
Hola Amiguetes, hoy volvía de comprar el pan, cuando he reparado, quijotescamente alucinado, en la apertura de un restaurante chino en la avenida que habito. Curioso, como buen amigo de gato que soy, he asomado la testa, intentando intuir este nuevo y sorprendente mundo culinario, inhóspito, que se abre ante mí. Me he sentido como alguno de aquellos, mis antepasados portugueses, arribando a las costas del nuevo mundo del Este, buscando la seda o lo primero que se dejara pillar…
Bajo un enorme letrero de letras doradas con el lema “Restaurante Chino: Gran Hermano”, se me abría la puerta al nuevo universo, a la nueva dimensión… Había un sinfín de sillas y mesas de manteles blancos, impolutos. Un cuadro más grande que “Las Meninas”, con un bucólico estanque reinado por dos grullas, residía en la pared que daba la bienvenida a los futuros comensales. Los habitantes de dicho lugar, sonrientes, parecían celebrar la inauguración del nuevo “Bulli” chino, eran unos 9 o 10 Arguiñanos de ojos rasgados, y pronto repararon en mi pan bajo el brazo, mis chanclas azules de Carrefour, mi camiseta de Kukuxumusu donde aparece una oveja disfrazada de lobo, mis gafas de diario y mis bermudas multicolor.
Seguramente no es la idea que tendrían ellos de un descubridor portugués, pero al fin y al cabo, nunca habían visto uno y estaban encantados con mi presencia. Me sonreían y saludaban amigablemente, al fondo una chica saltaba a la pértiga en un televisor de plasma.
Mi primera reacción fue, como es lógico (cualquiera en mi lugar lo haría), gritar: “Free Tibet!!”, y quemar alguna bandera o quemarme a mi mismo a lo bonzo en acto de protesta por la escasa puesta en práctica de los Derechos Humanos en la cuna de estos nuevos, afables, y la vez inquietantes, vecinos comunitarios.
Pero, por milésimas de segundo, me lo pensé, ya que entre Michel IV de Gato y yo, acumulamos varias referencias y entrevistas en el último mes y medio en los periódicos locales, por diversos actos y “perfomances” (también llamados “escándalos”) que la gente no alcanza a comprender del todo, y no se trata de estar siempre en la cresta de la información veraz y objetiva. Aparte que a Michel pueden cortarle la suscripción a la “Revista Literaria”, ya lleva dos avisos.
En esos pensamientos andaba, cuando uno de estos habitantes de este nuevo cubil culinario, se acercó a mi, sonrisa casi arcaica, como una Korai griega pero con peplo oriental, y me ofrece un vasito de un licor verde-Fairy, mientras pronuncia en un castellano desenfocado: “Nuevo local, nuevo local…”.
Llegados aquí, mis pensamientos cambiaron por completo, fue un giro total, me sentí un nuevo Colón, un afortunado entre aquellos nativos asiáticos…
Y tras 5 chupitos de esos, les hablé, y les hablé sobre los guerreros de terracota de Xi´am, sobre las 7 provincias chinas y su unificación, sobre las dinastías Qin y Han, sobre el Nobel de Literatura y también artista, Gao Xingjian, sobre los artistas contemporáneos chinos como Xiao Xian Liu, Kung Yu Lien… Sobre como Genghis Khan les tocó la murallita hace ya mil años, sobre la pólvora, y las cometas, y la tinta, sobre lo que me había gustado el acto de inauguración de las Olimpiadas…
Mientras ellos, felices, me escuchaban interesados, aunque yo leía en sus ojos, que no entienden de idiomas: “Nos ha entrado el idiota del barrio…”.
…Y hubiera seguido, y seguido, sino fuera porqué con el sexto chupito, el Colón Irritable despertó, como un gran dragón chino surcando, y bramando, en lo más profundo de mi abdomen; y con sonrisas y meneos de cabeza, y con la promesa de que volveré pronto (lo cual provocó un “rictus” de felicidad en sus expresiones), me largué satisfecho del trabajo bien realizado, con mi pan bajo el brazo, hacía mi W.C, dejando a mis amigos orientales más pensativos de lo que me los había encontrado…















