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martes, 21 de abril de 2009

La Cooperativa (II)


Nada más entrar, el visitante se topa con una oficina a la derecha de la puerta. La nave por dentro está llena de actividad, hay todo un ejército destacado de tractores y demás vehículos agrícolas de diversa consideración y función aparcados por todo el lugar, mientras una serie de operarios, enfundados en monos azules, arreglaban unos y probaban otros, el suelo era un festival cromático de manchas de grasa, restos de paja y algunos cartones viejos, mientras que aquel techo de chapa, imitación Uralita, dejaba colarse algunos rayos del sol por algunos agujerillos de la chapa y dejaba ver su estructura adintelada, de hierro forjado, que la hacía peculiar dentro de la arquitectura agrícola civil. Esto me inspiró, por un momento, tomar notas precipitadas en mi cuaderno de notas para realizar una futura tesis que llevaría el pomposo título de “Arquitectura agrícola en el suroeste peninsular: 1.953-2.012, la utilización de los Nuevos Materiales de Construcción en los pueblos de Ejtremaura”.


La oficina estaba habitada por cuatro auxiliares administrativo, todas mujeres, de diversa edad que ni siquiera me miraron a la cara cuando entré en la oficina con un misterioso Buenos Días como tarjeta de Presentación. Sólo cuando el pestazo a Thomas Burberry inundó aquel cuchitril de portafolios y papeleos varios, se atrevieron a alzar la cabeza, como conejos en la hierba ante un posible peligro, ante mi presencia. La Cadena Dial dominaba aquellos lares. Una señora de unos cincuenta años, con gafas de pasta negra y una sosa rebeca gris me echó una visual de arriba abajo, como lo haría un láser de un Ministerio.


- Dígame.-

- Venía por lo del anuncio…-

- Bien, Cartilla del Paro y DNI por favor.-


Inmediatamente se los di, y la funcionaria agrícola tomó nota en un enorme cuaderno sin dirigirme la palabra. Comencé a abrir mi portafolio, ilusionado ante la posible reacción que podría tener en aquella mujer cuando viera toda mi titulación, trabajo de largos años de estudio en el campo de la Educación


- Bien, arreglado. No necesito nada más. Gracias. – Me dijo secamente cerrándome ella misma el portafolio con mustia indiferencia.

- Empieza usted mañana mismo, aquí a las cinco de la mañana, para la “entresacá” de la ciruela. Los pagos son semanales, se anotan las horas trabajadas. Hay un paro para comer a las diez y media de la mañana y uno para comer a las cuatro. Se sale a las seis. No olvide traer esta identificación (que era una cartulina amarilla con mi nombre, DNI y un número, el 5374), y se la presenta al capataz, el Sr. Víctor Calderón, le llevan y le traen ellos de la finca.- Comentó mecánicamente sin levantar la vista de un portafolios.


En un principio me invadieron varios sentimientos a la vez. Quería explicarle a la mujer mis diversos meritos y me sentía frustrado ante su falta de empatía, pero por otro lado, había conseguido un trabajo, en apenas dos minutos y sin necesidad de abrir la boca. Este segundo sentimiento me llevó en milésimas de segundo a la euforia, y con un gracias y una inclinación de cabeza a la japonesa salí de la oficina, y le dirigí una última mirada al salir a aquella Capilla Sixtina agrícola, iluminada por los fluorescentes de mercurio amarillentos y los tenues rayos de sol que se colaban, gráciles, por aquel cielo gris de chapa.


Al salir, exhorté un eufórico “Hasta Mañana Compañeros” a ambos grupos de hombres que seguían allí, seguramente comentando anécdotas agrícolas, con severo gesto. Yo ya era uno de ellos. Estaba feliz de serlo. Ninguno de los dos grupos hizo muchos ademanes. Los marroquíes ni se inmutaron, y los ecuatorianos se limitaron a mirarme, quizás un tanto perplejos. Al llegar a la altura del Grajo Milenario, descubrí, sorprendido, que tenía las cuatro ruedas meadas.


