2009

La Cooperativa (IV. El Desenlace Final)


Viendo que no tenía muchas ganas de conversación y que estando parado me helaba por momentos, agarré el cubo y empecé a recoger los frutos más pequeños de cada ciruelo. Arrancaba entre ocho y catorce por cada árbol, sistemáticamente, y aún así no tenía narices de alcanzar a mis compañeros ecuatorianos que avanzaban con maestría por aquellos surcos terrosos, iluminados solo por la luna y las estrellas, apenas los oía murmurar, se movían como ninjas agrícolas por aquellos arbolitos, cargando sin quejarse con aquel cubo apestoso de plástico. A eso de las siete, yo estaba por rendirme, el sol ya había salido, tímidamente, y nos daba en toda la cara, pero el frío era aún persistente, y decidí descansar diez minutos para anotar mis impresiones literarias. Me dolían las manos, las tenía magulladas, rojas y secas, y en los pies comenzaba a notar las primeras ampollas, quizás porque los zapatos de Springfield no están hechos para el campo ejtremeño. No llevaba ni cuarenta segundos garabateando sensaciones con mi pilot negro en el cuadernillo de notas cuando el ecuatoriano, volvió hasta mi, en dos movimientos, como un caballo de ajedrez, y me recriminó:


- ¿Qué haces loco?, si te ve el capataz, te bota enseguida-

- Necesito descansar. ¿Cuándo comemos aquí?. Protesté sentado desde el suelo.

- Aún faltan tres horas, venga, levanta… Si el señor le da por venir y ve que la ciruela no está entresacada nos bota a todos…-


Con esfuerzo, me incorporé, y volví a recoger, una a una aquellas malditas ciruelas, como un zombi. Pronto me sobró el abrigo y lo dejé colgado en una rama, prometiéndole volver a por él una vez finalizada la misión. En aquel momento ya no era yo. Era un zombi recoge ciruelas, que arrastraba un cubo cada vez más pesado, y que seguía a un ecuatoriano por aquellas interminables hileras de diabólicos ciruelos. Ciruelos del demonio. Llevaba casi cuatro horas allí, pero ya no me parecía tan bucolico, ni inspirador, ni tan bello, el campo ejtremeño, el mundo agrícola.



Tenía las manos agrietadas, doloridas y magulladas, la espalda dolorida y los pies infestados de ampollas y llagas. Continuaba en pie por mi particular Vía Dolorosa, esperando un milagro, un rayo divino que fulminara aquella inmensa huerta ciruelil. Entonces, el señor Calderón, con tres perdices al cinto aparecería y nos diría a todos, a los ecuatorianos, marroquíes y a mi: “Chicos, se jodió la cosecha, cuando no es la helá, es el granizo, la sequía, la lluvia o, los rayos del mismísimo Zeus. Pero no os preocupéis, que os vamos a dar trescientos euros por el trabajo realizado…”. Pero aquello era ficción y aquel rayo no acababa de caer.



Sin embargo, mi mente no dejaba de maquinar situaciones absurdas en medio de aquel campo de ciruelos psicotrópicos. En algunas de ellas, yo era el portero de la Selección Inglesa de Fútbol, me llamaba Robert Moon, y el entrenador me había castigado a recoger ciruelas por haber aparecido borracho a un entrenamiento, hasta The Guardian decía que era un castigo inaudito. Pero pronto me imaginaba miembro de algún falansterio propio del Siglo XIX o un esclavo del medioevo trabajando para algún conde a cambio de manutención.


