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lunes, 2 de enero de 2017

¡Qué verde era mi valle! (1941)




        ¡Qué verde era mi valle! (1941), película de John Ford, es otra interesante película del director americano. Rodada en plena Guerra Mundial, Ford vuelve a interesarse por el pueblo llano, como ya hiciera en “Las uvas de la ira” (1940) un año antes. Si en la película, basada en el libro ganador del Pulitzer de John Steinbeck, se hacía una autocrítica de la situación de jornaleros, agricultores y campesinos americanos durante La Gran Depresión de los años 30, en ¡Qué verde era mi valle!, Ford se atreve a dar un salto y cruzar el charco, hasta un pueblito casi idílico de Gales.

        Basada en la novela de Richard Llewellyn, la película cosechó un gran éxito, llevándose cinco Oscars frente a la requetebuena “Ciudadano Kane” y el premio de la crítica cinematográfica neoyorkina del mismo año.

        Nos encontramos, como decía, en Gales, en el siglo XIX. En un pueblito, coronado por una mina de carbón en la montaña que lo domina. Los hombres, todo el pueblo, dependen del trabajo de la mina, a la cual van a trabajar alegres y joviales, risueños como los enanos que describe Tolkien en sus novelas, cantando y silbando, todos en respetuosa fila. Nunca vi nada parecido en Asturias, y quizás sea una cosa que me carga mucho de la película. Sobran ocho canciones, como mínimo. Demasiadas canciones para no ser un musical. En Asturias nunca vi nada parecido.

        El caso es que, Huw Morgan, el más joven de una tradicional familia galesa, nos narra, recordando los hechos del pasado, lo acontecido en dicha localidad. En un principio, todo es felicidad, canciones y silbidos. Los Morgan trabajan de sol a sol, bajando hasta las entrañas de la Tierra y extrayendo el negro mineral. En sus pieles y pulmones se traen más carbón de lo considerado aceptable, pero… Cosas de la Revolución Industrial, es lo que hay.

        Los problemas vienen con la bajada de sueldo. Los hijos Morgan se quieren sindicar y luchar por sus derechos, pero a Papá Morgan eso le suena a Socialismo, que es como nombrar al mismísimo Satanás. Y las desavenencias entre Padre e Hijos comienzan más pronto que tarde.

       La película, aparte de dejar claro los problemas sociales de la comunidad (el trabajo infantil, el casi nulo papel de la mujer en la sociedad, y el poderío de la iglesia anglicana, entre otras cosas que se me escapan, está muy bien reflejados en la cinta), muestra fielmente los entresijos del alma humana: El afán de supervivencia, de superación, la lucha social, el amor, la traición, el extraño sistema educativo que se gastaba, la falsedad e hipocresía de los vecinos y la sociedad de clases, aún casi estamental…


       En fin, otro clasicazo imprescindible para visionar. Ya sé lo que estaréis pensando, que la habéis visto mil millones de veces, pero una vez más no lo hará daño.

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