- Ha sido un perro. – Me indicó con el bastón un simpático viejuno que vestía rebeca y camisa grises y un pantalón de pana de dudoso planchado, mientras sus vetustos congéneres agachaban la cabeza incapaces de aguantar la risa.

- Pues debía ser grande y la vejiga a reventar. – Comenté observando que las ruedas estaban meadas a casi el metro de altura, lo cual hizo que uno de los viejunos no se aguantara más la risa y se volteara sobre su propia espalda.


Aún así, contento, como suelo estarlo cuando me entra la primera absenta de la tarde, que debe ser como un trago directo de endorfinas, me despedí de ellos con un gesto leve de cabeza y arranqué el coche, cuando metí la primera, el descojono de los viejos ya era generalizado…


...CONTINUARÁ...

lunes, 20 de abril de 2009

La Cooperativa (I)


El anuncio en el periódico ofrecía incorporación inmediata, alta en la seguridad social el tiempo que durara la campaña y cinco euros la hora de trabajo. Como estoy bastante escaso de capital metálico, opté por acercarme a dicha cooperativa que ofertaba tan buenas expectativas: Luís Núñez S.L. Sagrajas (Badayork).


Llegué con buen ánimo. Para la ocasión me había puesto mis vaqueros Pull and Bear (31, 10 euros), nuevos zapatos de Springfield (39, 95 euros) y camisa verde Dustin (29, 55 euros), llevaba colonia Thomas Burberry (29, 95 euros) y estrenaba look con un rapado al 3, obra de Carlo´s (11, 95 euros). La empresa en cuestión está situada a las afueras del pueblo. Es una enorme nave industrial, con tejado de chapa imitación uralita que se asemejaba a un gran mar pacífico, tranquilo, de aluminio, parecido al que viera Balboa desde el istmo del Panamá, pero en gris. En la enorme puerta verde, dos tractores solitarios custodiaban la puerta y varios grupos de hombres charlaban animosamente en la puerta de aquel extraño hormiguero donde entraban y salían personas de tez oscura y piel trabajada por los duros rigores del campo ejtremeño. Otro grupo de parroquianos, encasquetados en sus boinas, observaban con recelo, desde una distancia prudencial, a los diversos grupos de aspirantes a empleo que se formaban poco a poco en la puerta de dicho paraíso, envidia del Inem. Junto a este grupo de autóctonos fui a aparcar el mítico Grajo Milenario, y con aire ufano les dediqué el saludo local, “Güüüeeeee-jé”, que fue apenas respondido con miradas de sorpresas y murmullos desconcertantes.


Una vez en la puerta, donde destacaba por mi animoso brío y por mi portafolio Carrefour (5,95 euros), donde almaceno mis diversos títulos académicos, me di cuenta de que había dos grupos principales de aspirantes: Uno formado por marroquíes y un segundo por ecuatorianos. Opté por acercarme al segundo para pedir información sobre a donde tenía que dirigirme para informarme sobre el empleo, y ellos, educados, pero quizás sorprendidos ante un rival de mi talla, me indicaron que entrara sin llamar en la puerta verde donde enseguida me atenderían. Con un caballeresco gesto de cabeza, les agradecí la información y me interné en Luis Núñez S.L.


...CONTINUARÁ...

sábado, 18 de abril de 2009

El Atraco al Tren.


La idea me vino de repente. En un flash. Mientras veía, medio dormido, “Centauros del Desierto” en un canal de televisión que solo emite películas del Oeste los fines de semana. Afuera llovía, y en un instante lo vi claro. Claro como el cielo de junio.


- ¡Se acabaron mis penalidades…!, exclamé extasiado ante la genial idea que había parido en el sofá, rodeado de chupitos vespertinos de absenta: Me voy a hacer cuatrero, o mejor aún: Salteador de Caminos.