Cuando llegaron las diez paramos a desayunar. Los ecuatorianos reían y bromeaban joviales mientras comían unas tortas y se servían cafés de termo. Yo era Gollum, que observaba a La Compañía en silencio, comiendo mis Fontaneda y bebiendo agua de Los Riscos. Las manos me iban a explotar y no sentía los pies. Tenía la espalda como un interrogante y no me apetecía escribir. Entonces llegó en un pequeño todo terreno el señor Calderón. Venía con buen ánimo y comenzó a charlar y a compartir chistes con los ecuatorianos. Con esfuerzo, me incorporé y le hice una señal para que se acercara. El señor Calderón se acercó con una media sonrisa hasta mi, me puso la mano en el hombro, y le susurré cabizbajo, agotado, derrotado: “No valgo para esto.” Entonces él me dio una palmada en el hombro donde descansaba la mano y me dijo: “No pasa nada”.


- Eduardo, hazme un favor, hazte cargo de su cubo. – Le dijo a un ecuatoriano que sorbía de un vaso de plástico.


Recogimos mi abrigo, y apesadumbrado, me dirigí con el señor Calderón hasta su todo terreno. “¡¡Adiós escritor!!”, gritó alguien a mis espaldas y todo el grupo rió feliz con mi partida. El señor Calderón se giró y les sonrió la gracia cómplice. En todo el camino de vuelta no me dijo nada, se reía de las ocurrencias matutinas de los tertulianos de Onda Cero. Ni siquiera miré por la ventanilla. Solo miraba mis manos, magulladas, secas y rojas. Al llegar a la puerta de la cooperativa, abrió su cartera y me dio un billete de 20 euros y uno de 5, y con una sonrisa me dijo: “Es normal, les ocurre a muchos, vuelve cuando quieras”, y con un apretón ligero de manos me despidió. Dormí el resto de la mañana, y me desperté avanzada la tarde…

Abril de 2.009

miércoles, 22 de abril de 2009

La Cooperativa (III)


Me presenté a las cinco menos veinte de la mañana en ese mismo lugar. Hacía menos tres grados y yo me había presentado con vaqueros Carrefour de oferta (10, 90 euros), dos camisetas interiores y un jersey, mi gorrito gris con visera de Springfield (19, 95), mi abrigo blanco de entretiempo y el resto de colonia que me quedaba de Thomas Burberry. En una pequeña mochila amarilla que me había tocado con las latas del Nesquik, llevaba mis galletas Fontaneda, un bocata de atún y un litro de agua de Los Riscos. La escena era la misma que el día anterior. Dos grupos principales, uno formado por marroquíes y otro por ecuatorianos, había cinco o seis personas sueltas que pronto se juntaron y que resultaron ser peones agrícolas con cualificación venidos de los pueblos cercanos, a los cuales me uní pronto, buscando congracionarme con alguien.


- …Ya debe estar mal la cosa para que yo me presente aquí para lo que tienes que trabajar y para lo que te dan, no te merece la pena ni la gasolina… - Soltó un tipo de unos treinta y tantos que provenía de Montijo. Los demás afirmaron con la cabeza, sin sacar las manos de sus abrigos, y yo remaché con un “Ya te digo”, buscando establecer vínculos de camaderia entre el grupo.



- …Yo ya estuve el año pasado en el Jerte para la cereza, y ya la cosa estaba mal, se nota la crisis y que los capataces bajan los sueldos, es un abuso, aunque estos (y señalo con descaro a marroquíes y ecuatorianos) vendrían por dos euros la hora fijo…-, habló otro tipo de procedencia desconocida, que sólo hacía escupir a su izquierda, como para intentar fijar cada una de las palabras que pronunciaba.


Pronto se presentaron cuatro camionetas Mercedes. En una de ellas venía el Sr. Víctor Calderón, el capataz. Era un tipo que rozaba la cuarentena, y que venía vestido todo de El Corte Inglés, parecía que iba a una montería. Botas de cuero, pantalones verdes de pana, camisa de franela a cuadros, chaleco negro y boina azul de visera. Había visto a un maniquí de similares características en la tercera planta de El Corte Inglés. No me cabía duda. Le faltaba la escopeta y la jauría de perros. Rápidamente se puso a repartirnos por números en las diversas furgonetas, mientras comentaba que íbamos a la “entresacá” de la ciruela y que no peláramos mucho los ciruelos, que no se trataba de desnudarlos enteros, que eran 95 hectáreas de ciruelas y que estaríamos algunos días allí.


