Viendo que no tenía muchas ganas de conversación y que estando parado me helaba por momentos, agarré el cubo y empecé a recoger los frutos más pequeños de cada ciruelo. Arrancaba entre ocho y catorce por cada árbol, sistemáticamente, y aún así no tenía narices de alcanzar a mis compañeros ecuatorianos que avanzaban con maestría por aquellos surcos terrosos, iluminados solo por la luna y las estrellas, apenas los oía murmurar, se movían como ninjas agrícolas por aquellos arbolitos, cargando sin quejarse con aquel cubo apestoso de plástico. A eso de las siete, yo estaba por rendirme, el sol ya había salido, tímidamente, y nos daba en toda la cara, pero el frío era aún persistente, y decidí descansar diez minutos para anotar mis impresiones literarias. Me dolían las manos, las tenía magulladas, rojas y secas, y en los pies comenzaba a notar las primeras ampollas, quizás porque los zapatos de Springfield no están hechos para el campo ejtremeño. No llevaba ni cuarenta segundos garabateando sensaciones con mi pilot negro en el cuadernillo de notas cuando el ecuatoriano, volvió hasta mi, en dos movimientos, como un caballo de ajedrez, y me recriminó:
- ¿Qué haces loco?, si te ve el capataz, te bota enseguida-
- Necesito descansar. ¿Cuándo comemos aquí?. Protesté sentado desde el suelo.
- Aún faltan tres horas, venga, levanta… Si el señor le da por venir y ve que la ciruela no está entresacada nos bota a todos…-
Con esfuerzo, me incorporé, y volví a recoger, una a una aquellas malditas ciruelas, como un zombi. Pronto me sobró el abrigo y lo dejé colgado en una rama, prometiéndole volver a por él una vez finalizada la misión. En aquel momento ya no era yo. Era un zombi recoge ciruelas, que arrastraba un cubo cada vez más pesado, y que seguía a un ecuatoriano por aquellas interminables hileras de diabólicos ciruelos. Ciruelos del demonio. Llevaba casi cuatro horas allí, pero ya no me parecía tan bucolico, ni inspirador, ni tan bello, el campo ejtremeño, el mundo agrícola.
Tenía las manos agrietadas, doloridas y magulladas, la espalda dolorida y los pies infestados de ampollas y llagas. Continuaba en pie por mi particular Vía Dolorosa, esperando un milagro, un rayo divino que fulminara aquella inmensa huerta ciruelil. Entonces, el señor Calderón, con tres perdices al cinto aparecería y nos diría a todos, a los ecuatorianos, marroquíes y a mi: “Chicos, se jodió la cosecha, cuando no es la helá, es el granizo, la sequía, la lluvia o, los rayos del mismísimo Zeus. Pero no os preocupéis, que os vamos a dar trescientos euros por el trabajo realizado…”. Pero aquello era ficción y aquel rayo no acababa de caer.
Sin embargo, mi mente no dejaba de maquinar situaciones absurdas en medio de aquel campo de ciruelos psicotrópicos. En algunas de ellas, yo era el portero de
Cuando llegaron las diez paramos a desayunar. Los ecuatorianos reían y bromeaban joviales mientras comían unas tortas y se servían cafés de termo. Yo era Gollum, que observaba a La Compañía en silencio, comiendo mis Fontaneda y bebiendo agua de Los Riscos. Las manos me iban a explotar y no sentía los pies. Tenía la espalda como un interrogante y no me apetecía escribir. Entonces llegó en un pequeño todo terreno el señor Calderón. Venía con buen ánimo y comenzó a charlar y a compartir chistes con los ecuatorianos. Con esfuerzo, me incorporé y le hice una señal para que se acercara. El señor Calderón se acercó con una media sonrisa hasta mi, me puso la mano en el hombro, y le susurré cabizbajo, agotado, derrotado: “No valgo para esto.” Entonces él me dio una palmada en el hombro donde descansaba la mano y me dijo: “No pasa nada”.
- Eduardo, hazme un favor, hazte cargo de su cubo. – Le dijo a un ecuatoriano que sorbía de un vaso de plástico.
Recogimos mi abrigo, y apesadumbrado, me dirigí con el señor Calderón hasta su todo terreno. “¡¡Adiós escritor!!”, gritó alguien a mis espaldas y todo el grupo rió feliz con mi partida. El señor Calderón se giró y les sonrió la gracia cómplice. En todo el camino de vuelta no me dijo nada, se reía de las ocurrencias matutinas de los tertulianos de Onda Cero. Ni siquiera miré por la ventanilla. Solo miraba mis manos, magulladas, secas y rojas. Al llegar a la puerta de la cooperativa, abrió su cartera y me dio un billete de 20 euros y uno de 5, y con una sonrisa me dijo: “Es normal, les ocurre a muchos, vuelve cuando quieras”, y con un apretón ligero de manos me despidió. Dormí el resto de la mañana, y me desperté avanzada la tarde…
Abril de 2.009