Sin duda, era la mejor idea, con diferencia, que había tenido en los últimos tres meses. Después de estar toda la tarde viendo a John Wayne, y de hablar momentáneamente con un trasgo que se me presentó en la cocina intentándome vender un seguro de vida, se me había encendido la luz, como una bombilla incandescente, pura y divina, en alguna parte de mi privilegiado cráneo, y guiado sin duda, por los susurros de la inmortal Atenea, enemiga acérrima de la Logse y del Paracetamol, había alumbrado el futuro que me apartaría de mi actual situación económica, precaria y fronteriza de la pobreza. A mi no me valía eso de “Triste es de pedir, pero más triste es de robar”.


Con veinte euros que me había dado el día anterior una asistente social en el Comedor del Ayuntamiento, me dirigí ufano al chino de la avenida. Allí me agencié un chaleco, una pistola de pega que parecía de verdad, una badana para el cuello y un sombrero tejano. Con una sonrisa oriental a modo de despedida, presuroso me dirigí a casa para probarme mi adquisición. No era de El Corte Inglés, pero valdría para mis fines.


Una vez en casa. Consulté en Google, los horarios de trenes y autobuses entre Badayork y Emerita Augusta. El autobús me pareció más difícil de atracar porque tendría que cortar la autovía, y quizás, solo quizás, no lograría mi objetivo, Miré el horario de Diligencias, pero sólo quedan tres en activo en Ejtremaura de la compañía West Of Spain, una que hace el recorrido Zafra-Fuente de Cantos, otra entre Don Benito-Herrera del Duque y una tercera entre Trujillo-Coria. Como me caían un poco lejos, las descarté. Sin embargo, lo del tren lo vi factible. Salía a mediodía de Badayork, y dos horas y media después llegaba a Emerita Augusta. La distancia entre ambas localidades es de apenas 60 Km, lo que me hizo pensar que el tren, un viejo Talgo de la Segunda Republica alcanzaría los 35 Km/h en velocidad punta… Estaba decidido, atracaría el tren.


Esa noche dormí como un ángel, recuerdo que soñé con James Stewart que me decía: “Bien pensado muchacho, llegarás lejos…”. Al día siguiente, me personé vestido ya de Salteador de Caminos-Cuatrero, para ir ganando tiempo, en la cercana localidad de Valdelacalzada, donde alquilé un caballo por el módico precio de 30 euros el día. Eran las once y media de la mañana. A galope tendido me dirigí a un punto intermedio de la vía entre Badayork y Montijo. La dehesa estaba en calma. Los Indios del Guadiana cazaban búfalos por las inmediaciones de Gévora, y la Panzer Bellota, nuestra peculiar caballería, procedente del Cuartel de Botoa, hacía prácticas de tiro en un horizonte lejano. Me bajé de mi montura, cerca de unos cardos borriqueros, y até a mi caballo alquilado, “Happy Chacho” en un viejo tocón de encina.


Acerqué el oído a la vía, tal como había aprendido en las películas de John Ford. Las cigüeñas volaban bajo, y un pata negra se acercó a olisquearme momentáneamente. Pude sentir la vibración del Talgo acercarse, me ajuste las gafas, y a través de mis seis dioptrías pude comprobar que estaba a menos de 800 metros, venía a 25 Km/H, pero aún me daba tiempo para colocar a “Happy Chacho” en mitad de la vía. Eso los dejaría estupefactos y yo aprovecharía para llevarme las sacas de dinero de la Junta de Ejtremaura. Era un plan perfecto. Como diez minutos después, el Talgo recorrió los 800 metros, solo era una locomotora y un vagón plano con un tractor encima.


El maquinista paró el convoy, con enorme chirrido, pensé por momentos que se saldría de la vía y que mi actuación provocaría un colosal accidente, un descarrilamiento histórico. Yo, con mi badana tapándome la perilla, mi chaleco, mi sombrero tejano y mi pistola de pega, le grité: “¡¡Manos arriba, esto es un atraco, déme las sacas del dinero!!”.