A mi me llamó de los últimos, iba en la última furgoneta junto a siete ecuatorianos que me miraban curiosos y agachaban la cabeza, no hablaron nada en los quince minutos de trayecto. La furgoneta dio varios tumbos en algunos momentos, se notó que cambiábamos comarcal por camino de cabras directamente, cualquiera diría que íbamos por la mitad del campo directamente.


Cuando paramos, nos dieron un cubo de plástico grande, de unos 50 kilos de capacidad, como esos que venden en algunos chinos, y nos dejaron allí, delante de hectáreas y hectáreas de ciruelos plantados en hileras, cada seis o siete uno destacaba por ser más alto que los anteriores. Hacía frío, pero el espectáculo de ver todo aquel manto de estrellas encima de tu cabeza, ya merecía la pena. El cinturón de Orión tintineaba con intensidad, y la Osa Mayor, La Calabaza Borracha, se distinguía perfectamente. Mientras yo observaba extasiado las estrellas, mis compañeros de furgoneta, sin mediar palabras se acercaron a los árboles y empezaron a recoger frutos y a echarlos en los enormes cubos de plástico. Yo me quedé parado. Esperaba que alguien me hubiera explicado que demonios se suponía que debía hacer con el cubo. Como vi que nadie lo hacía, opté por imitarlos y me puse a recoger ciruelas a diestro y siniestro. Al quinto ciruelo, el ecuatoriano más cercano a mi iba por el noveno. No dejaba de observarme. Yo de vez en cuando, me paraba, y sacaba del bolsillo interior de mi abrigo mi cuaderno de notas y anotaba poéticas inspiraciones sobre el campo ejtremeño y las estrellas, quería escribir una Pastoral Renacentista en versos endecasílabos o alejandrinos, o en verso libre. Eso era algo que aún estaba por decidir. Miraba con afecto paternal las ciruelas y las arrancaba de las ramas y las metía en el cubo, las observaba con curiosidad sincera, como crecían en medio del frío de abril, con aquella helada abrigaba por aquel espectáculo de cielo…


- No. No arranques las grandes. – Musitó el ecuatoriano que se había acercado furtivamente hasta mí. – Se trata de que quites las pequeñas, para que el resto del fruto crezca más. No están maduras y estas arrancando las mejores, si te ve el capataz la tienes pinche huevón , ¿Qué no entiendes?, y no te pares a garabatear, te van a botar a la primera. – Me recriminó mirándome directamente a los ojos.


Se notaba que era un joven preocupado por el buen trabajo.


- Es que soy escritor, me viene la inspiración a todas horas. – Le contesté alegre.


- Por mi como si eres el puto Conde Duque de Olivares carajo, no chilles tan alto, y quita las pequeñas, español de los cojones.-


...CONTINUARÁ...

martes, 21 de abril de 2009

La Cooperativa (II)


Nada más entrar, el visitante se topa con una oficina a la derecha de la puerta. La nave por dentro está llena de actividad, hay todo un ejército destacado de tractores y demás vehículos agrícolas de diversa consideración y función aparcados por todo el lugar, mientras una serie de operarios, enfundados en monos azules, arreglaban unos y probaban otros, el suelo era un festival cromático de manchas de grasa, restos de paja y algunos cartones viejos, mientras que aquel techo de chapa, imitación Uralita, dejaba colarse algunos rayos del sol por algunos agujerillos de la chapa y dejaba ver su estructura adintelada, de hierro forjado, que la hacía peculiar dentro de la arquitectura agrícola civil. Esto me inspiró, por un momento, tomar notas precipitadas en mi cuaderno de notas para realizar una futura tesis que llevaría el pomposo título de “Arquitectura agrícola en el suroeste peninsular: 1.953-2.012, la utilización de los Nuevos Materiales de Construcción en los pueblos de Ejtremaura”.


