
…La verdad es que la resaca de los domingos suele ser terrible. Michel y yo dormimos casi todo el día, y no solemos mover mano, pata o cabeza hasta las siete de la tarde. Pero hoy ha sido diferente. Tras una larga noche de tertulia, que versó entre otras coisas sobre los cuadros de Francis Picabia y la influencia de los postulados de Jung en nuestros lideres actuales, aderezadas por un gran número de chupitos de absenta, licores de bellota, martinis y algunos Bloody Mary que se echó Michel, mientras oíamos lo último de Herbie Hancock, acabamos abrazados el uno al otro sobre las seis de la mañana, en un estado lamentable, pero ya rutinario…
Soñaba con los Campos Eliseos, donde Thanatos jugaba al domino con Michel II de Gato, cuando de repente un súbito ruido, un estruendo ensordecedor de timbales y tambores ha invadido la Avenida entera. Con un hilillo de baba en la comisura de los labios y con una veintena de helicópteros sobrevolando mi parieto-occipital, he conseguido levantarme del sofá, desplazando a Michel IV de Gato que dormía boca arriba y con los ojos medio abiertos.
Al incorporarme, el cuerpo borracho de Michel (si le hubiera prendido fuego en ese momento, hubiera ardido como una tea tres días con sus tres noches como una pira funeraria) ha caído a saco al suelo pegajoso habitado por libros, revistas, vasos de chupitos y un sinfín de restos más que debemos limpiar un día de estos. Quién os diga que los gatos siempre caen de pie, nunca han visto a un gato con resaca, porque Michel apenas se ha podido incorporar mientras juraba en arameo y se acercaba, a mi vera, a la ventana del Salón en busca del origen de semejante ruido atroz, terrible y dominguero que ha osado sacarnos de nuestro merecido sopor…
Al asomarnos por la ventana hemos podido contemplar todo un desfile de colores, larguísimos y vistosos dragones de papel y músicos orientales que con forzadas sonrisas portaban una pancarta en la se podía leer: “Feliz Año, Feliz 4.707, Feliz Año del Buey”, y unos garabatos más, ininteligibles, escritos por algún médico, seguramente chino. Las personas que asistían a tan escandaloso desfile parecían estar pasándolo bien, aplaudían y movían al viento banderas de la democrática y envidiable China…
Estupefactos, nos hemos vuelto a echar en el sofá, huyendo de tanto jubilo que lo único que hacía era taladrarnos la cabeza e invitarnos a visitar el W.C o el Arenero real instalado en el Patio-Lavadero, según la raza del necesitado, y no sé cuanto tiempo hemos estado así, los dos en silencio, con fatal sabor de boca y combatiendo los efectos secundarios de las tertulias nocturnas, hasta que Michel ha ronroneado: “…Feliz 4.707…¿Cuánto tiempo hemos dormido?”, y yo me he levantado a prepararle un café bien cargado…











