Conocí a Missi en Las Vegas (Las Vegas del Guadiana). En un motel de carretera en algún punto entre Gévora y Montijo. Era la una y media de la madrugada, y me dio por conducir sin rumbo aparente. En el coche, desde un viejo Cd que funciona aún de milagro, Don Cherry y Martin Blanes me hablaban de brumas, de los ritmos solitarios de un jazz que no me canso de oír…
Estacioné en el parking delantero del motel, junto a otros vehículos, saqué mi petaca de absenta (ya sé que es una imprudencia, pero necesitaba un sorbito) y me quedé hierático, apoyado en el capo del Grajo Milenario (mi habitual vehiculo) observando, hipnótico, mi constelación, Orión, mientras echaba un trago (pequeñito).
- Son hermosas, ¿Verdad?.
- Lo son, contesté casi mecánicamente.
Observé a mi acompañante. Era una gata negra, no muy mayor, de un precioso pelaje y unos enormes ojos amarillos-verdosos que me miraba, curiosa, desde el soportal del motel.
- Los hombres no suelen venir por aquí a contemplar estrellas… Ronroneó acercándose a mí.
- Me imagino, le contesté con una media sonrisa.
- Me llamo Missi, susurró.
- Duncan. Duncan de Gross, le contesté con una media reverencia que la hizo guiñarme un ojo.
Missi me habló de ella, necesitaba que alguien la escuchase bajo aquel esplendido cielo. De sus ocho meses de existencia y la dura vida en el motel. Rodeada de gatos chulos e ignorantes que te meten una paliza porqué si. Ella hubiera ansiado otra vida mejor, quizás en
La animé. Era aún una gata joven y podía hacer realidad sus sueños, todos los gatos tienen un sueño, una misión en la vida. Después de aquello la invité a pasar unos días en casa. Estuvo diez días exactos conmigo, viviendo en el Patio-Lavadero, compartiendo anécdotas, copas, sueños, historias de un nostálgico pasado y esperanzas para un futuro incierto. Una mañana me pidió que la acercara de nuevo al motel de carretera. No pregunté. Missi es una gata joven, pero madura.
- Eres un buen tipo Duncan. Nadie se había portado jamás así conmigo. He sabido que es tener un amigo, una familia, por al menos diez días. Me he sentido querida. Tienes un camino que conduce a una estrella, no lo olvides.
Se dio media vuelta y se marchó. Mientras se iba, elegante, con su hermosa cola de negro y brillante pelaje erguida, le prometí volver y girándome, para que no me viera llorar, me dirigí al coche…