La oficina estaba habitada por cuatro auxiliares administrativo, todas mujeres, de diversa edad que ni siquiera me miraron a la cara cuando entré en la oficina con un misterioso Buenos Días como tarjeta de Presentación. Sólo cuando el pestazo a Thomas Burberry inundó aquel cuchitril de portafolios y papeleos varios, se atrevieron a alzar la cabeza, como conejos en la hierba ante un posible peligro, ante mi presencia. La Cadena Dial dominaba aquellos lares. Una señora de unos cincuenta años, con gafas de pasta negra y una sosa rebeca gris me echó una visual de arriba abajo, como lo haría un láser de un Ministerio.


- Dígame.-

- Venía por lo del anuncio…-

- Bien, Cartilla del Paro y DNI por favor.-


Inmediatamente se los di, y la funcionaria agrícola tomó nota en un enorme cuaderno sin dirigirme la palabra. Comencé a abrir mi portafolio, ilusionado ante la posible reacción que podría tener en aquella mujer cuando viera toda mi titulación, trabajo de largos años de estudio en el campo de la Educación


- Bien, arreglado. No necesito nada más. Gracias. – Me dijo secamente cerrándome ella misma el portafolio con mustia indiferencia.

- Empieza usted mañana mismo, aquí a las cinco de la mañana, para la “entresacá” de la ciruela. Los pagos son semanales, se anotan las horas trabajadas. Hay un paro para comer a las diez y media de la mañana y uno para comer a las cuatro. Se sale a las seis. No olvide traer esta identificación (que era una cartulina amarilla con mi nombre, DNI y un número, el 5374), y se la presenta al capataz, el Sr. Víctor Calderón, le llevan y le traen ellos de la finca.- Comentó mecánicamente sin levantar la vista de un portafolios.


En un principio me invadieron varios sentimientos a la vez. Quería explicarle a la mujer mis diversos meritos y me sentía frustrado ante su falta de empatía, pero por otro lado, había conseguido un trabajo, en apenas dos minutos y sin necesidad de abrir la boca. Este segundo sentimiento me llevó en milésimas de segundo a la euforia, y con un gracias y una inclinación de cabeza a la japonesa salí de la oficina, y le dirigí una última mirada al salir a aquella Capilla Sixtina agrícola, iluminada por los fluorescentes de mercurio amarillentos y los tenues rayos de sol que se colaban, gráciles, por aquel cielo gris de chapa.


Al salir, exhorté un eufórico “Hasta Mañana Compañeros” a ambos grupos de hombres que seguían allí, seguramente comentando anécdotas agrícolas, con severo gesto. Yo ya era uno de ellos. Estaba feliz de serlo. Ninguno de los dos grupos hizo muchos ademanes. Los marroquíes ni se inmutaron, y los ecuatorianos se limitaron a mirarme, quizás un tanto perplejos. Al llegar a la altura del Grajo Milenario, descubrí, sorprendido, que tenía las cuatro ruedas meadas.


- Ha sido un perro. – Me indicó con el bastón un simpático viejuno que vestía rebeca y camisa grises y un pantalón de pana de dudoso planchado, mientras sus vetustos congéneres agachaban la cabeza incapaces de aguantar la risa.

- Pues debía ser grande y la vejiga a reventar. – Comenté observando que las ruedas estaban meadas a casi el metro de altura, lo cual hizo que uno de los viejunos no se aguantara más la risa y se volteara sobre su propia espalda.