Pero el funcionario o no me entendió bien, o era portugués o tenía poca ganas de ser atracado. Armado con una estaca de puro alcornoque, me molió los huesos a base de claros y certeros palos, (mientras yo le disparaba con la pistola de juguete diciendo “Piuun, piuun” para intimidarlo), echándome la culpa del posible retraso del tren a su destino y de la crisis económica, y de las tardes con su suegra… Cada palo era una metáfora de la desdicha del sujeto y “Happy Chacho”, que no quería compartir mi recién adquirida amistad se largo a velocidad de crucero, como el que no quiere la cosa, dirección Las Vegas del Guadiana mientras yo veía que quizás, pero solo quizás, atracar un tren, no era tan buena idea…

jueves, 16 de abril de 2009

Los Diez Mil


… Serán diez mil individuos. Cuatro mil hombres y seis mil mujeres, de distintas edades comprendidas entre los 16 y los 40 años. Razas, profesiones, lugares de origen e idiomas que hablan, así como rasgos culturales corren por cuenta de la Comisión Humana


- ¿Sólo diez mil individuos?, diez mil individuos… - Musitó el Presidente de la Comisión Humana.


- Si, Señor Huggman, asintió el Capitán Suárez de las Fuerzas de Intervenciones Especiales. Los Faultfull han sido muy claros en este punto, de hecho han insistido mucho en ello, ahora la pelota está en nuestro tejado…


La mirada de Huggman, Presidente de la Comisión Humana, volaba ausente, huidiza, por los diversos monitores de la habitación, un pequeño robot entró y dejó una serie de expedientes junto a su mesa, pero ninguno de los dos hombres les prestó la menor intención.


- Es comprensible, susurró finalmente Huggman, el planeta hace cientos de años que se muere. Estamos sin apenas recursos, la superpoblación humana ha acabado con ríos, especies y nuestros mares son auténticos basureros muertos de vida, nuestra atmósfera está prácticamente agotada… Sin ayuda de los Faultfull, que poseen la tecnología, la raza humana está condenada a la extinción, pero… ¿Porqué sólo diez mil?, sabemos que HDA-80 es un planeta cuatro veces más grande que la Tierra


- Precisamente por eso Señor, replicó Suárez, para darle una oportunidad al planeta. Sabemos de HDA-80 que sólo tiene 2000 especies animales conocidas, entre insectos, mamíferos (si se les puede llamar mamíferos), vertebrados e invertebrados… Es un planeta recién nacido, con una magnifica atmósfera, respirable, en expansión… Los Faultfull aseguran que más humanos afectarían al desarrollo de HDA-80… Siendo empáticos, hasta es razonable, al menos sabemos que los recursos mineros son extraordinarios, confirmada la presencia abundante de agua y bosques de…llamémosles árboles… Ríos y cadenas montañosas. Sus 14 mares conocidos son, de hecho, de agua dulce y con una fauna y flora interesante…


- Debe ser un paraíso, sin duda, soñó Huggman.


- Lo es, Señor… Pero aún hay más… Los Faultfull se niegan a que los humanos se lleven tecnología a HDA-80…


- ¿Cómo?, tronó Huggman, ¿Y cómo quieren que esos diez mil sobrevivan en un planeta nuevo e inhóspito?, ¡Es impensable!.


- Quieren que los elegidos empiecen de cero, se acabaran los vínculos culturales, históricos y tecnológicos relacionados con la Tierra. Mientras nosotros nos pudrimos con nuestra tecnología, en una agonía brutal que acabará pronto con el planeta, ellos tendrán la oportunidad de comenzar de nuevo, con sus recuerdos, los recursos ofrecidos por HDA-80 y sus capacidades deberán comenzar una nueva civilización. Es posible que comiencen prácticamente en la Edad del Hierro, pero pronto avanzarán, ya sea utilizando sus conocimientos, o simplemente volviendo a redescubrir lo que ya sabemos…


- Si la humanidad hubiera hecho un uso razonable del planeta, no habríamos llegado a esta situación, se lamentó Huggman sentándose en la silla térmica, los diversos monitores emitían guerras, hambrunas y destrucción.


