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jueves, 30 de junio de 2016

Leucipo.

        El día de las elecciones generales, Micho I de Gato se levantó temprano. El solato pacense ya entraba por la ventana desde las siete de la mañana. La noche había sido tranquila. Un poco de jazz, algunas velas en el Patio-Lavadero, y conversación tranquila bajo el cielo claro, con la constelación de Orión allá arriba, observándonos.

      Como Micho es un gato, y de momento no le dejan votar, y yo no estoy muy al tanto de la política nacional. La mañana discurrió entre lecturas, pizzas, vino Ribera del Guadiana (no todo va a ser absenta en esta vida), y más Jazz. Entonces sonó el timbre de casa. Un/a joven, con facciones delicadas, hermosísim@, se presentó bajo el nombre de Leucipo. Leucipo venía recogiendo firmas, aprovechando el domingo electoral, para una ley que permitiera más facilidades para el colectivo transexual de Extremadura. No sabría decir si el/la chic@ me pareció guapo o guapa. Le acompañaba su madre, que se presentó como Galatea. Y tanto Micho, como yo, estuvimos encantados de invitarlos a pasar al Patio-Lavadero, donde nos contaron la historia de rechazo que ha vivido este/a joven desde la más temprana edad, rechazad@ por un padre corto de vistas y de entendederas, un tal Lampro, carpintero de profesión, ¡Qué Atenea la de glaucos ojos, enemiga de la Lomce y el paracetamol lo confunda!, que se encuentra haciendo trámites de separación de la pobre Galatea, mujer valerosa y luchadora, que desde la más tierna infancia rechazó a Leucipo por el solo hecho de nacer chica. La desdichada tuvo que vestir como un chico desde joven, para evitar el rechazo social, y ahora está convencido que es un chico encerrado en el cuerpo de una chica. Y quiere operarse para sentirse bien con él mismo.
(Micho I de Gato)
     Con mi firma, y la de Micho en forma de pata, nos despedimos de esta madre y de esta hija, que quiere ser hijo, Leucipo, deseándoles a ambos la mayor de la suerte.


    Desde el Patio-Lavadero vimos el sol ponerse por Portugal. Muy cerca, las luces de la vecina Elvas se encendían y, abajo, en la avenida, la vida se volvía bulliciosa.