Aún así, contento, como suelo estarlo cuando me entra la primera absenta de la tarde, que debe ser como un trago directo de endorfinas, me despedí de ellos con un gesto leve de cabeza y arranqué el coche, cuando metí la primera, el descojono de los viejos ya era generalizado…


...CONTINUARÁ...

lunes, 20 de abril de 2009

La Cooperativa (I)


El anuncio en el periódico ofrecía incorporación inmediata, alta en la seguridad social el tiempo que durara la campaña y cinco euros la hora de trabajo. Como estoy bastante escaso de capital metálico, opté por acercarme a dicha cooperativa que ofertaba tan buenas expectativas: Luís Núñez S.L. Sagrajas (Badayork).


Llegué con buen ánimo. Para la ocasión me había puesto mis vaqueros Pull and Bear (31, 10 euros), nuevos zapatos de Springfield (39, 95 euros) y camisa verde Dustin (29, 55 euros), llevaba colonia Thomas Burberry (29, 95 euros) y estrenaba look con un rapado al 3, obra de Carlo´s (11, 95 euros). La empresa en cuestión está situada a las afueras del pueblo. Es una enorme nave industrial, con tejado de chapa imitación uralita que se asemejaba a un gran mar pacífico, tranquilo, de aluminio, parecido al que viera Balboa desde el istmo del Panamá, pero en gris. En la enorme puerta verde, dos tractores solitarios custodiaban la puerta y varios grupos de hombres charlaban animosamente en la puerta de aquel extraño hormiguero donde entraban y salían personas de tez oscura y piel trabajada por los duros rigores del campo ejtremeño. Otro grupo de parroquianos, encasquetados en sus boinas, observaban con recelo, desde una distancia prudencial, a los diversos grupos de aspirantes a empleo que se formaban poco a poco en la puerta de dicho paraíso, envidia del Inem. Junto a este grupo de autóctonos fui a aparcar el mítico Grajo Milenario, y con aire ufano les dediqué el saludo local, “Güüüeeeee-jé”, que fue apenas respondido con miradas de sorpresas y murmullos desconcertantes.


Una vez en la puerta, donde destacaba por mi animoso brío y por mi portafolio Carrefour (5,95 euros), donde almaceno mis diversos títulos académicos, me di cuenta de que había dos grupos principales de aspirantes: Uno formado por marroquíes y un segundo por ecuatorianos. Opté por acercarme al segundo para pedir información sobre a donde tenía que dirigirme para informarme sobre el empleo, y ellos, educados, pero quizás sorprendidos ante un rival de mi talla, me indicaron que entrara sin llamar en la puerta verde donde enseguida me atenderían. Con un caballeresco gesto de cabeza, les agradecí la información y me interné en Luis Núñez S.L.


...CONTINUARÁ...

sábado, 18 de abril de 2009

El Atraco al Tren.


La idea me vino de repente. En un flash. Mientras veía, medio dormido, “Centauros del Desierto” en un canal de televisión que solo emite películas del Oeste los fines de semana. Afuera llovía, y en un instante lo vi claro. Claro como el cielo de junio.


- ¡Se acabaron mis penalidades…!, exclamé extasiado ante la genial idea que había parido en el sofá, rodeado de chupitos vespertinos de absenta: Me voy a hacer cuatrero, o mejor aún: Salteador de Caminos.


Sin duda, era la mejor idea, con diferencia, que había tenido en los últimos tres meses. Después de estar toda la tarde viendo a John Wayne, y de hablar momentáneamente con un trasgo que se me presentó en la cocina intentándome vender un seguro de vida, se me había encendido la luz, como una bombilla incandescente, pura y divina, en alguna parte de mi privilegiado cráneo, y guiado sin duda, por los susurros de la inmortal Atenea, enemiga acérrima de la Logse y del Paracetamol, había alumbrado el futuro que me apartaría de mi actual situación económica, precaria y fronteriza de la pobreza. A mi no me valía eso de “Triste es de pedir, pero más triste es de robar”.