- Ya no tenemos tiempo para lamentarnos, Señor… La Comisión Humana tendrá que hacer un estudio discreto, y rápido, de los elegidos. La nave Faultfull los recogerá dentro de dos semanas, a todo el grupo, en un punto aún no determinado del desierto del Sahara… Es una nueva oportunidad para la humanidad, un nuevo comienzo… Una bocanada de aire más para los humanos, de al menos varios miles de años…


- …Mientras los demás, nosotros entre ellos, Capitán Suárez, moriremos con el planeta, junto a los millones de ignorantes que desconocen la existencia de los Faultfull, y de un nuevo planeta en una galaxia lejana, entre las estrellas… Moriremos por los errores de nuestros antepasados…


- …Y por los nuestros propios, agregó Suárez, y con un gesto marcial se retiró de la Sala Principal del Presidente Huggman, mientras uno de los monitores anunciaba un nuevo desastre ecológico, otro una guerra en Europa y un tercero un niño muerto junto a una orilla sucia…


Junio 2.005



P.D: "Los Diez Mil" es uno de esos "Relatos Inauditos" manuscritos que tenía olvidado por una de esas carpetas atestadas de dibujos, poemas y pequeños relatos que me gustaría alguna vez sacar a la luz. Lo escribí hace cuatro años, inspirándome a la vez en un relato corto de Isaac Asimov de su libro "Compre Jupiter", y ayer al ver una película taquillera en el cine, exclamé: "¡¡Pero si esto mismo lo escribí yo hace un tiempo!!", y al volver, me tiré un par de horas removiendo trastos hasta que dí con él. Espero que os guste.

lunes, 13 de abril de 2009

Pintoras Surrealistas



…Pocas veces se habla de la mujer como artista a lo largo de la Historia del Arte, algo que es un craso error, que aún hoy no alcanzo a comprender. Entre las miles de mujeres artistas que nos dejó el S.XX, hay muchísimas que merece la pena rescatar, y que desgraciadamente, han sido relegadas del puesto que deberían ocupar en la Historia del Arte por compañeros varones que no les alcanzaban, artísticamente hablando, ni a la suela de los zapatos…



A mi, personalmente, me llama mucho la atención, el grupo de pintoras surrealistas, como Maruja Mallo, Remedios Varo, Leonor Fini, Dorothea Tanning o Leonora Carrigton, entre otras, las cuales suelen estar perdidas en referencias bibliográficas, siempre escasas, más propias de la arqueología, ya que leer algo sobre ellas, contemplar una obra o visitar una exposición de las mismas es como redescubrir Troya, sin ir más lejos…


Es posible que a muchos si le dices: Surrealismo y pintora, relacionen inmediatamente estas dos palabras, mentalmente, con Frida Kahlo. Pero al ahondar, también vemos como en el imaginario popular, la propia Frida es otra gran desconocida, a la sombra de su admirado Diego Rivera.



Pero mi objetivo con este post no es dar una clase magistral de ninguna de ellas, huyo siempre que puedo de esos absurdos soliloquios. Mi idea es más sencilla, es simplemente crear con este post, una primera pauta para despertar vuestra curiosidad por ellas. Os animaría a que ahora que os he dado ese pequeño empujón, a la hora de pensar en surrealismo, también lo hagáis teniendo en cuenta este grupo de mujeres, cuando veáis y contempléis algunas de sus obras, os admirareis irremediablemente, pues son puro arte…



P.D: Aún así, no descarto en el futuro dedicarles, individualmente, algún post…

jueves, 9 de abril de 2009

No tienes el Dengue Duncan...


- - No tienes el Dengue Duncan… Me aseguró severo Asclepio, mi medico de cabecera.


- - ¿Seguro Doctor?, le pregunté preocupado… Es que viendo el último capitulo de House describían los síntomas y yo juraría que…


- - Te prohíbo ver House, me cortó Asclepio. Te lo he dicho mil veces: Nada de House, ni de Urgencias, ni de Hospital Central… Que después vienes aquí al día siguiente con todos los síntomas… Todo es psicosomático Duncan, ya deberías saberlo…


- Ya… musité no muy convencido… De todas maneras, si tomara algo o me vacunara contra el Dengue tampoco me haría mal, ¿No?, reflexioné.