Con veinte euros que me había dado el día anterior una asistente social en el Comedor del Ayuntamiento, me dirigí ufano al chino de la avenida. Allí me agencié un chaleco, una pistola de pega que parecía de verdad, una badana para el cuello y un sombrero tejano. Con una sonrisa oriental a modo de despedida, presuroso me dirigí a casa para probarme mi adquisición. No era de El Corte Inglés, pero valdría para mis fines.


Una vez en casa. Consulté en Google, los horarios de trenes y autobuses entre Badayork y Emerita Augusta. El autobús me pareció más difícil de atracar porque tendría que cortar la autovía, y quizás, solo quizás, no lograría mi objetivo, Miré el horario de Diligencias, pero sólo quedan tres en activo en Ejtremaura de la compañía West Of Spain, una que hace el recorrido Zafra-Fuente de Cantos, otra entre Don Benito-Herrera del Duque y una tercera entre Trujillo-Coria. Como me caían un poco lejos, las descarté. Sin embargo, lo del tren lo vi factible. Salía a mediodía de Badayork, y dos horas y media después llegaba a Emerita Augusta. La distancia entre ambas localidades es de apenas 60 Km, lo que me hizo pensar que el tren, un viejo Talgo de la Segunda Republica alcanzaría los 35 Km/h en velocidad punta… Estaba decidido, atracaría el tren.


Esa noche dormí como un ángel, recuerdo que soñé con James Stewart que me decía: “Bien pensado muchacho, llegarás lejos…”. Al día siguiente, me personé vestido ya de Salteador de Caminos-Cuatrero, para ir ganando tiempo, en la cercana localidad de Valdelacalzada, donde alquilé un caballo por el módico precio de 30 euros el día. Eran las once y media de la mañana. A galope tendido me dirigí a un punto intermedio de la vía entre Badayork y Montijo. La dehesa estaba en calma. Los Indios del Guadiana cazaban búfalos por las inmediaciones de Gévora, y la Panzer Bellota, nuestra peculiar caballería, procedente del Cuartel de Botoa, hacía prácticas de tiro en un horizonte lejano. Me bajé de mi montura, cerca de unos cardos borriqueros, y até a mi caballo alquilado, “Happy Chacho” en un viejo tocón de encina.


Acerqué el oído a la vía, tal como había aprendido en las películas de John Ford. Las cigüeñas volaban bajo, y un pata negra se acercó a olisquearme momentáneamente. Pude sentir la vibración del Talgo acercarse, me ajuste las gafas, y a través de mis seis dioptrías pude comprobar que estaba a menos de 800 metros, venía a 25 Km/H, pero aún me daba tiempo para colocar a “Happy Chacho” en mitad de la vía. Eso los dejaría estupefactos y yo aprovecharía para llevarme las sacas de dinero de la Junta de Ejtremaura. Era un plan perfecto. Como diez minutos después, el Talgo recorrió los 800 metros, solo era una locomotora y un vagón plano con un tractor encima.


El maquinista paró el convoy, con enorme chirrido, pensé por momentos que se saldría de la vía y que mi actuación provocaría un colosal accidente, un descarrilamiento histórico. Yo, con mi badana tapándome la perilla, mi chaleco, mi sombrero tejano y mi pistola de pega, le grité: “¡¡Manos arriba, esto es un atraco, déme las sacas del dinero!!”.



Pero el funcionario o no me entendió bien, o era portugués o tenía poca ganas de ser atracado. Armado con una estaca de puro alcornoque, me molió los huesos a base de claros y certeros palos, (mientras yo le disparaba con la pistola de juguete diciendo “Piuun, piuun” para intimidarlo), echándome la culpa del posible retraso del tren a su destino y de la crisis económica, y de las tardes con su suegra… Cada palo era una metáfora de la desdicha del sujeto y “Happy Chacho”, que no quería compartir mi recién adquirida amistad se largo a velocidad de crucero, como el que no quiere la cosa, dirección Las Vegas del Guadiana mientras yo veía que quizás, pero solo quizás, atracar un tren, no era tan buena idea…