- …Venga Duncan, fuera de mi consulta, no puedo perder más el tiempo, no tienes el Dengue, y la semana pasada tampoco tenías Osteoporosis…


- ¿Seguro?, fíjese que a mi aún me duele todo, comenzó por la mandíbula y…


- Venga Duncan, me has convencido, me contestó Asclepio un poco morado. Tómate dos de estas por las mañanas después del desayuno durante una semana y se te quitará el Dengue… Y me puso en la palma de la mano una caja de pastillas Juanola…


- ¿Y la osteoporosis?, protesté.


- …Que sean tres después del desayuno, y amablemente me empujo hasta la puerta de la consulta y cerró la puerta tras de mi antes de que pudiera preguntar nada más…

martes, 7 de abril de 2009

En el banco de la Avenida...


La ví desde la misma ventana desde donde Michel IV de Gato me contaba aquellas maravillosas historias que de las que él mismo era testigo, cuando yo llegaba de trabajar, harto de tornillos y clientes, y me sentaba junto a él… Era una joven hermosa, rubia con el pelo recogido en un simpático e informal moño, vestía falda larga y una camisa a juego, lila, sin apenas mangas, llevaba gafas de pasta azul y sentada en uno de los bancos de la avenida, hojeaba un periódico, con aires intelectuales, sin prestar atención ni siquiera a Sísifo que arrastraba su mastodóntica maleta dirección al autobús número 11…



Sentí curiosidad por ella y decidí bajar para observarla, sentarme junto a ella, quizás un acto demasiado temerario. Mi intención no era asustarla, yo solo quería que alguien me escuchara, quería hablarle de Schopenhauer y de cómo influyó en mi vida, más que Freud, más que Jung y más que mi ídolo de la infancia, Immanuel Kant, al que ya sólo recordaba, ingenuamente, con una mueca en la boca.



Al salir del ascensor, observé como Amparo, la Esfinge del Rellano, mantenía inmovilizado al cartero, le había propuesto un enigma, sencillo, cuya respuesta era “Constantinopla”, pero el pobre funcionario temblaba de miedo ante la esfinge y aún no se había pronunciado…



Llegué a la calle y la busqué con la mirada. Un grifo pasó volando justo por encima de mi cabeza, lanzando graznidos mientras entre sus poderosas garras llevaba la mitad de una oveja, procedente posiblemente de Las Vegas del Guadiana, dirección al campanario de la iglesia. Ella, la chica rubia con pinta intelectualoide, seguía sentada en aquel banco, leyendo absorta la prensa. Como un felino me acerqué a ella, no me vio llegar y con un “Hola” me senté a su lado. Mi inhóspita presencia pareció turbar su tranquilidad. Alzó la mirada y me miró directamente a los ojos, como para sondearme, pude ver que los tenía de un azul celeste, preciosos, como un azul de mayo sobre un olivar, un azul de mar milenario que te invita a que te relajes en sus playas…



En ese instante se me olvidó Schopenhauer. Parece mentira, pero se me olvidó la metafísica de lo bello del gran alemán. Sólo podía pensar en aquellos ojos hipnóticos que, curiosos, me taladraban, y bueno, en la arquitectura del siglo XIX, la Escuela de Chicago, Richardson, Sullivan y todos aquellos arquitectos del hierro y de la praxis urbanística, también en “Los Cuatrocientos Golpes” de Truffaut… Pero no me pareció un tema adecuado de conversación.



“Buenos Días” me contestó, tras unos eternos segundos de análisis e incertidumbre. Supongo que habría llegado a la conclusión de que no era un tipo peligroso. Y volvió a su lectura de la prensa.


- “Últimamente son todo malas noticias…”, comenté un tanto jovial.



Ella levantó de nuevo la vista y me miró tras sus gafas de pasta azul que hacía juego con sus ojos, y que, ahora que me fijaba, conjuntaban bien con su vestimenta.


- Yo busco trabajo. No leo las noticias. Me han despedido la semana pasada. Pero lo poco que hay no me interesa… Musitó.


- Yo también estoy en paro, comenté, tampoco encuentro trabajo, dije un poco avergonzado y miré al suelo, tratando de evitar sus ojos…


- Vaya, lo siento…, murmuró, y volvió a su lectura,…¿En que trabajabas?...


- Era ferretero…, comenté con la vista aún clavada en el suelo gobernado por chicles secos, restos de pipas y colillas de cigarrillos, …Por cierto, me llamó Duncan, Duncan de Gross, dije mirando la portada del periódico donde un sonriente Obama prometía un mundo sin armas nucleares…


- Yo era camarera, siempre he trabajado de camarera o de trabajadora social, echando una manita aquí y allí…, comentó pasando la página de los anuncios, …Hasta la semana pasada en que un chavalito joven y sin experiencia llegó y me quitó el trabajo, así sin más…, dijo tranquila,… Y el Gran Jefe me dijo: Hebe, recoge tus cosas que a partir de ahora Ganímedes se hace cargo de todo…


- Uff, ahora es que sólo quieren gente joven y sin experiencia, le dije usando toda mi empatía posible.


Entonces ella cerró el periódico, se giró hacía mi y comentó: “Claro, tienes razón, pero si es lo que yo le digo a todo el mundo…”, y continuamos hablando mientras yo volvía a pensar en Schopenhauer…

domingo, 5 de abril de 2009

Agorafobia


… Al tipo lo atracaron una noche de 1.986, cuando regresaba de madrugada a casa tras haber cumplido con la boheme de la ciudad.

Dos tipos, a ochocientos de su casa se llevaron lo poco que no se había gastado en las tertulias nocturnas de la movida, se intentaron propasar con él mientras una navaja de mariposa, ubicada en su pescuezo, le recordaba que no se moviera y finalmente lo despidieron con una esclarecedora tunda a base de hostias matutinas.

Después de aquello solo salió de casa para poner una denuncia y visitar al psicólogo durante seis meses. Nunca cogieron a aquellos tipos. Era de prever y él no volvió a trabajar. No recuerdo en que trabajaba, pero sé que de los doce meses que tiene el año, nueve eran de puro anonimato y de pertinaz ahorro, y los otros tres se los fundía en Marbella, a tutti plein, junto a Jaime de Mora y Aragón y Gunilla Von No sé Qué, como secundario experto en protocolo de aquella farándula de circo mediático que fue Marbella en los ochenta, junto a jeques, putas y viciosos, y demás Niños de Coria y Bufones Velazqueños que protagonizaban las portadas de las revistas de la época, antes de que Gil institucionalizara la caspa y el circo de funambulistas, saltimbanquis , caraduras, corruptos e hijos de puta de diversa ralea. “Las personas decentes me asustan”, bromeaba mientras daba una calada.


Era un tipo culto, inteligente y fumaba Fortuna, un paquete al día, no más, hasta aquella madrugada de 1.986, tras la cual, decidió encerrarse en casa, y no volver a salir nunca más, humillado, avergonzado, resentido y temeroso. Cortó radicalmente con todo. Con su trabajo y su vida, su pasado de gente guapa y falsa marbellí, con su futuro como acompañante protocolario de guiris afortunados… “Agorafobia” le dijo el psicólogo, mientras el cielo le pesaba cada vez más. “Miedo”, le susurró, y el aire era granito a su alrededor, y asumió su nueva situación con estoica disciplina, sin chistar, con la mirada y el pensamiento perdidos en la Marbella de los ochenta, en las cenas sociales de diplomáticos, en la llegada veraniega de los árabes, y en las excentricidades de la villa andaluza, y sin volver a asomarse a la ventana…


Se agenció una radio de dos pilas, su único cordón umbilical con el mundo exterior, y hace poco cumplió setenta años. Sólo, enfermo y arruinado. En los últimos 25 años sólo ha salido de casa una docena de veces, y no por más de una hora, ni siquiera fue al entierro de su amigo Jaime…


P.D: “Agorafobia” forma parte de mis “Relatos Inauditos”, y sin embargo esta basado en una historia real. Todo en “Agorafobia” es real, los hechos, el personaje… El tipo era una especie de “Josemi”, parecido tanto físico como mental, que fue mi vecino hasta el año 2.000. Ni siquiera recuerdo como se llama. Nueve meses del año era un completo anónimo en Badayork, que es donde reside actualmente, y los tres meses de verano cumplía como una estrella con luz propia con la farándula Marbellí. Esta fue su vida desde principios de los setenta hasta aquel año 86… Creí interesante esbozarla, pincelarla con brochazos cortos pero intensos, y así nació el relato “Agorafobia”, tan verídico como él… (Es el único caso de Agorafobia que he conocido por cierto…)

jueves, 2 de abril de 2009

La Estatua de la Libertad


La votación fue unánime. El Ayuntamiento había decidido colocar una replica de la Estatua de la Libertad en Badayork, como gesto de hermanamiento entre los dos países que siempre han vivido de espalda, España y Portugal, y como guiño a los yanquis del otro lado del charco. Se colocaría en nuestra particular Bahía de Hudson que es el Pico del Guadiana, junto a la Alcazaba Almohade donde se funden en uno solo el Guadiana y el ancestral Rivillas, mediría 40 metros de altitud y miraría, orgullosa, hacia Portugal, despidiendo así al Guadiana en su fluir hacia el Alentejo Portugués…



El proyecto estaría a cargo, como no, del gran arquitecto, maestro albañil y decorador de interiores urbanos, el genial Duncan de Gross, reconocido artista con más de media docena de premios regionales, ninguno nacional y poseedor de numerosas críticas (todas negativas) en su dilatada e interesante pero conflictiva carrera.



Asesorado por una cuadrilla de gatos vagabundos, el gran maestro había concebido, parido en un callejón, tal proyecto de universal envergadura en una noche mística de celo y maullidos gatunos. Su propuesta había sido aplaudida por los políticos locales, sin reservas, de todos los partidos, que veían en ella la consecución de un hito histórico-artístico de especial relevancia. No compartían esa elocuente concepción artística sus detractores, indignados aún por la última genialidad del artista, que había consistido en montar una piscina pública con trampolín en mitad de la Orchestra del Teatro Romano de Mérida mientras él mismo autor, conceptual como ninguno, la inauguraba disfrazado de gallina Caponata junto a sus múltiples y ebrios acólitos. No habían entendido el significado socio-cultural de dicho proyecto. Allá ellos.



Pero nadie le negaría que su Estatua de la Libertad, aquella que en su día recibiera a andrajosos pero ilusionados emigrantes europeos, cobraría más sentido en un Guadiana contaminado pero habitado por ranas, percasoles y submarinos portugueses que hacen practicas en el río… Ya veía las portadas de las revistas especializadas, con grandes letras, y su perfil, su característica perilla rodeada de titulares como: “Genialidad”, “Impresionante herencia artística de Duncan de Gross”, “Lo ha vuelto a hacer”…



Justo entonces fue cuando me desperté, en mitad de un callejón oscuro del Casco Antiguo, casi de madrugada, con un pestazo a absenta del copón y rodeado de una serie de gatos vagabundos que me observaban curiosos, entretenidos ante semejante espectáculo. Después de meditar si me los llevaba a todos a casa, decidí que era mejor dejarlos en su hábitat natural. Me levanté, torpemente, y me fui a casa silbando aquella canción de Sinatra: “Ooohh, Badayoooork, ciudad singular, donde los kinkis te quitan hasta el relooooj, Oooohh, Badayork, la ra la raaaa, la ra la la…” mientras una matutina y repentina migraña me atacaba con misiles tierra-aire…